Cuando Konrad Adenauer (1876-1967) llegó en 1945 a la prisión de la Gestapo en Brauweiler, cerca de su amada Colonia, recibió una extraña petición de parte del comisario responsable de esa cárcel. Le pidió que no se suicidara, porque esa decisión le traería muchas complicaciones a ese funcionario. No me detendré a considerar cómo esa solicitud da cuenta de una mentalidad burocrática que es típica de los aparatos totalitarios, como mostró magistralmente Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén. El suicidio de una persona era visto simplemente como una complicación burocrática. Me interesa, en cambio, destacar la respuesta que Adenauer –que obviamente no esperaba una petición así, ya que nunca se le había pasado por la mente llevar a cabo una conducta semejante– le dio a ese funcionario:
Le pregunté en qué se fundaba para pensar así y me respondió que como yo tenía casi setenta años y nada debía esperar ya de la vida, quizá me rondase por la cabeza la idea de quitármela.
Le dije que podía estar tranquilo. No le causaría ningún disgusto.
Claramente, el comisario de la Gestapo no tenía en alta consideración la vida humana y con razón los redactores de la Ley Fundamental de Bonn pusieron como artículo primero de ella una afirmación que ha llegado a ser muy famosa: “La dignidad humana es intocable”. Ahora bien, ese hombre tampoco tenía mucha visión histórica, pues, para él, ese individuo mayor, si bien había tenido un destacado pasado en la política comunal de Colonia, era simplemente un preso más. Jamás podría haber imaginado que estaba en presencia de una de las dos o tres figuras políticas mundiales más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Pero como nosotros tenemos la necesaria perspectiva histórica podemos intentar el estudio de su legado político a 150 años de su nacimiento.
- Una cultura fragmentada
En un pasaje situado al comienzo de su famosa obra Tras la virtud, Alasdair MacIntyre describe un hipotético panorama utópico donde, a consecuencia de unas catástrofes naturales, el público culpa a los científicos y reacciona con inusitada violencia. Se destruyen los laboratorios y sus instrumentos, se queman las bibliotecas y los hombres de ciencia son linchados. Como suele suceder en la historia, esa sociedad termina por recuperar la sensatez y las personas ilustradas se embarcan en una labor de recuperación de esa ciencia perdida. Sin embargo, la tarea no parece fácil, ya que solo se encuentran con fragmentos: páginas sueltas de libros, partes de teorías cuyo contexto no se conoce, instrumentos que están desconectados de los otros elementos del laboratorio que les daban sentido. Llega así un momento en el que esos restos son integrados en un conjunto de prácticas a las que nuestros restauradores les dan el nombre de química, física o biología. Sin embargo, a pesar de toda su buena voluntad, las personas no habrán comprendido que aquello que hacen, en realidad, no es química o algo semejante, sino un simulacro de ciencia, porque no tienen claro su sentido ni su contexto. En efecto, las palabras de una disciplina se usan en un contexto que está lleno de creencias implícitas y en el marco de tradiciones y teorías que no aparecen cuando se tiene delante un conjunto de fragmentos. Para colmo de los males, señala, un panorama semejante no podría ser comprendido a partir de la filosofía analítica o cualquier otra de las propuestas intelectuales que tienen un carácter puramente descriptivo.
Este experimento mental le permite a MacIntyre ilustrar la situación en la que nos encontramos en el terreno de la filosofía moral:
en el mundo actual que habitamos, el lenguaje de la moral está en el mismo grave estado de desorden que el lenguaje de las ciencias naturales en el mundo imaginario que he descrito. Lo que poseemos, si este parecer es verdadero, son fragmentos de un esquema conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que derivaba su significado. Poseemos, en efecto, simulacros de moral, continuamos usando muchas de las expresiones clave. Pero hemos perdido –en gran parte, si no enteramente– nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral.
