Gabriel Boric ha encontrado una frase perfecta para su nueva etapa política: “El fanatismo por la moderación no lleva a ninguna parte”. Es una frase elegante, provocadora y, sobre todo, conveniente.

Conveniente porque permite a Boric presentarse nuevamente como un hombre de izquierda sin tener que hacerse cargo de una pregunta bastante más incómoda: ¿Qué significa ser de izquierda cuando ya no se puede recurrir al entusiasmo juvenil, al discurso de la ruptura ni a la épica revolucionaria? Porque el problema de Boric nunca ha sido que sea de izquierda. El problema es que quiere conservar la identidad moral de la izquierda, pero no siempre parece dispuesto a aceptar el coste intelectual de someter a esa izquierda a la misma exigencia moral que aplica a sus adversarios.

Y ahí aparece Cuba.

La izquierda puede equivocarse. Lo que no puede hacer es dejar de mirarse al espejo. Boric ha dicho algo que merece reconocimiento: Cuba es una dictadura y Fidel Castro fue un dictador. Bien.

Pero no debería ser una afirmación revolucionaria. Debería ser una obviedad para cualquier demócrata. Sin embargo, en buena parte de la izquierda latinoamericana todavía no lo es. Y ahí está precisamente el problema.

Porque mientras Boric denuncia la dictadura cubana, dirigentes del Partido Comunista chileno siguen manteniendo posiciones favorables al régimen de La Habana. La contradicción no es inventada: se ha manifestado públicamente en los enfrentamientos entre Boric y dirigentes comunistas por la cuestión cubana, y es aquí donde la política empieza a ponerse interesante.

Boric parece decir: Cuba es una dictadura, pero eso no impide que pueda trabajar políticamente con quienes piensan de otra manera sobre Cuba. Es una posición defendible desde el pragmatismo. Pero entonces hay que admitir que es eso: pragmatismo.

Porque si la democracia fuera realmente un principio absoluto, y no simplemente uno de los valores de una coalición política, la pregunta sería inevitable: ¿Cuánta distancia ideológica respecto de la democracia está dispuesto Gabriel Boric a tolerar en un aliado antes de considerar que esa alianza deja de ser aceptable?

No tenemos una respuesta clara, y eso es más importante que cualquier declaración sobre la moderación. Porque el problema nunca fue la moderación.

La frase de Boric revela algo: ¿Contra qué está protestando exactamente? ¿Contra la moderación? ¿O contra la idea de que una izquierda que ha perdido apoyo electoral tenga que revisar algunas de sus certezas? Porque son cosas distintas.

Una izquierda puede ser profundamente reformista y, sin embargo, ambiciosa.
Puede defender impuestos progresivos, servicios públicos, derechos laborales, vivienda, educación, salud y redistribución sin necesidad de pedir perdón.

Pero también puede reconocer que la delincuencia importa. Que las fronteras importan. Que el crecimiento económico importa. Que el Estado puede gastar mal. Que algunas reformas fracasan. Que el mercado no es el origen de todos los males. Y que una sociedad democrática no está formada exclusivamente por personas que comparten sus convicciones. Eso no es “fanatismo por la moderación”.

Eso se llama gobernar en una democracia.

El problema aparece cuando la palabra “moderación” se utiliza como enemigo imaginario para no tener que hablar de algo mucho más difícil: la responsabilidad.

La revolución ha cambiado de nombre. Boric procede de una generación política que llegó al poder con un lenguaje de ruptura. El sistema estaba agotado. Las élites eran cuestionadas. El modelo debía cambiar. La sociedad chilena necesitaba una transformación profunda.

Con el tiempo, la realidad hizo algo que suele hacer con las revoluciones imaginarias: obligarlas a administrar un país real. Y administrar un país es bastante menos romántico que cambiarlo.

Hay que negociar. Hay que recaudar. Hay que pagar. Hay que mantener funcionando las instituciones. Hay que lidiar con delincuentes, inmigración irregular, empresarios, jueces, sindicatos, oposición, inflación y restricciones presupuestarias.

La realidad introduce una palabra poco épica en cualquier proyecto político: límite.

