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Publicado el 23 diciembre, 2020

José Joaquín Brunner: Las derechas, sus ideologías y la herencia del orden

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Antes que críticos, los partidos de la derecha son representantes ‘naturales’ del status quo; son los administradores que conocen —mejor que cualquiera otro— sus palancas secretas en la esfera económica y en la esfera del derecho.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Es difícil determinar cuales son las creencias básicas de los partidos de la derecha chilena en la actualidad. Lo mismo sucede en otras partes del mundo occidental. Su ideología, que sólo ayer cantaba victoria global y se preparaba para gozar el ‘fin de la historia’, se siente amenazada hoy por nuevos y más insidiosos males que aquellos de la Guerra Fría de la cual salió triunfante. Desde fuera ella se halla confrontada por protestas y revueltas, por migraciones y nuevos poderes, por valores asiáticos y la fuerza del Islam, por las mega-crisis sanitaria y medioambiental y por una insoportable polarización de la riqueza. Desde dentro, por sus propias tensiones e inconsistencias: fragilidades de la democracia, violaciones de derechos humanos de los propios Estados de derecho, contradicciones de la cultura liberal, extremismos autoritarios o populistas, corrupciones de la libre expresión, dudas sobre el valor de la meritocracia.

I

Partamos pues por preguntarnos qué son las ‘ideologías’ para los efectos que aquí interesa. Una respuesta simple y directa es la siguiente: son conjuntos de ideas, valores y disposiciones básicas que caracterizan a grupos de personas, colectividades o partidos y a movimientos políticos. Separamos aguas, por tanto, de aquellas corrientes que postulan que las ideologías son falsa conciencia, el producto de una imposición o manipulación exógena, un discurso mistificador, el opio del pueblo.

En el caso de las izquierdas esos conjuntos son más fácilmente identificables, pues el temperamento de dichas colectividades, por decirlo de una manera redundante, es intensamente ideológico. Es decir, buscan definirse por conceptos —por ejemplo, clase social, revolución, violencia estructural, Estado de bienestar, derechos sociales, explotación, etc.— o bien por pensadores de la política y organizadores de su praxis como Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Gramsci, Rosa Luxemburgo, Bernstein, Kautsky, Togliatti, Berlinguer, Althusser, Che Guevara, Felipe González, Laclau y otros.

Un buen ejemplo ofrecen los estatutos del Partido Comunista de China aprobados con modificaciones parciales por el XIX Congreso Nacional del año 2017, el cual establece que el Partido “se guía en su actuación por el marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping, el importante pensamiento de la triple representatividad, la concepción científica del desarrollo y el pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con peculiaridades chinas de la nueva época”. A su turno, “el importante pensamiento de la triple representatividad […] como continuación y desarrollo del marxismo-leninismo, del pensamiento de Mao Zedong y de la teoría de Deng Xiaoping, interpreta las nuevas exigencias para el trabajo del Partido y del Estado planteadas por la evolución y mutabilidad del mundo actual y de China en particular, y constituye una poderosa arma teórica para fortalecer y mejorar la construcción del Partido e impulsar el autoperfeccionamiento y desarrollo del socialismo en nuestro país, una cristalización de la sabiduría colectiva del Partido Comunista de China y un pensamiento guía que este ha de seguir con firmeza durante largo tiempo. El constante actuar en atención a la triple representatividad es la raíz sustentadora de nuestro Partido, el fundamento de su gobernación y el manantial de su fuerza”.

Este híper imaginario ideológico, donde se mezclan sueños y realidad, valores absolutos y lealtades cuasi religiosas, lecturas (siempre incompletas) y herencias rituales, es seguramente una de las mayores fuentes de conflictividad en el seno de las izquierdas, siempre en tensión entre ortodoxos y herejes, fieles a la doctrina o desviados de ella.

En cambio, las derechas contemporáneas son de una baja—o, en cualquier caso, menor—intensidad ideológica. Quizá eso viene del hecho de estar ellas habitualmente del lado del orden establecido, lo cual supone, como es bien sabido, gozar del favor de los poderes fácticos. Antes que críticos, los partidos de la derecha son representantes ‘naturales’ del status quo; son los administradores que conocen —mejor que cualquiera otro— sus palancas secretas en la esfera económica y en la esfera del derecho. Gerentes, empresarios y abogados, en su capas superiores, son por eso ocupaciones que exhiben una afinidad selectiva, una sintonía fina, con las ideologías de derecha. Igual como las funciones de maestro, de dirigente sindical o de académico e intelectual público han sido, a lo largo del siglo 20, más próximas  a las ideologías de izquierda.

No debe sorprender, por lo mismo, que los contenidos esenciales del pensamiento de derecha, sus manifestaciones o emanaciones espontáneas, tiendan a ser la conservación del orden —la seguridad de la propiedad y la vida privada— y la libre iniciativa en la esfera de los mercados. Es decir, el orden y sus fundamentos sociales y el liberalismo de las cosas, su libre circulación e intercambio.