Me atrevería a decir que otro tanto ha sucedido en el siglo XX y lo que va del siglo XXI en el terreno de la vida política. Resulta claro en el caso de los totalitarismos: cada uno de ellos empleaba categorías culturales que tenían su lugar en el marco de la tradición central de Occidente, como pueblo, Estado, nación o trabajo, pero estaban desgajadas de su contexto. Ciertamente el marxismo no ponía énfasis en las mismas nociones que el nacionalsocialismo, pero compartían esa unilateralidad, es decir, la tendencia a desgajar unas categorías de la armonía del conjunto y desnaturalizarlas. El caso más expresivo está en la entrada misma del campo de concentración de Auschwitz, donde figura la inscripción “Arbeit macht frei”. Por supuesto que el trabajo bien realizado nos hace más libres, pero no cualquier trabajo ni mucho menos uno ejercido en tales condiciones que ni siquiera merece ese nombre. Muchas veces se ha discutido qué ha sido peor en la historia humana, si el nacionalsocialismo o el marxismo. No sé si se trate de una discusión que tenga mucho sentido, pero sí pienso que el fascismo y el nacionalsocialismo mostraron una notable capacidad para corromper las palabras más sagradas, todavía mayor que lo que pudo experimentarse en la Unión Soviética y sus satélites.
Después de la Segunda Guerra Mundial hubo mayor conciencia de la necesidad de contar con un marco axiológico y cultural que sirviera de contexto a la labor de recuperación, expansión y fortalecimiento de la democracia y sus libertades, que tan necesaria parecía. Se pensó que ese marco iba a estar provisto por la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, el fruto más promisorio de la recientemente creada Organización de las Naciones Unidas. Con indisimulado orgullo, sus redactores reconocían que provenían de tradiciones culturales muy diferentes, de modo que no compartían la misma fundamentación teórica para esos derechos que se declaraban. “Si nos preguntan por cuáles son esos derechos podremos dar una respuesta unánime, no así si nos preguntan por su fundamento”, venían a decir. Jacques Maritain decía que en esa declaración se había conseguido un acuerdo práctico y pensaba que ese consenso podía ser suficiente para fundar una convivencia civilizada. Hoy nos damos cuenta de que, aunque hay en esa postura elementos de verdad, no hay que esperar demasiado de ella, porque en casos conflictivos es necesario clarificar la cuestión del fundamento si se quiere tener una respuesta, por ejemplo, a si realmente existe un “derecho al aborto” o si el derecho a la vida tiene un carácter absoluto e indisponible. Es más, por mucho que digamos que esos derechos se reconocen a “todas las personas”, esa afirmación queda muy debilitada si aquello que está en discusión es la noción misma de persona y el ámbito de su alcance, por la vía de decir que no todos los individuos de la especie humana son personas.
II. Un necesario examen de conciencia
De este modo, ni siquiera ese anhelado y dificultoso acuerdo práctico de los redactores de la Declaración hizo posible que Europa dispusiera de un marco común que permitiera entender sus propias categorías culturales y facilitara el entendimiento. La expresión más visible de esas fracturas estaba dada por el Muro de Berlín y la que, de modo más amplio, Churchill denominó como “la Cortina de Hierro”.
Con todo, las figuras políticas más lúcidas de la posguerra se plantearon explícitamente la cuestión de los factores intelectuales que estaban detrás de la catástrofe que representó el nacionalsocialismo. Entre ellas está el que, a mi juicio, fue el más grande de todos ellos, Konrad Adenauer, pero también Charles de Gaulle (1890-1970) y Alcide de Gasperi (1881-1954), además de otros. Concretamente, Adenauer se dio cuenta de que era muy fácil culpar de la tragedia al nacionalsocialismo, como si este movimiento hubiera caído de las nubes y el apoyo de los alemanes hubiese sido puramente minoritario y circunstancial. Como no había sido así, él instó a los líderes de su país a hacerse una pregunta dolorosa: “¿Cómo fue posible esa inmensa caída del pueblo alemán?”. Para responder esa interrogante, había que retrotraerse al proceso que había llevado a ese abismo. Esto exigía remontarse muy atrás de 1933. En efecto, a su juicio, el nacionalsocialismo “no habría llegado a lo peor si no se hubiese encontrado en amplias esferas de la población un terreno abonado para su semilla de veneno”.
