Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 30 de octubre, 2019

José Joaquín Brunner: Los futuros que construye la imaginación en medio de la crisis

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

De nuestra propia crisis y del vendaval que trajo consigo no saldremos sin un ajuste mutuo de las comunidades imaginadas que cada uno guarda para sí como un valor apreciado; es decir, la idea de país y el sentimiento de nación con los cuales nos identificamos y en que nos gustaría vivir.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Se ha dicho que a partir de la marcha multitudinaria del 25 de octubre, Chile despertó, es otro país, cambió de dirección, deja atrás 30 años de abuso e inaugura una nuevo ciclo histórico, el más trascendente después del anterior hito del 11 de septiembre de 1973. Una ola avasalladora de ideas, imágenes, propuestas, recuerdos, consignas, emociones y deseos circula por las subjetividades de la gente, las calles y los encuentros, los medios y las redes. Todo esto acompañado de barricadas, refriegas callejeras, incendios, destrucción de locales, grupos de autodefensa, inquietud y temor de la población, represión, lesiones a los DDHH e incluso muertos y heridos.

Salir del paso

La pregunta del momento es: ¿cómo salimos de esta situación, superamos un estado de cosas y pasamos a otro, dejamos atrás la violencia y canalizamos las energías que bullen en las marchas pacíficas y apuntan en diferentes direcciones?

Las respuestas comienzan recién a esbozarse. Lo único claro, por el momento, es que no responderán a un solo plan, a un diseño racional, a una estrategia lineal o a la voluntad de un único actor. Serán, más bien, del orden de lo que un cientista político norteamericano llamó a fines de los años 1950 el muddling through. Un método que, sueltamente traducido, podría llamarse “salir del paso de algún modo”, “arreglárselas como uno puede”, “a duras penas”, “suciamente, enfangándose”. Y que, más técnicamente, apunta a procesos de ajuste mutuo, soluciones negociadas incrementales, experimentaciones interactivas confusas, improvisaciones reactivas sobre la marcha, etc.

O sea, justo lo que estamos viendo ocurrir todos los días ante nuestros ojos, en todos los ámbitos de la crisis y sus conflictos, en los múltiples aspectos que incluye y entre todos los actores principales: gobierno, opositores, calle, manifestantes, policía, partidos, gremios, movimientos sociales, ONGs, medios de comunicación, académicos, líderes intelectuales, municipios y sus alcaldes, sindicatos, etc. Son las interacciones entre todos ellos —que se entrecruzan y chocan o convergen y se apartan, ajustándose unos a otros en sus demandas y ofertas, en sus expectativas y según sus recursos— las que están construyendo soluciones que eventualmente aparecerán como resultados no previstos ni conscientemente buscados por los actores.

Lindblom, el cientista político al que hago mención, sostiene que los problemas complejos —y nada más complejo que la crisis que experimentan nuestra sociedad y el Estado— no pueden ser abordados con un enfoque de racionalidad exhaustiva sino que deben ser administrados y resueltos mediante procesos de ajuste mutuo donde las partes involucradas resuelven parcial y a veces confusamente la cuestiones a la mano: “La política no se hace de una vez por todas; se hace y rehace sin cesar. La elaboración de políticas es un proceso de aproximaciones sucesivas a algunos objetivos deseados que van también cambiando a la luz de nuevas consideraciones […] Ni los científicos sociales, ni los políticos ni los administradores públicos saben todavía lo suficiente acerca del mundo social para evitar los errores que cometen una y otra vez en sus pronósticos sobre las consecuencias de las políticas. Un policymaker sabio espera, por consiguiente, que sus políticas logren sólo en parte lo que espera y que, al mismo tiempo, produzcan consecuencias imprevistas e indeseadas. Por consiguiente, al decidir a través de una sucesión de cambios incrementales, evita de diversas maneras errores serios”.

Comunidades imaginadas

Una de las dimensiones involucradas en el muddling through, la ciencia de salir del paso, son las visiones de sociedad futura imaginadas por los diferentes grupos; sus aspiraciones, ideologías y creencias respecto de la “buena vida” o la “sociedad ideal” o el “mejor modelo”. Es una dimensión que economistas y administradores racionales, y también empresarios y académicos que valoran el cálculo de ganancias y argumentos respectivamente, suelen desconocer o despreciar. Sin embargo, su importancia es clave para esos procesos de acomodo mutuo que, inevitablemente, se hallan influidos por los imaginarios que orientan el comportamiento colectivo de los diferentes grupos.

Necesitamos preguntarnos, por lo mismo, qué concepciones de nación están siendo movilizadas a partir de la crisis. Qué anticipan los relatos emergentes. Qué horizontes pueden reconocerse al levantar la vista hacia el futuro.

