Participé en un evento sobre encadenamiento productivo y educación dual como habilitadores del crecimiento económico, que contaba entre sus panelistas a Óscar Landerretche y a Ignacio Briones.
Hoy, con gran polarización y ataque permanente al que piensa distinto, escuché con atención (y admiración) a estos dos destacados economistas, respetados transversalmente, que fueron capaces no solo de escucharse, sino incluso de complementarse en sus intervenciones. Porque, más allá de sus (válidas) diferencias políticas, entienden algo esencial: que el crecimiento es necesario.
“Óscar” planteaba que Chile requiere una (nueva) estrategia de desarrollo explícita, no otra lista de buenas intenciones ni un nuevo eslogan de “visión país” que termina perdido en algún ministerio. Insiste en lo simple: que sea viable y tenga táctica. Él dice, la “táctica” de reactivación pasa por acelerar la licitación e inversión en obras públicas y vivienda social; una reforma tributaria “corta”; y agilizar la inversión de las empresas públicas, en alianza con privados. Y, como cualquier estrategia seria, que tenga metas claras y medibles, plazos definidos y responsables con nombre y apellido. Nada de prometer milagros, sino de ordenar prioridades y reconocer que sin crecimiento sostenido no hay reforma social que se mantenga en pie.
Junto con destacar la claridad de lo expuesto por “Óscar”, “Nacho” (como le dice Óscar), profundizaba acerca del tema tributario apelando a su expresión incómoda pero certera de la “pymización” del país. No. “Nacho” no ataca a las pymes. Es más, él resalta que todas son historias admirables. Sin embargo, hace ver que convertir el trato “diferenciado” a las pymes a veces las deja en ese estado de pyme crónico. Porque en Chile, ser pyme se volvió virtud en sí misma, muchas veces porque hemos instalado la idea de que “empresa grande” es sospechosa (por “lucro”) y la pequeña, moralmente superior.
La “pymización” termina castigando la ambición: desincentiva crecer, invertir, profesionalizarse, salir a competir. Porque el que una empresa crezca es bueno para los trabajadores, para el mercado, para el país y, sí, también para el Estado, porque paga más impuestos. Mi convicción es que todo emprendedor sueña con ser grande y dejar huella.
Hacía mucho tiempo que en Chile no veíamos un consenso tan amplio sobre algo tan básico: necesitamos crecer. Crecer en serio, de manera sostenida, y no a golpes de suerte o de precios de materias primas. Ese crecimiento que crea empleos, mejora salarios y financia un Estado que tiene compromisos con políticas sociales que, en la práctica, no podemos ni debemos desarmar si esas personas no logran ser autovalentes.
Salí de ese evento gratamente sorprendida y llena de esperanza de que realmente lo podemos lograr, porque por fin la (nueva) estrategia de desarrollo de “Óscar “y la batalla por evitar la “pymización” de “Nacho” caben juntas en nuestro querido país.

La columna celebra, con razón, que el crecimiento vuelva al centro del debate. Pero confunde las condiciones para invertir con las condiciones para desarrollarse.
La discusión se limita a incentivos y escalamiento empresarial, mientras omite la pregunta esencial: **¿crecer para producir qué?** Productividad, transformación estructural y capacidades estratégicas prácticamente no aparecen.
Más que una estrategia de desarrollo, propone una agenda proempresa. Son necesarias ambas, pero no son lo mismo.