Este 31 de diciembre se cumplen dos años de la muerte de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Sumo Pontífice de la Iglesia Católica desde el 2005 hasta su renuncia el 2013. Fue un hombre de una trayectoria completa: profesor universitario, arzobispo de Múnich, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Papa. Su investigación y reflexión teológica es quizás una de las fuentes de saber católico más completo de nuestro tiempo. A esto por supuesto se debe sumar su magisterio pontificio de tres encíclicas, varias exhortaciones, cartas y discursos.
El desafío de la modernidad
Jaime Antúnez, un gran conocedor de Benedicto, no ha vacilado en calificarlo como el “Papa de la Modernidad”, incluso así ha titulado un interesante libro publicado en su honor (Ediciones UC, 2023). Siguiendo a Rocco Buttiglione en el prefacio a la obra de Antúnez, Ratzinger se posiciona “frente a la modernidad y, en un cierto sentido, después de la modernidad”. El pensamiento del pontífice bávaro parece ser el que aborda de manera más integral el problema de la modernidad y la belleza de la propuesta cristiana que busca rescatar al hombre moderno, integrando y purificando el magisterio de sus antecesores.
Así, es importante recordar el modo en el cual Benedicto XVI conceptualiza la modernidad. Hay tres ideas fuerza que configuran la Edad Moderna: progreso, poder y libertad. Progreso como el gran fin del hombre, poder como aquello que permite obtener ese progreso y libertad en el ejercicio de ese poder creciente. Ratzinger advierte que la cuestión del bien quedó al margen de la reflexión moderna, o supeditada al progreso con lo cual: “Si lo único que se hace es impulsar hacia delante el propio poder sirviéndose del propio conocimiento, ese tipo de progreso se hace realmente destructivo” (Luz del Mundo, p. 57).
Siendo un gran crítico de la modernidad, no se podría decir que Ratzinger fuera un anti moderno. Pero de todos él tenía claro que los cristianos no podíamos bajar la guardia ante los peligros del mundo moderno, pensando especialmente en aquellos que procuraban una paz perpetua entre la modernidad y el cristianismo. Al revés, Benedicto XVI es el más clarividente a la hora de señalar que aquella creencia habría “subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la misma edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre” (Discurso ante la Curia, 22 de diciembre del 2005). En ese contexto sobre la especial relevancia la denominada dictadura del relativismo.
La dictadura del relativismo
La dictadura del relativismo es un fenómeno que denunció el cardenal Joseph Ratzinger en su famosa homilía de la Misa «Pro eligendo Pontifice» del 18 de abril de 2005. La abundancia de modas ideológicas que han tentado a los hombres -y los cristianos por supuesto- en las últimas décadas son consecuencia de la negación de Dios como la medida del ser humano:
“La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.
Esta dictadura del relativismo por supuesto tiene como representación ejemplar un paradigma de la “tolerancia” donde el cristianismo es inadmisible. En uno de sus últimos trabajos publicados póstumamente señala que, en Occidente, el Estado ha asumido el papel de promotor de la tolerancia, para lo cual ha debido suprimir todo lo que sea religioso, como se puede ver en el avance de la ideología de género. En palabras de Ratzinger: “La intolerancia de esta aparente modernidad hacia la fe cristiana aún no se ha convertido en persecución abierta, y sin embargo se presenta de forma cada vez más autoritaria, pretendiendo lograr, mediante la legislación correspondiente, la extinción de aquello que es esencialmente cristiano” (Qué es el cristianismo, p. 51). De este modo nace una “nueva religión” que amenaza con suprimir la libertad del hombre por ser la única racional (Luz del mundo, p. 65).
Incluso, se podría decir que esta nueva religión viene acompañada de un planteamiento utópico de especial interés para el hombre moderno. Cuando Benedicto XVI comenta en Jesús de Nazaret la tercera tentación de Nuestro Señor en el desierto explica que el demonio no busca atraer al hombre por medio de un rechazo explícito de la divinidad, sino por una sustitución progresiva de la misma, y es ahí donde es elemental la ideología utópica. Para ello, lo que el tentador propone “tiene como contenido esencial la adoración del bienestar y la planificación racional” (p. 67). Así es como el ateísmo práctico y la dictadura del relativismo convergen en un nuevo paganismo cargado de fuerza “racional” y “progreso”, que no es más que la base de un proyecto totalitario.
Como se puede ver, la modernidad requiere más que nunca un examen crítico. No sólo por suponer un peligro para la libertad de los cristianos. Es ante todo un problema para la propia civilización occidental y el futuro de la humanidad. Ratzinger logra identificar que el mundo moderno en su afán de poder y libertad genera las condiciones para un quiebre de la “ecología del hombre” a la cual se refiere en su discurso ante el Parlamento Federal alemán el 2011:
“También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”.