No se trata solo de escudriñar los discursos de las elites. Sin duda, son importantes —y lo seguirán siendo, de incumbentes y contendientes—, pero hay que atender también a los “ruidos de la calle”, como los llamaba José Medina Echavarría; donde también hay discursos que acompañan a los disgustos, las esperanzas, las furias, los temores e igualmente el aire de fiesta y la suspensión de la normalidad que flotan a ratos en el ambiente.

En breve, lo que nos interesa es averiguar cómo diversos grupos imaginan al país a la salida de la situación de crisis que estamos viviendo. No se trata de modelos o de programas y proyectos sino de algo más general intuitivo, algo así como una figura, una Gestalt.

Benedict Anderson (1936-2015), seguramente el más citado estudioso del fenómeno de los nacionalismos, define las naciones como comunidades imaginadas que, obviando sus actuales desigualdades y niveles de explotación, se conciben a sí mismas como camaradería profunda y horizontal. No son comunidades imaginarias por ende, sino entidades históricas construidas por la imaginación; relatos compartidos que elaboran una identidad cultural y avizoran el futuro a través de proyecciones. Asentadas en un lugar, atraviesan continuamente el tiempo extendido entre la memoria de los antepasados y la perspectiva de las próximas mil generaciones.

Empleando como referencia este enfoque es posible averiguar qué comunidades están siendo imaginadas como futuros posibles de la nación chilena tras el parteaguas que representó la semana desde el incendio de las estaciones del Metro (18 de octubre) a la gran marcha siete días después y a los violentos sucesos del lunes pasado.

La comunidad social del nuevo amanecer

Ante todo, y con un fuerte tono de optimismo y esperanza, se despliega entre las narrativas de salida de la crisis la imaginación de una comunidad fraternal, no-autoritaria ni jerárquica, de un pueblo unido por sus anhelos de justicia, no dividido por los partidos, en paz consigo misma y su entorno, liberada de las sombras del pasado, que goza de un nuevo amanecer.

Es la comunidad idealizada como proyecto social y no estatal; una suerte de utopía postmoderna y postideólogica, que descansa en la fraternidad y en el goce en común de una abundancia que hoy está concentrada en unos pocos y mal distribuido por decisión de los poderosos.

En este caso no se trata pues, propiamente, de un proyecto ideológico-político, presidido por estrategias y tácticas, con una plataforma organizada y un discurso articulado. Más bien, es un sentimiento que recorre la marcha y vibra en las pantallas: que el final del camino (30 años en la intemperie) promete dejar atrás los abusos y el agobio.

Lo que se vislumbra allí es un mundo más transparente y horizontal, más abierto y conversacional, sin poderes externos rígidamente estructurados sino fluidos y con unas relaciones de encuentro, reciprocidad  y cuidado. Es el imaginario de una comunidad de diálogo entre iguales; una figura largamente elaborado por la literatura utópica.

La comunidad política del pueblo

Una forma siguiente de concebir la comunidad nacional, ya propia del campo de la política, es proporcionada por el relato del pueblo diverso (más que unido): reunión de todos los oprimidos, excluidos, dejados atrás, atemorizados, abusados y expoliados, minorías y grupos movilizados por innumerables causas de agravio.

Este pueblo multitudinario es anticipado como sujeto potencial de emancipación por la gran marcha. Se levanta como opuesto al establishment; esto es, a a oligarquía socioeconómica y políticocultural del antiguo régimen transicional, de los 30 años pasados, sin excepción.

Es el pueblo ideal del populismo de izquierda, noción que en estos días una de sus principales inspiradoras explicaba al diario La Tercera. Sostenía allí que los miembros de ese pueblo movilizado tienen una limitación, sin embargo: “Quieren ser un movimiento totalmente horizontal. No quieren tener jefes, ni tener ninguna relación con partidos ni con sindicatos. Quieren ‘democracia real ya’, como los indignados españoles y los de Occupy Wall Street. Esos movimientos no pueden tener un impacto real después del estallido. Sin una estructura política, pierden impulso al poco tiempo, como ya está pasando en Francia. Pero sí son un síntoma: muestran que hay muchas demandas no satisfechas, pero que no se están estructurando”.

Sin duda, es un mensaje dirigido también al Frente Amplio y sus dirigentes que se sienten próximos a ese pueblo ideal. Si desean salir bien parados del estallido del octubre chileno —parece decirles— deben tener algo parecido a una vanguardia, cuadros militantes, jerarquías, representación, gobernabilidad, liderazgos; organización, en fin.

Efectivamente, la comunidad política imaginada por este grupo se mueve entre el polo del estallido puro, la irrupción, la protesta espontánea, la muchedumbre multitudinaria autoconvocada, que amenaza con desbordar al Estado, y el polo más estratégico que imagina organización y una verdadera transformación del Estado en el camino hacia una democracia radical. Sería un momento constituyente.

