Credit: @POTUS

EE.UU. ejecutó una apertura impecable —control del relato, preparación y despliegue masivo—, pero el umbral real vino después: prometer “administrar” Venezuela, creando expectativas de gobernanza, legitimidad, negociación con remanentes militares y definición de salida irreales. Pero vale la pena preguntarse: ¿estamos realizando una lectura correcta de la estrategia geopolítica tras la iniciativa de USA?

La secuencia fue deliberada. Antes del punto de prensa, circuló una imagen de Nicolás Maduro bajo custodia en una nave de guerra de Estados Unidos. El mensaje era doble y directo: está vivo y está detenido. Con eso se acotó la duda interna, se redujo el espacio para contra-relatos y se forzó a que la deliberación externa partiera de un “hecho consumado”.

Luego vino el dato operativo que ordenó el resto: la operación habría sido preparada con meses de anticipación. No se trató de una acción improvisada, sino de una misión diseñada, simulada, ensayada y coordinada con un nivel de detalle propio de operaciones complejas. 

Esta información permite una lectura más dura: la opción militar no estaba “en reserva” como un “escenario más”, como se compartió, no una amenaza retórica al servicio de la guerra psicológica, sino estructurada como alternativa “eje” dentro del menú político-militar. 

Y, si Maduro no se entregaba o no aceptaba asilarse, esta parecía ser “la estrategia” de ejecución y cierre.

La operación fue descrita como quirúrgica y altamente eficiente: afectaron/degradaron los sistemas de comunicaciones y energía, minimizando el “command and control” del aparato militar venezolano y limitando el uso de sus capacidades. 

En paralelo, Estaos Unidos desplegó un volumen masivo de assets militares: un inicio con componente anfibio abriendo canales de seguridad hacia Caracas; una gran cantidad de helicópteros; aviones de soporte para guerra electrónica y logística; y más de 150 cazabombarderos, incluyendo F/A-18, F-35 y F-22.

Esta operación podría entregar a lo menos parte de la respuesta a una pregunta de los últimos meses: ¿cuál fue el motivo del largo y costoso estacionamiento de un portaaviones frente a la costa venezolana? Si los F/A-18 eran necesarios en esta operación aérea… este permitía sostener salidas con persistencia y aportar la plataforma desde la cual se podía proporcionar mayor soporte desde el “grupo de tarea” a los cazabombarderos sin depender de bases en terceros países. 

Hasta aquí, todo podría leerse como una operación eficaz de captura de alta precisión, pero el punto político de mayor impacto de la conferencia de prensa de Trump fue otro:

Trump estableció el compromiso de USA de “administrar” el Estado venezolano, hasta la estabilización de una transición democrática. 

Desechó un gobierno inmediato liderado por María Corina Machado, por considerarlo prematuro. 

Después de Maduro el país debería transitar por un proceso de “normalización” que un régimen democrático tradicional no podría proveer. 

Esto mueve en esta segunda etapa el accionar político de EE.UU., a un espacio potencial de alta incertidumbre, resultante de una debatible factibilidad de desplegar una gobernanza transitoria legítima y eficaz.

Y ahí la conferencia quedó con un vacío relevante: se evitó precisar las condiciones mínimas de éxito y los “triggers” de salida de esa “administración transitoria”.

También se abordó el tema de tropas en terreno. Es transversalmente aceptado que EE.UU. está históricamente “vacunado” respecto a colocar sus “sus botas en el terreno”.

No hubo un “sí o no” inmediato. 

La ambigüedad es en ocasiones un recurso político retórico eficaz: en este contexto, la podemos ver aquí al servicio de la generación de suficiente holgura de decisión para el gobierno, si tuviera que enfrentar necesidades futuras de presencia militar. 

La ambigüedad, permite evitar establecer ex-ante, una hipótesis de “ocupación” que generaría un altísimo rechazo bipartidista en el congreso y en la opinión pública de USA.

El general Caín, jefe del Estado Mayor Conjunto, caracterizó además la operación como una “primera ola” altamente eficaz, pero señaló que disponen de una segunda ola disponible mucho más letal.

No explicó el porqué, pero desde una perspectiva político/militar la amenaza de activar una “segunda ola” cumpliría tres funciones: 

  • Opera como señal disuasiva. 
  • Aumenta la credibilidad de las negociaciones post-Maduro (porque existe “capacidad de enforcement”).
  • Y mantiene disponible la opción de neutralizar actores militares o paramilitares durante la transición, si se “desordenan las calles” o si el aparato de seguridad se fragmenta.

Y en el mismo mix discursivo, apareció también el “vector petróleo”.

Trump adelantó que empresas estadounidenses reconstruirán la infraestructura petrolera, con inversiones de billones de dólares, para recuperar las capacidades de extracción y exportaciones.  

Y Rubio no fue explícito, pero “denotó” que Cuba será afectada por este evento militar, probablemente a través de limitaciones de embarques de petróleo hacia la isla. La operación de detención de Maduro debía ser leída por La Habana como una señal relevante.

Pero todo parece indicar que la planificación post-Maduro está siendo menos prolija que la planificación de la fase militar anterior, a menos que nuestras expectativas estén erradas por estar interpretando mal cuál es el foco de su verdadera estrategia

En cualquier transición similar a la venezolana la existencia de unas FF.AA. con hegemonía sobre el resto de los grupos con poder militar es clave para la normalización institucional. Neutralizando entidades paramilitares: guardias bolivarianos (estructuras paralelas al Ejército), narcos, redes criminales, facciones activistas violentas y eventuales actores terroristas. 