La causa última de este proceso no era simplemente económica o de organización política. Para Adenauer, ella se remontaba a “una visión materialista del mundo” que se había adueñado de la cultura política alemana desde el propio siglo XIX. Fruto de esa concepción fue la consiguiente “adoración del poder y el menosprecio del valor del individuo”. En su opinión, diversas circunstancias históricas prepararon el terreno para que creciera esa concepción materialista. Entre ellas, está “el rápido desarrollo de la industrialización, la concentración de grandes masas de población en las ciudades y el desarraigo de la persona que todo ello suponía”. La concepción materialista llevó a sobreestimar el poder del Estado y a la disposición a sacrificar a ese absoluto al propio individuo y su dignidad. Todo esto fue muy anterior a la toma del poder por parte de Hitler y sus seguidores en el año 1933, ellos simplemente sacaron las consecuencias y no tuvieron mayor dificultad para demoler intelectual y políticamente a la frágil república de Weimar. Hecha esta preparación solo faltaba deducir las conclusiones:
El nacionalismo no fue sino una consecuencia, llevada hasta el crimen, de ese concepto materialista del mundo, del que se deriva la adoración del poder y el menosprecio al valor del individuo.
No fue casual, entonces, que el nacionalsocialismo haya experimentado la más fuerte oposición espiritual en las zonas donde, por la fuerza de las convicciones religiosas de la población, la presencia del socialismo y, más en particular, de las ideas de Marx, haya sido más débil.
De modo que no basta con los mecanismos institucionales adecuados, como por lo general pensaba la doctrina liberal que estaba detrás de la república de Weimar. Los sucesos de 1933, concluyó Adenauer, habían enseñado “que un régimen parlamentario puede ser utilizado incluso para imponer la dictadura, cuando las personas no piensan y sienten la verdadera democracia”.
III. La propuesta de Adenauer
Para Adenauer y los principales artífices de la Europa de posguerra, el problema del nacionalsocialismo, lo mismo que el del comunismo al otro lado de Europa, no era simplemente económico o de diseño político, sino que afectaba lo más hondo de la cultura. Él era el fruto de una filosofía inadecuada, que impedía a las personas entender qué es el hombre y cuál es el sentido de las diversas instituciones políticas, particularmente del Estado.
La reconstrucción de un continente devastado por las bombas y las divisiones exigía contar con una adecuada imagen del hombre, en cuyo marco pudieran conciliarse las antinomias que los totalitarismos y demás materialismos habían resuelto de manera inadecuada: libertad y responsabilidad; individuo y comunidad; libertad e igualdad, Estado y mercado y, en último término, naturaleza y cultura.
Su proyecto político se articulaba, entonces, en torno a algunas intuiciones fundamentales. La primera era que la política no es un juego de suma cero, donde unos ganan en la medida que otros pierden. Mientras para Marx el Estado y el derecho no eran más que un instrumento por el cual una clase oprimía a otra, en este nuevo contexto político planteado por Adenauer constituyen instancias de libertad. La libertad, en efecto, no se alcanza en lucha contra las instituciones, sea el Estado, la familia o las iglesias, sino a través de ellas. El sello de las instituciones no es la dominación, sino el servicio, por más que pueda haber casos, más o menos difundidos, en que ellas se corrompan y terminen por servir a intereses particulares. Pero precisamente por eso, Aristóteles y después de él todo el pensamiento político de inspiración cristiana, podían distinguir entre regímenes legítimos y corruptos precisamente por la finalidad con que se ejercía el poder dentro de ellos. Para evitar la corrupción, las diversas instituciones tienen que ser ajustadas constantemente, pero el camino ha de ser siempre la reforma y no la revolución.
La idea de que las instituciones no funcionan, en condiciones normales, bajo el esquema de los juegos de suma cero, donde uno gana porque otros pierden, sino que responden al modelo de los juegos cooperativos, tuvo enormes consecuencias en la economía. En sintonía con la doctrina social cristiana, Adenauer concebía una economía donde el capital y el trabajo no se hallaban enfrentados, sino que eran elementos llamados a colaborar. Este fue el espíritu del llamado “capitalismo renano”, que a los pocos años dio origen al “milagro económico alemán”, que creció bajo los ojos estupefactos de todo el mundo y que marcó un clarísimo contraste con la situación de sus vecinos en la Alemania oriental. La muestra era perfecta para hacer una comparación, porque las dos naciones tenían en común la misma población, lengua, cultura, clima e historia, y sin embargo los resultados a uno y otro lado del Muro de Berlín y demás fronteras divisorias no podían ser más distintos.