Las derechas fluctuan entre ambos polos; el de la autoridad, las jerarquías y el orden, ‘cada cosa en su lugar’, y el de la auto organización de las interacciones entre personas en la esfera privada, al amparo de la palabra empeñada (‘entre caballeros’, solía decirse) y de los contratos pactados. La libertad negativa es por eso, siempre, la primera línea de defensa de este liberalismo (ausencia de coacción) que luego supone, necesariamente, la propiedad.

El papel ‘constructivista’ de la política y el Estado, pieza fundamental del repertorio ideológico de las izquierdas, no tiene cabida aquí. Prima, en cambio, una visión puramente subsidiaria de su papel; esto quiere decir, un rol supletorio respecto de los órdenes espontáneos que surgen de las decisiones adoptadas libremente por millones de individuos con base en información y conocimiento limitados pero ampliamente distribuidos, según enseña von Hajek.

Esta visión fuertemente individualizada de la historia y la sociedad deja escaso espacio a la política y los partidos y, por ende, a las ideologías que interpelan a unos colectivos generadores de planes y de ordenamientos artificiales. Si para las izquierdas los partidos son una pieza clave de acción colectiva y las ideologías un principio de integración moral y social, para las derechas, en cambio, los partidos son más bien instrumentos secundarios de poder y las ideologías una fuente sempiterna de ilusiones, de embrujamiento de las masas, de agitación política disolvente de los órdenes establecidos.

II

Lo anterior, más que la pesada herencia de la dictadura y su mal nombre (‘cómplices pasivos’) transmitido a lo largo de tres generaciones, explica el hecho de que los partidos de derecha chilena aparezcan como colectivos limitados por sus propias ideologías.

El partido-eje de la derecha a la salida de la dictadura, la UDI de Jaime Guzmán y sus herederos (los ‘coroneles’ que hoy queman sus últimos cartuchos), fue una acabada expresión de esa confluencia entre: (i) una versión  neoliberal de la economía que lleva al extremo el ideal de la autorregulación de los mercados, (ii) una concepción limitada y autoritaria de la democracia, y (iii) un compromiso pastoral con los pobres de la ciudad (la ‘UDI-popular’). Elementos adicionales de cohesión colectiva han sido una alianza de tipo gerencial con empresarios exitosos, un sustrato de moral católica conservadora y un relativo pragmatismo a la hora de adaptar las rigideces doctrinarias a la evolución de los tiempos. En términos culturales de mentalidad, la UDI aparece como una derecha más intransigente, de núcleo homogéneo, ligada a una sensibilidad de capital financiero  y ritmo bancario, apuntando a la parte alta de la estratificación y reminiscente de un cierto halo autoritario, de ordenamiento jerárquico y emoción que mezcla elementos marciales, de fe y tradición. Desde este punto de vista puede decirse que, en su mundo de baja racionalización ideológica, la UDI es, de cualquier forma, el partido más ideológico de la derecha chilena.

RN, por su lado, ha sido desde el comienzo de la transición un partido más heteróclito internamente, con más caudillos locales y fracciones, más  contradictorio ideológicamente y con menos pegamento doctrinario. Sus fuentes culturales han sido igualmente más variopintas: un liberalismo a veces  más social, cierto institucionalismo democrático, una menor adherencia a la ortodoxia neoliberal, resabios nacionalistas, filones social-cristianos, y, como dice un experto en estos territorios, con una vertiente ‘telúrica’ que, en este caso, podría llamarse también agrícola, de escena campesina, vitivinícola y ganadera. Con todo, como tiene algo aluvional, RN aparece también como un vehículo mesocrático, emparentado con ciertos rasgos tradicionalmente adscritos al PR y una mayor flexibilidad a la hora de la conversación y las negociaciones. RN ha tenido la ventaja —y, a la vez, el problema— de contar con el único presidente de derechas de la República elegido (dos veces) popularmente durante los últimos 50 años, hecho demostrativo de esa mayor sintonía masiva, mientras la UDI se caracteriza por una mayor sincronía de élites.

En torno a este doble eje han surgido en los últimos años dos planetas menores en la constelación de la derecha. Desprendida de la UDI, hacia su diestra, un esbozo de movimiento o partido de orden-seguridad y ‘Chile great again’, que hace un guiño al menguante pinochetismo y al potencial ileberal latente en sectores de la derecha. El Partido Republicano de J.A. Kast es típicamente un núcleo conservador, de orden-patria-familia, que proclama una suerte de filosofía tradicional basada en creencias-pilares del estilo: defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural; creemos en Dios, en la vida en sociedad que promueve la familia como núcleo fundamental de ella, en el bien y la verdad como realidades objetivas, en el bien común y en defender y reivindicar el concepto de Patria, la defensa de la libertad de las personas y de los cuerpos intermedios; creemos en la justicia social, en una economía social de mercado, promovemos la descentralización y creemos en un Estado moderno y transparente y una institucionalidad de calidad, confiable y firme. En la práctica, aparece como un correctivo frente a la creciente confusión ideológica y táctica de la UDI y como un aguijón que busca mantener en la senda de los ‘principios superiores’ a la alianza Chile Vamos. Atrae por eso a personas de los márgenes de la UDI, militantes desilusionados con el gobierno Piñera, ‘cómplices pasivos’ cansados de ser fustigados por el dedo acusador de los DDHH, gentes en ‘batalla cultural’ contra el arte y la cultura posmodernas.

