Después del crimen de Calama, innumerables colegios del país han debido suspender clases por amenazas. Según han dicho algunos jóvenes, “solo querían bromear” o “aprovecharse de la situación para conseguir un feriado”. En otros casos, por desgracia, ha sido un modo de canalizar la frustración o ira que albergan en su interior.
Sobre esto conversé, en circunstancias providenciales, con una persona que debió enfrentar una crisis de violencia escolar desde la primera fila. La conocí durante un vuelo nacional, el jueves 9 de abril. Es la historia de una directora de colegio que hizo del limón limonada, que aprovechó una situación problemática para mejorar la formación de padres, profesores y alumnos. Le pedí permiso para poner por escrito su testimonio, y accedió con todo gusto.
—¿Es usted sacerdote?— me preguntó.
Parecía cansada. Había estado dormitando hasta ese momento. De hecho, hizo la pregunta aprovechando que la azafata había roto el silencio para ofrecernos café. Recibimos nuestros vasos y comenzó una conversación que duró el resto del viaje.
—Soy la directora de un colegio en Paine. Llevo 13 años en el cargo y estoy viviendo la semana más difícil de mi vida.
Miré el libro que tenía entre manos y definitivamente lo guardé en la malla del asiento delantero. Se trataba de Wirna Domke, directora del Colegio Bicentenario Santa María de Paine, un colegio particular subvencionado con 25 años de historia, 1.600 alumnos y 150 funcionarios.
—El lunes (5 de abril) celebrábamos el “Día de la amistad” —comenzó diciendo—. Los niños corrían, algunos profesores bostezaban. A media mañana, sin embargo, me llegó una noticia que me heló los huesos: un rayado en un baño de alumnos que avisaba tiroteo para el día siguiente. Rápidamente me llegó al WhatsApp una foto del suceso, luego un audio… en pocas horas, toda la comunidad escolar dejó entrar el pánico en sus hogares. El teléfono no paró de sonar, se multiplicaron las versiones deformadas del suceso, ¿quién te prepara para una situación como ésta? Lo primero que hice fue pedir ayuda. Formamos un comité con el Seremi de Seguridad de la Región Metropolitana, la Seremi de Educación, el director de Seguridad Pública de Paine, el alcalde de la comuna, la presidenta del Centro General de Padres y Apoderados, y el Consejo de Dirección de mi colegio. La decisión final sobre qué hacer me la dejaron a mí. ¿Qué hacer? Si suspendía clases, podía alentar a otros “bromistas” a repetir la gracia. Además, dejaba sin sus raciones de almuerzo a 850 alumnos que dependen de la comida que les entrega el Estado. Si no las suspendía, por otra parte, me exponía al peligro de que la amenaza de tiroteo se hiciera realidad.
—¿Qué hiciste?
—Me retiré de la sala para pensar. Y para rezar. Al cabo de un rato, más serena, volví y tomé una decisión: ya que estábamos en una institución educativa, aprovecharíamos la crisis para transformar la amenaza en una oportunidad de formación.
—Wow. Ahí se notaron tus 13 años de experiencia.
—Puede ser. El martes suspendí clases, pero convoqué a una asamblea con los 150 funcionarios. Entonces les planteé algunas preguntas: “Cualquiera de nosotros podría haber muerto. ¿Estábamos preparados para eso?”. Ése fue el primer remezón. El segundo fue el siguiente: “Este rayado lo hizo un alumno nuestro. ¿Qué debemos hacer mejor?”. Todos me entendieron: estábamos en shock y necesitábamos consolarnos, hablar. Al final los animé a pensar en soluciones inmediatas: “Mañana llegan los niños otra vez al colegio, y vendrán con miedo. ¿Cómo los vamos a recibir?”.
—Fuerte.
—En la tarde me reuní con los apoderados. Todos me pedían certezas, garantías de que volvería la seguridad. Entonces intenté dar vuelta la tortilla: “Los únicos que están en condiciones de ofrecer certezas son ustedes. Tenemos que trabajar en equipo, unirnos en tiempos de crisis, y ustedes saben mejor que nosotros qué cosas traen los alumnos en sus mochilas”.
—Qué tensión…
—El miércoles llegaron los alumnos. Muchos se quedaron en la casa, atemorizados. A los que vinieron los saludé uno por uno en la puerta. Mientras les daba la mano, iba pensando en la importancia que tiene un colegio para el país: es un territorio sagrado, diría yo, donde todos debieran sentirse acogidos y seguros. Me pasé toda la jornada recorriendo una por una las 38 salas de clases. Quería conversar con los alumnos, recoger sus inquietudes, confortarlos. La rutina de las clases les ayudó a recuperar la sensación de control y de normalidad. Y en esas conversaciones intenté mostrarles que estaban amparados, que aquí eran queridos. En la tarde tuvimos otra reunión del comité. Nos comprometimos a preparar un documento con medidas de corto, mediano y largo plazo.
—¿En qué están pensando?
—Para el corto plazo pensamos reubicar algunas cámaras, agregar una nueva con tecnología biométrica para detectar rostros, fortalecer los turnos de patio, restringir las salidas al baño durante las clases, entre otras medidas. En el mediano-largo plazo, me gustaría animar a los papás a retrasar la entrega de los celulares. Hay niños que se pegan atracones de redes sociales hasta las 3.00 am. y llegan a clases cansados, irritables. En Enfermería me dicen que, desde que prohibimos el uso de celulares en el colegio, las atenciones de salud se duplicaron: dolor de estómago, crisis de pánico… y la causa, pensamos, es el síndrome de abstinencia y la falta de sueño.
De este tenor fue nuestra conversación. Una historia trágica, pero, a la vez, esperanzadora. Pensando en soluciones de largo plazo, Wirna Domke está preocupada por el uso que hacen sus estudiantes de las redes sociales. Me contó, por ejemplo, que en TikTok se puso de moda un “desafío” que invita a los niños a hacer amenazas de tiroteo en los colegios.
En tiempos de confusión, qué importante es poder contar con profesionales de la educación así de capaces y entregados. Como la directora del Colegio Bicentenario Santa María de Paine, una profesional excelente que supo liderar una crisis educacional desde una perspectiva, justamente, educativa. Gracias, Wirna.