Estados Unidos ha capitalizado sobre su experiencia después de ocupar Irak, internalizando cuál ES la nueva “arquitectura política”, que, al estar ausente, valida la “profecía autocumplida” de fracaso.  

Lo esencial es: “evitar vacíos de poder” y prevenir su fragmentación y el caos político-social resultante.

Para lo cual, en un cortísimo plazo, al no tener EE.UU. presencia militar terrestre, requeriría mantener unas FF.AA. locales funcionales.

El peligro no es abstracto: si el control territorial y el control de armas se fragmentan, en una situación límite, posible pero no probable en Venezuela, la transición puede mutar hacia guerra irregular asimétrica o escalada civil.

Por otro lado, la sucesión formal de Maduro, en base a la legislación vigente, es Delcy Rodríguez. Y ésta ya fue ratificada por el régimen.

Trump pudo haber cometido un error al cuestionar su legitimidad basado en que había sido designada por Maduro.

De ser correcta la hipótesis de “normalización democrática”, EE.UU. debería haber considerado la depuración y control del aparato coercitivo, pero con los antecedentes actuales, no se ve el cómo ni cuándo ejecutarla

A esto se sumaba un factor crítico: el régimen construyó en más de una década, un sistema denso e impenetrable de control e inteligencia interna —incluyendo contrainteligencia militar y aparatos de seguridad—con asesoramiento cubano de larga data. (de hecho, parte de su equipo de seguridad personal era cubano) Esto no ayudaría a distinguir entre potenciales aliados y neutralizables .

Y son 900+ generales y almirantes…

Este componente no desaparece automáticamente con la caída del vértice; puede operar como red de resistencia oculta y permanente, como mecanismo de control residual del régimen. 

Además, sin un horizonte creíble, la palabra “administrar” se convertiría en “full ocupación”, aún sin presencia militar, y en un eje que alimentaría el deterioro de la legitimidad de EE.UU. en la opinión pública venezolana, norteamericana y global, afectando además negativamente, el balance de poder con sus rivales estratégicos. 

Todo lo anterior nos lleva a replantear la hipótesis compartida por muchos stakeholders involucrados sobre la intención estratégica tras la operación militar de EE.UU.

De hecho, el régimen venezolano aún no ha sido derrocado: ¡solo decapitado!

Si éstas hipótesis son correctas, porque cuesta aceptar la existencia de errores de cálculo tan gruesos (miscalculations) en el manejo de las políticas de seguridad de Estados Unidos.

Eso obliga a preguntarse si el restablecimiento de la democracia en Venezuela era realmente una prioridad estratégica para los intereses de EE.UU., considerando la doctrina de seguridad que orienta e intenta legitimar el manejo político internacional de Trump.

De hecho, con solo sacar a Maduro, neutralizar lanchas narco, frenar exportaciones de crudo, bombardear puertos de embarque y enviar señales disuasivas a sus adversarios geopolíticos, este ya puede justificar frente a la opinión pública, el enorme despliegue de recursos realizado.

Solo esto, debería satisfacer la mayoría de las expectativas creadas en un porcentaje importante de sus seguidores en la opinión pública.

Pero, si la hipótesis anterior tiene fundamentos, más allá de un análisis táctico, este episodio debe ser también estudiado como una acción política/militar consistente con la nueva Doctrina de Seguridad de EE.UU. 2025– comunicada hace tres semanas por la Casa Blanca.

En este contexto la iniciativa de Trump puede encontrar cierta lógica geopolítica.

Este evento puede ser interpretado como una «bajada” de esta doctrina, alineada a la nueva macro-estrategia que reordena las prioridades geopolíticas de USA. 

Estas complementan la contención de China en el frente asiático, con una “reactivación” de la doctrina Monroe: el restablecimiento de la hegemonía política, económica y militar de USA en su “área natural” de influencia…el interior del perímetro del hemisferio occidental.

Y en particular, aseguran la influencia en sus fronteras extendidas (llamadas como su “backyard” por algunos analistas) en Latinoamérica y el Caribe. 

Esto, elevando en primer lugar la intensidad de contención a la agresividad económica expansiva de China, la que ha evolucionado desde un modelo comercial exportador a uno además inversor relevante en infraestructura crítica en la región (como puertos y conducción eléctrica). Además, acompañado con conductas emergentes de “blackmailing” haciendo un “leverage” sobre su calidad de importador clave para la mayoría de los países de la región. 

En segundo lugar, reducir la cercanía militar de Rusia e interviniendo el rol de Venezuela como plataforma-hub para redes terroristas globales en América Latina y el Caribe, así como recuperar su capacidad disuasiva hacia gobiernos considerados como amenazas o “críticamente desalineados” en la región.  

Y finalmente, asegurar el control futuro sobre las mayores reservas de petróleo del mundo. No tanto para abastecerse —EE.UU. está cerca de la autosuficiencia—, sino, sobre todo, para limitar el abastecimiento futuro hacia China y otros adversarios geopolíticos estructuralmente deficitarios.

Ingeniero Comercial PUC, Director de Empresas

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