Al otro lado del espectro de la derecha se sitúa Evopoli, un partido que aparece como una síntesis siglo 21 de los principios de un liberalismo moderado con acento social del siglo 20. Representa una puesta al día, para  Chile, de ese tipo de ideario que recoge e incluye nociones de orden social orientado hacia la igualdad de oportunidades para todos, de políticas públicas que ponen como prioridad a los niños y las familias más necesitadas, de libre mercado y subsidiariedad activa del Estado, de democracia liberal con gobierno efectivo de las mayorías y protección de derechos de las minorías, de un actuar transparente, respetuoso, dialogante y responsable dirigido al bien común, de justicia intergeneracional y sustentabilidad medioambiental, de una política decidida de descentralización y empoderamiento regional, de rechazo a todo tipo de discriminación arbitraria y promoción de la inclusión, la tolerancia y el respeto por la diversidad y de promoción de la cultura como prioridad nacional. De militancia adulto-joven, aparece como  una colectividad que confía en el conocimiento, la acción experta, la solidaridad entre las clases, el interés general, un cierto cosmopolitismo y una estética de hijos del establishment que han optado por un reformismo soft de centro-derecha, atento a las formas, con certificación educacional, distinción de public governance y nacientes redes en el ámbito de la polis electoral. Es una suerte de derecha joven y políticamente correcta, que se toma en serio el liberalismo, la justicia dentro de los márgenes de un capitalismo (ojalá) de rostro humano y el poder de la técnica como un apoyo imprescindible para gobernar.

III

De un extremo al otro de estas derechas —que, si bien conservadoras, distan de ser extremistas—, su reflejo ideológico esencial es jugar a la defensiva, no enredarse con grandes ideas, no buscar renovaciones dramáticas y, más bien, hacerse cargo del legado de ventajas que el status quo reserva a sus hijos predilectos. Tienen, por lo mismo, mucho que cuidar y no desean perder el tiempo con especulaciones ideológicas que tanto entretienen a los literati de izquierda. Su lugar no es la República de las Letras, donde sólo ocasionalmente ocupan lugares dentro de las primeras filas, sino la República Fabril que se sabe al mando de las palancas básicas que aseguran la reproducción de  los capitales (económico, social y cultural) de la sociedad.

Por eso mismo, son saberes prácticos, ingenieriles, de carácter técnico-mercantil (business administration), los que son valorados por las ideologías de derecha. Bajo esta ideología, ellos servirían como contrafuertes para dar estabilidad al edificio de la sociedad y sus jerarquías, siempre amenazado por el pensamiento crítico que se cree emancipador de las izquierdas pero que, mirado desde la perspectiva del orden, resulta desquiciador, anómico, irritante, disolvente y corrosivo de todo aquello que tiene valor por haber sido construido con esfuerzo a lo largo de generaciones. Esta trayectoria familiar de los capitales sirve de base a una ideología que, como  ocurre con el ‘principio de herencia’ de Burke, otorga a “la trama de nuestra política el carácter de una relación consanguínea, uniendo la constitución de nuestro país con nuestros vínculos familiares más queridos. Hemos hecho a nuestras leyes fundamentales un sitio en el seno de nuestros sentimientos familiares”. (Reflexiones sobre la revolución francesa, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1978, p.95). Solo por eso —y si no fuera más que por eso— el pasado (las tradiciones, las maneras y costumbres) merecería ser  conservado y admite ser modificado solo con el mayor cuidado.

Estos rasgos a-ideológicos, no sólo anti-ideológicos, se ven enriquecidos en el caso de las derechas por esa suerte de creencia absoluta en su ‘natural’ disposición hacia el raciocinio, la comprensión, el buen gusto y el habitus de mandar. Este carácter afirmativo de la cultura de derechas —descrito aquí en la huella del sociólogo P. Bourdieu— viene de la mano con una temprana socialización en la cultura de los grupos dominantes. Proporciona el núcleo fundante de la autoconciencia de los estratos de donde proviene una parte significativa de las élites del país. Y confiere a éstas esa inocultable seguridad de hallarse a cargo de la situación, sin necesidad de argumentar o persuadir, de interpelar ideológicamente a la sociedad o de construir relatos que justifiquen sus ventajas  y su autoridad.

Tal vez allí reside la razón de la insuficiencia ideológica de los partidos de derecha, del uso puramente defensivo que éstos hacen de los medios de la política, y de ese prejuicio anti-intelectual (a ideológico) que suelen manifestar los círculos de derecha. Incluso la intelectualidad emergente de este sector ha salido ahora último repetidamente al paso de  ese déficit crónico de ideas, ideologías y narrativas que lo aqueja, restándole soft power y proyección.

Habrá que ver si esta intelectualidad, los literati de la derecha actual, logran superar el  carácter meramente defensivo de la ideología de su sector y alimentarla con nuevas ideas y creencias en un momento en que el ‘principio de herencia’ ya no asegura el dominio ‘natural’ de una elite o una clase social.

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