“Lo viejo no termina de morir y lo nuevo comienza a tomar forma”, me dijo uno de mis entrevistados en Santiago. La frase se me quedó dando vueltas después de varios días estudiando Chile y conversando con dirigentes partidarios, autoridades electas, académicos y emprendedores de distintas generaciones e ideologías.
Quizás esa sea una buena manera de describir los últimos cincuenta años de la política chilena: tres grandes ciclos que nacen del agotamiento del anterior.
El primero fue el traumático ciclo Allende-Pinochet: polarización, caos económico, quiebre democrático, dictadura, violaciones de derechos humanos y, simultáneamente, una profunda transformación económica e institucional. Terminó cuando una oposición que había aprendido a organizarse y construir mayoría derrotó a Pinochet según sus propias reglas en el plebiscito de 1988.
El segundo fue el largo ciclo de las coaliciones políticas: la Concertación -Democracia Cristiana, Partido Socialista y el Partido por la Democracia- y luego Chile Vamos -que reúne a Renovación Nacional, UDI y Evópoli- con Sebastián Piñera a la cabeza. Durante casi tres décadas, adversarios que habían vivido enfrentados aceptaron ciertos acuerdos fundamentales sobre democracia, economía abierta, responsabilidad fiscal y expansión gradual de derechos sociales. Chile creció, redujo dramáticamente la pobreza, se abrió al mundo y construyó uno de los Estados más capaces de América Latina. Pero también envejecieron sus partidos, sus élites y sus formas de representar.
El tercer ciclo es el de la fragmentación, el estallido y la búsqueda de un nuevo orden político. Se gesta con las movilizaciones estudiantiles, explota en octubre de 2019 y atraviesa dos procesos constituyentes, el ascenso del Frente Amplio con la presidencia de Gabriel Boric y, desde el otro extremo del péndulo, el crecimiento de Republicanos y la llegada de José Antonio Kast a La Moneda. El viejo sistema ya no existe; el nuevo todavía está buscando su forma.
Después de escuchar miradas muy distintas, veo al menos cinco fuerzas moviendo hoy la política chilena.
1. Está emergiendo una generación política nueva. Quizás este sea uno de los activos más interesantes de Chile. En casi todos los sectores aparecen dirigentes jóvenes que ya no están esperando su turno: gobiernan municipios, ocupan el Congreso, presiden partidos y emprenden think tanks políticos. Boric fue la expresión más visible, pero el fenómeno es mucho más amplio y atraviesa izquierda, centro y derecha. Según últimas encuestas, cuatro de los cinco líderes con posibilidad presidencial, tienen menos de 45 años. En Chile se está dando un recambio generacional político que otros países latinoamericanos todavía no logran producir.
2. Después de años de fuerzas centrífugas, comienzan a aparecer fuerzas centrípetas. Durante una década, competir significó muchas veces alejarse del centro: el Frente Amplio impugnó a la Concertación desde la izquierda; Republicanos hizo algo parecido con la derecha de Piñera. Esa dinámica abrió espacio a discursos más nítidos, confrontacionales y movilizadores. Pero gobernar obliga a otra cosa. La segunda mitad del gobierno de Boric fue considerablemente más pragmática que su inicio. Kast moderó y hasta silenció durante la campaña parte de su agenda valórica conservadora para ampliar mayoría. Y ya en el gobierno, algunas de las propuestas más cuestionadas de su reforma de seguridad han encontrado resistencia incluso dentro de la propia derecha, obligando al Ejecutivo a negociar y moderarlas. La democracia chilena parece estar demostrando que se puede ganar desde los bordes, pero gobernar continúa requiriendo construir centro.
3. La política ya no se fabrica solamente dentro de los partidos. Al histórico conjunto de think tanks como Cieplan, CEP y Libertad y Desarrollo, se ha sumado un emergente ecosistema especialmente interesante de lo que llamaría do tanks y talk tanks. Más a la derecha, organizaciones relativamente jóvenes como Horizontal, Pivotes o Fundación para el Progreso producen ideas, forman generaciones, disputan narrativas y buscan convertir propuestas en reformas. En la izquierda, una nueva galaxia de streamings, podcasts, medios digitales y espacios culturales produce conversación política diaria y construye comunidad. No son neutrales -ni pretenden serlo-: dialogan directamente con proyectos ideológicos y partidarios. La batalla política se está desplazando del comité partidario hacia ecosistemas mucho más amplios de ideas, formación, comunicación y acción.
4. Chile todavía construye partidos mientras buena parte de la región construye solo candidaturas. Frente Amplio y Republicanos son ideológicamente opuestos, pero sorprendentemente parecidos en algo fundamental. Ninguno nació simplemente como una candidatura presidencial. El Frente Amplio acumuló, desde 2006, organización secundaria y universitaria, experiencias compartidas, liderazgos y activismo. Republicanos construyó, hace una década, identidad, militancia, presencia territorial y coherencia doctrinaria antes de conquistar el gobierno. Chile Vamos, aunque aún sufre el duelo de la inesperada partida de Piñera, ya tiene al menos media docena de figuras jóvenes prometedoras y suficiente fuerza reflexiva para reinventarse. En tiempos de partidos convertidos en vehículos electorales, Chile recuerda una verdad antigua: primero se construye comunidad; después se ganan elecciones.
5. El territorio político es ahora físico y digital al mismo tiempo. Las redes sociales dejaron de ser herramientas de comunicación para convertirse en espacios de disputa política. Una organización de naturaleza digital es la condición indispensable del partido político de hoy. Allí se forman identidades, se descubren liderazgos, se movilizan seguidores y se destruyen reputaciones. Frente Amplio y Republicanos entendieron temprano esta combinación: identidad fuerte, activismo, narrativa movilizadora y capacidad de organizar comunidades dentro y fuera de las redes sociales. Ellos entendieron estos códigos mucho antes que los tradicionales. Pero el desafío siguiente será combinar TikTok con territorio, algoritmos con militancia y velocidad digital con relaciones humanas que duren décadas.
Salí de Chile menos interesado en entender su compleja cotidianidad política actual y más intrigado por otra pregunta: ¿qué tipo de sistema político está naciendo?
Veo partidos tradicionales debilitados, pero todavía vivos; nuevas fuerzas con identidad y militancia; una generación joven tomando responsabilidades; organizaciones civiles produciendo ideas y líderes; una ciudadanía mucho menos fiel y mucho más exigente; y, después de años de polarización, algunos signos de una nueva búsqueda de acuerdos.
Quizás Chile esté entrando en un cuarto ciclo. Todavía no sabemos cómo se llamará.
Pero una cosa parece clara: el futuro no pertenecerá necesariamente al que grite más fuerte, sino a quien logre combinar convicción con apertura, identidad con mayoría, organización con tecnología y, sobre todo, esperanza con resultados.

Ojalá sea así Álvaro y calle voces que aún siguen tirando para los extremos «porque ellos tienen razón» (no lo dicen, pero no es necesario) …