El alza en las cuentas de electricidad de un 4,9% promedio, el desempleo cercano al 10%, un plan de recuperación económica en marcha y los desafíos de la transición energética requieren de una mirada amplia. Incluir la eficiencia energética (EE) -aquella herramienta que da soluciones al usuario de energía de todo tamaño- en toda la institucionalidad y en todos los sectores productivos parece fundamental para tomar al toro por los cuernos, hacer cosas distintas y tener resultados también distintos: mejores y medibles, en el corto y mediano plazo.
No sólo los técnicos lo saben. La EE baja costos de energía, producción y mantenimiento; reduce emisiones y contaminación; entrega mayor confort a las personas en casas y empresas, y genera empleo. Los beneficiarios de la EE que fueron vanguardistas -no reaccionaron por la crisis- y ya la han implementado, tienen mejores cifras, acceso a crédito especial, mejor reputación y consistencia.
Una crisis económica activa el criterio de eficiencia frente a los costos. Sucesos no deseados (climáticos y geopolíticos) han llevado al usuario final a buscar soluciones para contar con energía, seguridad y transparencia. Estos valores también están reformulando la oferta de algunos actores del sector energía de la mano de la EE, lo cual es un gran avance.
Dado que nuestra vida depende de las energías, sus precios y cómo las gastamos, deberíamos aspirar no sólo a una energía “3B”, sino también a hogares y empresas eficientes donde esa energía sea bien utilizada, sin despilfarros. Convertir toda nuestra infraestructura -edificios, hogares e industrias- permitirá ahorrar y crear nuevos empleos. Más que un desafío, es una oportunidad y una urgencia. La Agencia Internacional de Energía, IEA, estima que por cada USD1 millón invertidos en EE, se generan en promedio 15 puestos de trabajo. En la 11a Conferencia Global de EE -realizada este año en Canadá- los países acordaron incrementar al doble los objetivos de EE al 2030 para así estar preparados frente a crisis de suministro, mantener el foco en el gasto, avanzar en edificios y nuevos centros de consumo.
Oferta y demanda necesitan de la EE, y hay que empujarla con más información, gestión, innovación, política y liderazgo. El ecosistema total: generadores, transmisores, distribuidores, actores pequeños, grandes o medianos, inversionistas y bancos; pueden permitir avanzar, apoyando a sus clientes o usuarios, si adhieren a este círculo virtuoso. Según un estudio de la oficina de Capital Humano del ministerio de Energía, el sector energía necesitará entre 12 mil y 27 mil técnicos y profesionales para los desafíos de la transición, donde buena parte de ellos trabajará en EE convirtiendo industrias, edificios y ciudades sin EE en una versión inteligente, eficiente y productiva.
En Chile fuimos pioneros de la EE al contar con una agencia, una división en el Ministerio de Energía, y un gremio especializado con casos exitosos en varios sectores productivos. Esta experiencia, hoy es exportable, especialmente para América Latina, donde se ha apostado por la integración, modernización de infraestructura e incorporar autoconsumo limpio.
Entre las propuestas entregadas por Anesco Chile a la ministra Ximena Rincón -ejecutables en este periodo- hay cifras interesantes: eficientar unos 500 edificios públicos movilizaría inversiones por al menos US$100 millones. Así mismo, el retrofit en al menos 50.000 viviendas, generaría una inversión de en torno a los US$500 millones; o más de USD 500 millones en proyectos de EE y descarbonización industrial, con contratos de desempeño energético. Esto es austero, pues podría avanzar a distintos niveles y sectores. También -en una segunda derivada- hay un delta de proyectos de EE que requieren una alta inversión, podrían realizarse con el modelo ESCO (se paga con el ahorro) y para otros tantos también -apalancarse- con bonos de carbono, alternativa que el Ministerio de Energía analiza para que se viabilicen.
Otro factor no menor, son los cerca de 30 mil edificios residenciales con más de 10 pisos y 20 años de antigüedad que no cuentan con criterios de construcción eficiente y hoy requieren de un retrofit, pues envejecen al igual que nuestra población, y expone una situación que puede llegar a ser compleja para quienes los habitan, en términos de seguridad, desplazamiento, gastos, entre otros.
Como no todos los huevos pueden ir a la misma canasta y las soluciones deben ser “neutrales y democráticas”, esta herramienta que algún día fue el pilar número uno de la política energética del país, no puede estar fuera de la discusión. Hoy es un win win, un modelo probado que, de masificarse, podrá dar alivio a todos frente a un escenario mundial de pocas certezas y donde Chile sí sabe lo que necesita: trabajo, trabajo, trabajo.