Es decir, la dictadura del relativismo que se desarrolla dentro del mundo moderno es un modo de anular los criterios morales sobre los cuales la persona humana puede perseguir su plena realización, cuestión que ya derivó en el totalitarismo en el pasado como lo advirtió San Juan Pablo II en Centesimus Annus al decir que éste “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo”.
Política, testimonio y martirio
El presente estado de cosas en Occidente y el resto del mundo nos trae de vuelta una pregunta que el pensamiento cristiano ha tenido que responder o tratar de responder en más de una ocasión: en medio de un ambiente anticristiano cada vez más desatado ¿qué debemos hacer para ir y enseñar a todas las gentes la Buena Nueva? A este problema quisiera agregar una variante adicional de complejidad: ¿cómo hacerlo en política?
Cualquier intento de respuesta deberá asumir el contexto al que nos referíamos. Vivimos en un mundo “pos cristiano”, donde la fe en Cristo y la adhesión a su Iglesia se encuentra en retirada en aquellas naciones originariamente cristianas, así como sometida a duras pruebas en África, Medio Oriente y Asia. Siguiendo a Ratzinger, en el caso occidental -y chileno por supuesto- “se hace necesaria una nueva evangelización, que se dirija a esta gente alejada del cristianismo, tan imbuida en el secularismo, gente a la que hay que acercar a la realidad divina. Esta es la gran misión de los próximos decenios” (Ser cristiano en la era neopagana, p. 146).
Esta nueva evangelización nos urge a la recristianización de la política. El cristianismo debe volver a ser un faro de luz para las naciones y civilizaciones, restableciendo los criterios de la verdad y bien en el eje de la deliberación pública y purificando los ideales de libertad, justicia e igualdad.
Esto, por supuesto, implica reconocer los principios de la ley natural como presupuestos de toda acción política, pues su ausencia ha conducido a una “crisis de la razón política, que equivale a una crisis de la política como tal” (Presente y futuro de Europa, p. 74). En ese proceso de restablecimiento de la ley natural la fe juega un papel trascendental que “no sustituye a la razón, pero puede contribuir a evidenciar los valores esenciales” (p. 76).
Contrario a la tendencia de la dictadura del relativismo en el cual “Dios puede ocupar un lugar, pero como un asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales” (Jesús de Nazaret, p. 67), Ratzinger nos muestra que las bases morales de una sana política no pueden separar la fe de la razón, más aún, se necesita de la religión para procurar el bien común de toda comunidad política. En cierto modo, alimentar la política con esperanza, pero nunca poner nuestras esperanzas en la política como hacen los que confunden lo temporal y lo espiritual o que convierten el cristianismo en un programa de reforma político-social.
Pero esta recristianización requiere del testimonio de todos quienes somos cristianos desde el lugar que nos corresponda pues se comienza a ser cristiano con aquel “encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1) significan un modo de vida. Enseñar con el ejemplo es un modo eficaz y seguro de recristianización, lo que exige un especial cuidado de la vida de fe en la familia, amistades, grupos de estudio y trabajo. En palabras de Ratzinger, abandonar la idea de una Iglesia masiva y volver a “ver una cristiandad semejante a aquel grano de mostaza” siguiendo la imagen que da Cristo en el Evangelio (Sal de la tierra, p. 18).
Sin embargo, como estamos enfrentado a la dictadura del relativismo, es necesario hablar de la forma más perfecta de testimonio: el martirio. Cuando la potestad pública manda algo contrario a la ley de Dios, no queda más que la resistencia. Aquella resistencia es el signo del martirio que “reconoce la autoridad del Estado, pero también conoce sus límites” (Presente y futuro de Europa, p. 66). De este modo el mártir da testimonio de libertad, pero ante todo de amor a Cristo que Ratzinger inserta en la “teología de la cruz”: “La victoria de la fe sólo puede alcanzarse en la comunión con Jesús crucificado” (Qué es el cristianismo, p. 54).
Un simple y humilde servidor frente a la dictadura del relativismo
Benedicto XVI dio testimonio, sin llegar al martirio propiamente tal, pero estando siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconociéndose “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor” como dijo en sus primeras palabras como Sumo Pontífice de la Iglesia. En su testamento espiritual deja un mensaje claro a todos los católicos:
“¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! (…) He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo”.
Pero sin dudas sus palabras más memorables serán las últimas: “¡Señor, te amo!”.

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Benedicto no sólo fue el Papa de la Moderidad si no que el más importante teólogo del siglo 20. Su magisterio tendrá validez por los próximos siglos. Felicito al autor por su valioso aporte y su notable claridad.