La segunda convicción que movió a Adenauer y a otros como él es que no resulta posible llevar adelante una adecuada convivencia política sin un mínimo de amistad cívica. La concordia política permite plantear y resolver las diferencias, o, al menos, llegar a soluciones que no impliquen la aniquilación de quien piensa distinto. Así, mientras para Carl Schmitt la categoría fundamental era la distinción entre amigo y enemigo, de modo que la entrada en la arena política solo podía hacerse cuando uno se planteaba la pregunta “¿quién es mi enemigo?”, Adenauer tenía muy claro que el futuro de esa Alemania que estaba destruida exigía lograr un entendimiento y buenas relaciones con los tradicionales enemigos de su patria, a saber, los franceses. Fue un trabajo paciente, que le exigió un esfuerzo infinito, pero iba a llegar un momento, antes de lo que cualquiera hubiera imaginado, en que el eje franco-germano iba a constituir la columna vertebral de las nuevas instituciones europeas.
Una tercera intuición de Adenauer era que Alemania debía contarse, sin ninguna restricción, entre las democracias occidentales. El mantener este propósito le significó tomar decisiones muy dolorosas, como cuando rechazó la oferta de Stalin de proceder a la reunificación de las dos Alemanias a cambio de adoptar una posición de neutralidad que la iba a alejar de ese grupo de naciones. Unas décadas después, ya muerto Adenauer, Alemania conseguiría ese objetivo sin haber tenido que pagar tan alto precio.
La cuarta de estas ideas que quiero destacar en su figura, consiste en una afirmación muy relevante para la vida política, que años después sería expresada por un pensador socialdemócrata, Ernst-Wolfgang Böckenförde: la democracia liberal vive de algunos supuestos que ella misma no puede producir. Es decir, sin un fundamento ético los políticos y demás ciudadanos no dispondrán de los necesarios mecanismos de autocontrol que exige este sistema político. Lo mismo podría decirse que vale para la economía libre. Esos supuestos no se obtienen ni en las elecciones ni en las decisiones económicas, sino que constituyen el marco que permite que ellas se enmarquen en el bien común. ¿Y dónde se obtienen estos recursos que están en la base de la vida política y económica? En la familia, las iglesias y las demás instancias comunitarias, que deben ser promovidas activamente por el Estado en virtud de lo que algunos autores han llamado la “faz positiva” del principio de subsidiariedad. Resulta claro, entonces, que Adenauer no pensaba, como lo había hecho Kant, que era posible gobernar una “república de demonios”, con tal de que estos fueran inteligentes. Esto resulta imposible, al menos en una democracia. La concreción política de estas ideas era muy clara. En la Alemania de posguerra, no tenía ningún sentido repetir los esquemas políticos anteriores a 1933, en particular la idea de reavivar el Zentrum, que era el partido político que hasta entonces pretendía agrupar a los católicos. Más bien había que producir acuerdos mucho más amplios, que incluyeran a quienes pensaran que el cristianismo, en sus diversas versiones, proporcionaba una base muy adecuada a la hora de fundar el orden político democrático, por la riqueza y profundidad de su visión del hombre y su capacidad para formar buenos ciudadanos. Esta era una idea que ya defendían los apologistas de los primeros siglos en su defensa del cristianismo ante los emperadores romanos que injustificadamente lo perseguían. Esa acción política común de quienes compartían una misma concepción de la vida dio origen a la democracia cristiana alemana.
El último componente de la propuesta política de Adenauer que quiero destacar es su conciencia de la limitación de la política. Esta es, ciertamente, una de las más nobles actividades humanas, pero no constituye el medio para alcanzar un paraíso que solo se encuentra más allá de la vida terrena. Esta afirmación tiene dos consecuencias importantes: la primera es que la política tiene un componente prudencial que lleva, entre otras cosas, a que no resulta sensato cambiar prácticas e instituciones que están funcionando razonablemente bien. “Keine Experimente!”, decía Adenauer a sus electores en 1957, quienes efectivamente no quisieron hacer experimentos en un momento tan delicado, cuando esa misma Alemania que en tiempos de sus padres había experimentado la hiperinflación y hasta 1945 había sufrido el totalitarismo, se encontraba en la ruta del progreso económico y se había incorporado a las democracias occidentales. El Canciller y los ciudadanos habían entendido que el orden político y el económico son frágiles y nunca alcanzan la perfección, sino que basta con que sean suficientemente buenos. Por eso lo confirmaron en su cargo con la más alta mayoría parlamentaria que conoce la historia de ese país.
