En el debate contemporáneo sobre las industrias creativas, se suele incurrir en un grave error de diagnóstico: evaluar a las artes escénicas bajo las mismas reglas y métricas con las que se mide al entretenimiento de masas. Asumir que el teatro, la danza, la ópera o la música clásica deben ser proyectos económicamente autosustentables mediante la sola venta de entradas es ignorar una falla de mercado estructural que la economía de la cultura diagnosticó hace ya décadas.
A diferencia del cine o la música pop, donde una producción se graba una vez y se escala de manera infinita a millones de personas a un costo marginal casi cero, el arte en vivo depende del factor humano en tiempo real. Un montaje teatral o una sinfonía requieren hoy la misma cantidad de actores, músicos y técnicos en escena que en el siglo XIX. Las funciones están físicamente acotadas a la capacidad de un recinto y la productividad del artista en vivo no se puede automatizar. Por eso, en casi todo el mundo —desde Broadway e Inglaterra hasta Argentina o Francia—, la venta de entradas cubre solo una fracción del costo real de producción, requiriendo esquemas mixtos de financiamiento, mecenazgo o subsidio.
Sin embargo, en Chile el contraste resulta dramático y paradójico. Mientras las entradas al teatro se mantienen en valores comparativamente acotados para no expulsar a las audiencias, vemos con asombro cómo la industria de la música urbana y el pop masivo es capaz de llenar el Estadio Nacional tres o cuatro noches consecutivas —con artistas como Karol G, Bad Bunny o Coldplay— vendiendo cientos de miles de entradas a precios que superan con frecuencia los $200.000 y hasta $400.000 pesos por ticket.
Frente a esta disparidad, la pregunta resulta inevitable: ¿Significa esto que el tiempo del teatro, la danza o la música clásica ya pasó? ¿Debemos resignarnos a que las disciplinas escénicas mueran lentamente, asfixiadas por las leyes de la oferta y la demanda?
La respuesta es un categórico no. Confundir el valor de mercado con el valor cultural es un error catastrófico para el desarrollo de cualquier sociedad. El arte dramático y las artes vivas cumplen una función social ininterrumpida desde la Grecia clásica que ningún algoritmo, espectáculo de estadio ni pantalla puede reemplazar: el ejercicio presencial del pensamiento crítico, la empatía, el silencio compartido y la contemplación de la condición humana sin intermediarios tecnológicos.
El hecho de que el mercado no le asigne un precio de equilibrio que financie su producción no significa que el teatro carezca de valor; confirma que estamos ante un bien público esencial. Pretender que las artes vivas compitan en igualdad de condiciones con el entretenimiento masivo de escala global es condenarlas a la precariedad o a la irrelevancia.
El desafío de la gestión cultural en Chile no radica en forzar al teatro a convertirse en un producto de masas ni en resignarse a su desaparición. Radica en entender su naturaleza profunda, profesionalizar sus modelos de gestión privada e institucional, e impulsar políticas públicas y de incentivo al privado que reconozcan su valor insustituible. Si dejamos que las artes escénicas se extingan en el altar de la rentabilidad inmediata, no habremos ganado eficiencia; habremos perdido, sencillamente, el espejo donde mirarnos como sociedad.

Excelente columna.