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Publicado el 29 octubre, 2020

Cristóbal Aguilera: Los desafíos de la Iglesia

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Si la Iglesia Católica ha de volver a tener una importancia decisiva en la historia, esto solo es posible si es verdaderamente ella misma, cumpliendo la misión que Cristo le encomendó. Una Iglesia, en definitiva, de santos. Y esto exige, entre otras cosas, un sano y sincero desinterés por «acomodarse» a los tiempos.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Las palabras del Papa Francisco que han provocado polémica son las siguientes: «lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil: tienen derecho a estar cubiertos legalmente». Se refería a las personas homosexuales. ¿Cómo se deben tomar estas palabras?

Tal vez lo primero sea esclarecer lo que el Sumo Pontífice expresó. En realidad, debido a que no conocemos todo el contexto, es difícil llegar a una conclusión definitiva. Con todo, las enseñanzas de la Iglesia sobre el reconocimiento legal de las uniones homosexuales son inequívocas (muy recomendable es un documento publicado al respecto en 2003 por la Congregación para la Doctrina de la Fe). En esta línea, hay quienes han mostrado que las palabras del Papa pueden interpretarse como consistentes con estas enseñanzas. Por lo demás, una adecuada lectura de las afirmaciones del Papa debe llevarnos siempre –en la medida en que sus palabras así lo permitan– a comprenderlas dentro del Magisterio de la Iglesia, y no en contradicción con él. Como el mismo Papa Francisco lo afirmó en su primera encíclica, Lumen Fidei: «el Magisterio asegura el contacto con la fuente originaria, y ofrece, por tanto, la certeza de beber en la Palabra de Dios en su integridad» (n. 36). 

Hay, sin embargo, ciertos sectores progresistas católicos y no católicos que han entendido las palabras del Papa de un modo diferente: como un «avance» en las posturas de la Iglesia en materia de moral sexual. Los argumentos para valorar positivamente esta especie de «progreso» son los de siempre: que ya es hora de que la Iglesia comience a superar sus temores; que es absurda la tozudez de los católicos –de ciertos católicos– de mantener una postura medieval sobre la sexualidad en pleno siglo XXI; que no es posible negarse a los dictámenes de la ciencia sobre la homosexualidad. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, hay otro argumento que también se ha esgrimido, al cual hay que prestar especial atención: «si la Iglesia quiere sobrevivir en el mundo actual, más le vale que comience a flexibilizar sus doctrinas».

Hay muchos laicos católicos que están de acuerdo con este último argumento. Hay incluso obispos que también lo consideran. Ven con cierto pavor la ilegitimidad en que se encuentra la Iglesia (debido, entre otras cosas, a los atroces abusos sexuales que han cometido muchos de sus miembros), y piensan que la única forma de salir del pozo de la impopularidad es acomodándose –al menos en parte– a los clamores de este mundo. Como si esto fuese a reparar el enorme daño provocado (daño que, por lo demás, es imposible de reparar). Pero no: la Iglesia no es de este mundo (aunque vive y tiene una misión para este mundo). Por supuesto que debe responder por todos los errores y horrores que ha cometido, pero pensar que modificar su doctrina puede ayudar en algo carece de sentido.

La Iglesia no está llamada a ser popular (o no en el sentido en que comúnmente entendemos esta expresión). Está llamada, en cambio, a la universalidad, porque es instrumento de salvación para todas las personas, de todos los tiempos y culturas. Esta vocación a la universalidad, sin embargo, no es incompatible con un reproche social fuerte o, como decía Benedicto XVI, con el riesgo de que sea excomulgada del consenso social imperante. Es necesario –y urgente– comunicar el mensaje del Evangelio, pero esto no debe llevarnos a olvidar que, como su Maestro, la Iglesia es signo de contradicción (y Dios bien puede valerse incluso del escándalo que provoca su doctrina para tocar el corazón de las almas). Si la Iglesia ha de volver a tener una importancia decisiva en la historia, esto solo es posible si es verdaderamente ella misma, cumpliendo la misión que Cristo le encomendó. Una Iglesia, en definitiva, de santos. Y esto exige, entre otras cosas, un sano y sincero desinterés por «acomodarse» a los tiempos. En palabras de Chesterton, siempre actuales: «no necesitamos, como dicen los periódicos, una Iglesia que se mueva con los tiempos. Necesitamos una Iglesia que mueva al mundo».

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