Su concepción de la política iba acompañada de un inevitable realismo: Alemania había perdido la guerra y, si quería volver a ser un interlocutor digno en el concierto de las naciones, debía saber que en ese momento le tocaba reconocer su situación y, en vez de dejarse llevar por el resentimiento, seguir lo que Henry Kissinger, caracterizó como una “estrategia de la humildad”.
Ahora bien, hay otro aspecto de esa limitación de la política que es necesario tener en cuenta y que se remonta a su propia historia personal. Cuando, de manera ilegítima, fue depuesto de su cargo de alcalde de Colonia (1933), descubrió con sorpresa que muchos amigos y conocidos suyos ya ni siquiera lo saludaban. Como había caído en desgracia, incluso cruzaban a la vereda de enfrente cuando lo divisaban, para no encontrarse con él. Lo mismo le sucedió cuando, de forma muy poco correcta, los ingleses lo depusieron del mismo cargo en octubre de 1945. Ellos se habían encargado de la zona renana, que inicialmente había sido ocupada por las fuerzas norteamericanas. Los estadounidenses tenían una confianza absoluta en Adenauer, que, de hecho, ocupaba el primer lugar en la lista blanca que habían elaborado durante la guerra con las personas que les resultaban confiables. Otra vez fueron muchos los que se alejaban de él como de un maldito. Estos dolorosos sucesos lo llevaron a palpar en carne propia los efectos de la debilidad humana. Esas personas no eran malas, simplemente no estaban dispuestas a tener comportamientos heroicos y por eso se dejaban llevar por la cobardía. Adenauer sí tenía un talante heroico, pero precisamente porque sabía lo duro que podía ser el permanecer fiel a su conciencia, podía entender a quienes no lo eran. Esto significaba que había un buen número de alemanes que eran personas muy competentes, pero que se habían afiliado al partido nacionalsocialista por simple temor o conveniencia. Hay que entender que la presión entonces era muy fuerte y, en ciertos niveles de la administración del Estado, no se trataba simplemente de permanecer neutral, pues una negativa a firmar esos registros partidistas iba acompañada de la pérdida del cargo y el repudio social. El Canciller decidió contar con muchas de esas personas como colaboradores, mientras no hubiesen estado implicados en hechos de sangre. Las críticas que recibió, fundamentalmente de parte de la izquierda, fueron innumerables. Pero él hizo lo que pensaba que era correcto y hoy somos muchos los que valoramos positivamente esa decisión, que solo un valiente como él podía tomar.
IV. Tiempos de polarización
La situación en que hoy nos encontramos no es mejor ni peor que la que debió enfrentar Adenauer, simplemente es muy distinta. Si bien él “no participaba de la idea de la culpa colectiva de todos los alemanes”, había experimentado la humillación y la vergüenza de ser alemán, pero ese sentimiento había sido reemplazado por un sano orgullo, que derivaba de ver la dignidad y valentía que mostraba su pueblo a la hora de enfrentar la “indescriptible miseria” que reinaba por todas partes en esa nación en ruinas. Así, tanto los alemanes como los demás europeos de entonces podían albergar una temerosa esperanza. Temerosa porque el mundo había quedado partido en dos; porque una de esas partes estaba sometida a una terrible tiranía, y porque el fantasma de una tercera guerra mundial no se había alejado de los espíritus. Pero también había motivos de esperanza, pues en los espíritus se albergaba un ánimo de entendimiento y la disposición a no volver a cometer los errores del pasado.