El terreno de la táctica abre un conjunto de posibilidades para este imaginario: movilizaciones repetidas a lo largo del país, tomas de colegios y universidades, huelga general, protestas disruptivas, cabildos abiertas, acampadas en plazas y territorios, etc. Según relata un estudio: “Mientras que el militantismo clásico [de izquierda] propone luchar para tomar el poder o adoptar prácticas de contrapoder, que tienen como objetivo contrarrestar los órganos de poder y la influencia de las grandes empresas, estos alter-activistas buscan crear espacios de experiencia y de experimentación donde reducir las relaciones de poder y de dominación, además de la ideología mercantil y capitalista.[…] Las asambleas, debates, mesas, actividades, iniciativas culturales [van] mucho más allá de manifestarse contra el poder establecido” (Pleyers, 2018, 95-96).

En efecto, son el comienzo de un nuevo poder. De esta forma se piensa e imagina a sí mismo este imaginario de una comunidad que aspira a fundar un nuevo orden político.

La comunidad políticamente responsable

Dentro de una perspectiva similar de cambio progresista, pero motivado por el imaginario de una comunidad que se proyecta hacia un Estado social democrático convencional, más o menos pronunciado, se ubican aquellos grupos de la sociedad que entre las utopías, las ideologías y las “ideas adecuadas y situacionalmente congruentes”, se hallan más cerca de estas últimas.

En esta trilogía propuesta por el sociólopgo K. Mannheim, mientras las utopias son incongruentes con la realidad (una imagen-deseo, dicen algunos) y las ideologías la trascienden pero nunca llegan a materializar en plenitud su ideal proyectado, las ideas adecuadas dan lugar a las conductas propias de la Realpolitik. Es decir, a un cambio incremental que resulta de las fuerzas en juego y de las condiciones estructurales y culturales de la situación. Por tanto, hacen una apuesta por el cambio pero también por el resultado; por la efectividad y no solo por la declaración de unos valores ideales.

Según uno de los principales estudiosos de Max Weber, su comprensión del espíritu de la política conduciría a una diferente trilogía, que distingue entre: (i) una política de convicción (el ideal absoluto, el retiro del mundo), (ii) una política de la responsabilidad (dominación del mundo, valor del éxito pero en relación con el valor fruto de la convicción) y (iii) una política realista (adaptación al mundo, responsabilidad por el éxito de las consecuencias previsibles) (Schluchter, 2017:capítulo V).

La comunidad imaginada por la perspectiva socialdemócrata nace de la tensión entre ideales, convicciones, valores y restricciones junto a un deseo de efectividad. Su lema, algo parecido al de la vieja Concertación, sería: transformar las sociedades en la medida de lo posible a partir de las tradiciones culturales de la izquierda democrática ajustadas a cada país y momento.

Ajeno a cualquier utopismo, este imaginario realista es acusado hoy como falto de valores absolutos, convicción y fe en los ideales más puros. En efecto, este imaginario de cambio aparece limitado por el cálculo de posibilidades, la viabilidad de las medidas, su financiamiento, la necesidad de construir incrementalmente el futuro sin soñar con el asalto al cielo. ¿Puede renacer desde las cenizas y competir exitosamente con la oferta utópica de la nueva izquierda y la estrategia del populismo radical? ¿O más bien se plegará a ésta, una vez que acepte su propia impotencia en el campo de los imaginarios?

La heteróclita comunidad de las derechas

La comunidad imaginada por los grupos de derecha liberal —la nación construida sobre la base del comercio y una cultura de virtudes burguesas— ha dado lugar en Chile a diferentes sucesivas combinaciones durante las décadas pasadas: de autoritarismo dictatorial y mercados neoliberales, de democracia limitada y valores conservadores, de apertura republicana y mercados sociales.

Al actual gobierno, donde confluye una heteróclita combinación de estos imaginarios, le ha correspondido presidir la gobernabilidad del país en la hora de la crisis. Por lo mismo, su capacidad de imaginar el futuro se halla más restringida que la de otros grupos, precisamente por la necesidad de administrar la crisis y de asegurar la gobernabilidad. Está obligadamente más preocupado del presente que de las perspectivas futuras.

Sus recursos de imaginación político cultural son también limitados. La utopía de una sociedad autorregulada por los mercados tuvo corta vida y colapsó con la crisis global del año 2008. La ideología neoliberal a la manera chilena —con provisión mixta público-privada de bienes públicos— ha ido cediendo también, desde el momento que comienza a incorporar una serie de condiciones regulatorias y de redistribución.

Las demás ideas que integran la tradición de las derechas chilenas —que según un académico del sector serían una derecha laica-liberal, otra liberal-cristiana, una social-cristiana y una nacional-popular, a los cuales cabría agregar filones de pensamiento gremial-corporativista, autoritario-disciplinario y católico-empresarial— no han podido enhebrarse entre sí ni con las anteriores en un paradigma relativamente coherente.