Y quizás por eso la nueva reivindicación de Boric de la izquierda tiene algo de regreso a las raíces. Pero hay una diferencia fundamental entre recuperar principios y recuperar una épica.

La primera puede ser saludable. La segunda puede ser peligrosa.

¿Qué izquierda quiere reivindicar Boric? Esta es la pregunta que debería responder. Porque existen varias izquierdas: Está la izquierda socialdemócrata, está la izquierda democrática radical, está la izquierda marxista, está la izquierda revolucionaria marxista, y está la izquierda que todavía cree que ciertos regímenes autoritarios pueden ser excusados si se presentan como enemigos del capitalismo o del imperialismo estadounidense, el Partido Comunista de Chile, marxista-leninista.

Boric dice pertenecer a una izquierda democrática. Entonces debería tener el coraje de establecer una frontera inequívoca. No basta con decir que Cuba es una dictadura.
Hay que decir que una dictadura de izquierda no es moralmente superior a una dictadura de derecha. No basta con defender los derechos humanos cuando gobiernan los adversarios. Hay que defenderlos cuando el violador de esos derechos lleva una bandera ideológicamente cercana. No basta con decir que se rechaza el autoritarismo. Hay que preguntarse qué hacemos con los aliados que lo justifican.

Ahí empieza la verdadera prueba. El doble estándar es el pecado original.

Durante décadas, una parte de la izquierda latinoamericana desarrolló una extraña teoría moral. Cuando una dictadura era de derecha, era una dictadura. Cuando era de izquierda, había contexto. Cuando había presos políticos de izquierda, eran presos políticos. Cuando eran de derechas eran “contrarrevolucionarios”. Cuando un gobierno de derecha restringía libertades, era autoritarismo. Cuando lo hacía un gobierno revolucionario, era “defensa del proceso”.

Esa doble vara destruyó buena parte de la credibilidad moral de la izquierda y romper con ella exige algo más que criticar a Cuba de vez en cuando. Exige aceptar que la tradición política propia también puede producir monstruos. Y que el hecho de que un régimen se declare socialista no lo hace menos represivo.

Gabriel Boric no debería ser criticado por querer una sociedad más igualitaria. Debería ser criticado si cree que tener buenas intenciones convierte automáticamente sus políticas en buenas políticas.

No debería ser criticado por rechazar el “centro”. Debería ser criticado si utiliza esa crítica para evitar reconocer los errores de su propio sector.

No debería ser criticado por ser de izquierda. Debería ser criticado si considera que la izquierda merece un trato moral distinto al que exige a la derecha.

Porque una izquierda democrática madura no necesita moderar sus principios. Necesita radicalizar su honestidad. Y aquí aparece la pregunta que Gabriel Boric debería contestar: Si el Partido Comunista chileno puede ser un aliado político a pesar de sus posiciones sobre Cuba, ¿cuál es exactamente el límite?

Quizá Boric tenga razón cuando dice que el fanatismo por la moderación no conduce a ninguna parte. Pero hay otro fanatismo que conduce a un lugar todavía peor: el fanatismo por tener razón porque uno pertenece al lado correcto de la historia.

La historia está llena de movimientos que comenzaron proclamando igualdad y terminaron justificando la falta de libertad. Boric tiene la oportunidad de demostrar que su izquierda aprendió esa lección.

Y para hacerlo no basta con decir: “No dejaré de ser de izquierda.” Sino decir y reconocer: No importa quién gobierne, ni qué bandera tenga: una dictadura sigue siendo una dictadura, un preso político sigue siendo un preso político y una violación de los derechos humanos sigue siendo una violación de los derechos humanos.

Si Gabriel Boric está dispuesto a sostener eso incluso cuando perjudique a sus propios aliados, entonces su crítica al “fanatismo por la moderación” tendrá verdadero peso.

Si no, quedará como algo bastante menos noble: una manera elegante de decir que la izquierda no debe moderarse cuando se trata de sus ideas, pero sí puede ser flexible cuando se trata de sus “compañeros de viaje” circunstanciales.

Y esa sería, simplemente, la vieja política de izquierda con un vocabulario nuevo.

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