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Publicado el 12 noviembre, 2020

Cristóbal Aguilera: Nuestra política

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

En medio de la crisis sanitaria más grave de la historia de nuestro país, en medio de una crisis económica cuyo horizonte es totalmente incierto, en medio de un clima social polarizado en el que la violencia no se detiene, nuestros diputados decidieron celebrar. Pero es una fiesta hermética, a la que nadie asiste, solo ellos.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Lo que ocurrió el día martes en la Cámara de Diputados no es otra cosa que un síntoma particularmente grave de una enfermedad política que venimos arrastrando desde octubre: el desgobierno. Desgobierno del Gobierno, pues no es posible el desgobierno total: ante el vacío de autoridad, siempre hay alguien dispuesto a tomar el guante. De un tiempo a esta parte, quien está liderando la conducción de nuestro país es el Congreso. Particularmente la oposición, que tiene mayoría. Y, en lo que respecta a la semana que vivimos, la líder es Pamela Jiles. De pronto, al desgobierno se le ha unido el espectáculo.

Poco sentido tienen los reclamos de los ministros de Piñera sobre la inconstitucionalidad de esta y varias otras iniciativas si solo se quedan –como ya es costumbre– en meros reclamos. Como Pedrito y el lobo, sus amenazas de vetar o de recurrir al TC no inquietan a nadie. Las herramientas presidencialistas solo tienen sentido si se ejercen, y buena parte del desprestigio del Gobierno tiene su origen en la falta de ejercicio de estas potestades. A vista y paciencia suya le han usurpado una y otra vez la iniciativa exclusiva. ¿Cómo justificar ahora recurrir al TC por el proyecto del segundo retiro del 10% si con el primero –más allá de las amenazas– no se hizo nada para evitar que se promulgara? Lo más probable, en todo caso, es que el Presidente se desista de defender la institucionalidad (porque de defender sus convicciones, ni hablar), regalándole nuevamente la banda presidencial a los diputados y senadores. En definitiva, como decía Daniel Mansuy, Sebastián Piñera no parece desistirse de entregar la primacía de la función presidencial.

El Congreso celebra, entonces, que ha podido despojar al Presidente de su poder. Celebran desde la oposición hasta el oficialismo. Pero el problema es aún mayor: para ejercer sus atribuciones el Presidente requiere de un mínimo respaldo (1/3), respaldo con el que hoy no cuenta. No hay agua en la piscina ni siquiera para vetar. No la había cuando se discutió el proyecto de corte de servicios básicos y menos la hay ahora. Esto no es un problema de diseño institucional, es un problema de conducción política. Ninguno de los que apoyaban e incluso admiraban y elogiaban patéticamente a Piñera están ahora dispuestos a apoyarlo para que pueda salir del pozo en el que se encuentra, sobre todo porque el Presidente parece no tener la mínima intención de salir de él. Quizá ni siquiera ha tomado conciencia de la situación en la que se encuentra. Como lo había ya advertido Juan Ignacio Brito hace varios meses en una columna todavía actual, Piñera no solo terminó cavando la tumba de la derecha, sino que la tumba de la autoridad presidencial. Y es una tumba que posiblemente deberán compartir futuros Presidentes, porque el daño institucional que ha provocado es demasiado severo.

Por si esto fuera poco, el Congreso no ha estado ni medianamente a la altura del desafío que ha intentado asumir. Argumentan que son una especie de válvula de escape frente a la situación social actual, pero lo cierto es que son una válvula de escape fuera de la institucionalidad. Esto no es gratis. Saltarse las reglas para ejercer poder en una democracia es cualquier cosa menos inocuo. Pero, además, el modo en que lo han hecho es sencillamente insólito. El espectáculo del martes fue una gota más que se suma al charco de un vaso que se ha rebalsado hace rato. Pero una gota importante. De algún modo, vino a consolidar la idea del parlamentarismo de facto. Con todo, tampoco les saldrá gratis a ellos, que sí son elite a pesar de que lo nieguen y quieran ser parte de un pueblo al que buscan agradar soltándole un 10% cada cierto tiempo.

En medio de la crisis sanitaria más grave de la historia de nuestro país, en medio de una crisis económica cuyo horizonte es totalmente incierto, en medio de un clima social polarizado en el que la violencia no se detiene (hace poco tiempo quemaron dos Iglesias y hace menos mataron a un joven carabinero), nuestros diputados decidieron celebrar. Celebraron con gritos, lágrimas, pañuelos, pancartas, abrazos, una especie de orgía de ensimismamiento. Pero es una fiesta hermética, a la que nadie asiste, solo ellos. Celebraban entre ellos. Se aplaudían mutuamente, como quien aplaude a un espejo. Se declaraban presidenciables recíprocamente. Ellos, que, por supuesto, no tendrán que sufrir los efectos de haber quebrado la institucionalidad, como tampoco lo sufrirán los políticos de Gobierno. Ellos que, tal vez, ni siquiera se den cuenta de la situación en la que se encontrarán los pobres cuando caiga la noche que se avecina.

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