Esto explica que, como señala Hugo Herrera, mismo académico recién citado, la derecha chilena se mueva hoy “entre el mutismo (en las discusiones teóricamente más complejas) y la zalagarda (en el día a día). Su apoyo electoral ha caído a un nivel cercano a su tercio histórico. Se parapeta en estructuras de legitimidad decreciente (organizaciones empresariales, una parte de la Iglesia, algunos barrios y comunas de clase alta o media-alta)”.

Como sea, puede decirse que este imaginario troncal de la política chilena anhela un futuro que no resulta claro a partir de las varias hebras ideológicas identificadas. Podría ser que en él aniden, además, otros elementos latentes más próximos a las nuevas corrientes europeas alt-right, o de extrema derecha, con posiciones antiliberales, fuertemente nacionalistas, antiglobalistas, populistas y antiintelectuales.

La comunidad de jerarquías conservadoras

La comunidad imaginada por los conservadores, a su turno, es de un realismo distinto; supone un fuerte sentido de autoridad y seguridad. Para este grupo la nación coincide con los límites de su realidad históricamente formados; límites densos, orgánicos, que solo pueden (y deben) modificarse con el máximo cuidado, lenta y granularmente. El imaginario conservador reconoce por lo mismo un peso extraordinario a las estructuras culturales y sus jerarquías internas, vivamente invocadas en aquel parlamento con que Ulises defiende el orden estamental en una de las obras de Shakespeare:

¡Oh! Si la disciplina se perturba,

Qué de altos fines es la sola escala,

Caduca toda empresa. ¿Cómo pueden

Comunidades, hermandades, grados,

El comercio entre dos playas opuestas,

La primogenitura y sus derechos,

Las preeminencias de la edad, coronas

Y cetros y laureles mantenerse

Cuando no se respetan jerarquías?

Anuladlas. Destémplese esa cuerda,

Y ya veréis cuánta discordia surge.

Sin tino chocará cosa con cosa.

(Troilo y Cressida, Acto I, III).

En tiempos de crisis como los actuales, las nociones de orden, disciplina y jerarquías parecen desplomarse, incluso si se las invoca y defiende como fundamento imprescindible de la democracia. Se vuelven ajenas al vocabulario político primero y, en seguida, dejan de ser políticamente correctas y pierden legitimidad y no solo audiencia. Se transforman en símbolos (decadentes, muertos) de un imaginario que busca ser reemplazado.

Tocqueville observa que en los momentos democratizadores, cuando el viejo régimen ya no puede sostener más las jerarquías del orden y sus distribuciones manifiestamente asimétricas, “los hombres se precipitan entonces hacia la igualdad como si fuera una conquista y se unen a ella como a un bien precioso que se les quisiese arrebatar. La pasión de la igualdad penetra por todas partes en el corazón humano, se extiende en él y, por decirlo así, lo ocupa por entero; y aunque se diga a los hombres que entregándose tan ciegamente a una pasión exclusiva comprometen sus más caros intereses, no lo escucharán. También será inútil advertirles que la libertad se les escapa de las manos mientras fijan su vista en otra parte. Están ciegos y no descubren en todo el universo más que un solo bien digno de envidia[…] (La democracia en América, vol. II, 2 parte, cap. 1)

En el imaginario conservador, esta tensión —entre libertad e igualdad— es inescapable y siempre está a punto de horadar el orden, lentamente a veces, otras con un estallido social. Cuando esto último ocurre, la imaginación conservadora percibe ante sí el horror del caos o, en el otro extremo, la reacción —más o menos violenta— de quienes ven amenazada su seguridad y propiedad y claman por poner fin al desorden. La violencia en las calles puede provocar una reacción similar.

Conclusión: los imaginarios para salir del paso

De nuestra propia crisis y del vendaval que trajo consigo no saldremos sin un ajuste mutuo de las comunidades imaginadas que cada uno guarda para sí como un valor apreciado; es decir, la idea de país y el sentimiento de nación con los cuales nos identificamos y en que nos gustaría vivir.

El método para resolver la crisis y ajustar recíprocamente nuestras figuras de comunidad ideal no puede ser otro que el de la experimentación  continua e interacción deliberativa, saliendo adelante paso a paso, incrementalmente, sin actos dramáticos, con sucesivas reformas y gradual transformación  del orden institucional. En esto consiste, justamente, el orden democrático. Su principal mérito es que entiende —y permite ejercer— la política a la Lindblom, como “la ciencia de salir del paso”, sin violencia, sin imposiciones, sin anular ni interrumpir el continuo proceso de aproximaciones sucesivas hacia un resultado también imperfecto y abierto a posteriores revisiones.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más