Hoy hace ya tiempo que ha pasado el optimismo de finales del siglo XX, que llevó a Francis Fukuyama a proclamar nada menos que el fin de la historia, atendido el hecho de que, tras el derrumbe del comunismo, parecía que la democracia liberal y la economía de mercado iban a reinar sin contrapesos. El mundo ha vuelto a estar lleno de tensiones y se cuestionan tanto los beneficios de la globalización económica como el valor de la democracia liberal que conocemos. Los electorados dan cuenta de este desconcierto y, particularmente en Latinoamérica, pasan a elegir gobernantes de uno y otro lado del espectro político de manera alternativa. No se trata de que sus convicciones hayan cambiado profundamente: esos cambios de humor dan cuenta de una profunda desesperanza. Las concepciones progresistas de la historia, que marcaron tanto a la izquierda como también a la derecha tecnocrática, aparecen hoy como ingenuas en contraste con el pesimismo reinante.
Algunos reaccionan ante estas dificultades radicalizándose aún más. Es el caso de los demócratas socialistas en los Estados Unidos, de Die Linke, en Alemania y de la Francia Insumisa. Esta radicalización los lleva a insistir en todos los desvaríos de la cultura woke que hemos visto en estos años. La izquierda tradicional está desorientada. Resulta sorprendente que los mismos que condujeron la renovación socialista, que los llevó a abandonar el marxismo y llevar adelante proyectos políticos moderados que produjeron un claro progreso material a sus pueblos, hoy se avergüencen de su obra y muestren un claro sentimiento de inferioridad ante la nueva izquierda.
Las exageraciones que hemos visto en las últimas décadas por parte de la izquierda progresista han producido fuertes reacciones. De manera simplista, algunos se facilitan el trabajo y las engloban a todas bajo el rótulo de “ultraderecha”, cuando el análisis de estos fenómenos requeriría una mayor sutileza intelectual, que en términos generales la izquierda progresista no ha podido mostrar. Así, se confunden movimientos que son simples expresiones de un conservadurismo de inspiración cristiana con otros proyectos de signo muy distinto que, especialmente en Europa, representan a la derecha pagana. Estos últimos, cuando llegan a valorar la religión, lo hacen por razones puramente instrumentales.
En muchos países estas convulsiones y la consiguiente polarización han llevado a un deterioro electoral del centro político. Este sector ha debido asumir la difícil tarea de reivindicar el valor de nuestra democracia representativa, que es vista como un sistema lento, ineficiente e incluso corrupto, y por eso ha pagado los costos. “Nobody loves you when you’re down and out”, advierte John Lennon. En muchos lugares hoy se castiga la moderación y esto ha afectado a las agrupaciones políticas de centro, que pretenden encarnarla.
El Occidente mismo ya no es un bloque homogéneo. La alianza entre los Estados Unidos y Europa, que nos parecía formar una parte inmutable de nuestro mundo, está seriamente deteriorada. Por otra parte, los sistemas políticos autoritarios y totalitarios que están vigentes en diversas partes del mundo muestran una densidad ideológica mucho menor que antaño. El paradigma actual de muchas autocracias no es el de Lenin o el de Hitler, sino algo muy cercano al mundo de Mussolini: un Estado muy fuerte que controla la justicia y los sectores estratégicos de la economía. Sin embargo, en el resto de la vida social se permite una libertad económica que puede ser muy amplia y que, de hecho, no molesta al ciudadano que decide permanecer en el ámbito privado y no osa intervenir en la esfera pública con comportamientos críticos de las autoridades.
V. La herencia política de Adenauer
Lo dicho hasta ahora nos permite obtener algunas conclusiones acerca de qué enseñanza podemos sacar de las ideas y praxis política de Konrad Adenauer que sean fructíferas en nuestros tiempos. Lo primero es, por supuesto, la necesidad de tener una adecuada idea del hombre a la hora de actuar en política. El error del nacionalsocialismo, del marxismo y del fascismo no fue simplemente político, ni mucho menos solo económico. Esas filosofías tienen una idea errada del ser humano y, por tanto, no nos puede extrañar la facilidad con la que han llevado a cabo políticas profundamente lesivas de su dignidad. Para el comisario de la prisión de la Gestapo en Brauweiler era evidente que ese hombre mayor y derrotado que llegaba a ocupar uno de sus calabozos iba a intentar quitarse la vida, porque en su mundo solo eran relevantes el dinero, la influencia y el poder, y Adenauer no tenía ninguno de esos bienes. Ciertamente ya no enfrentamos a esos totalitarismos, al menos no con la misma intensidad que en el pasado, pero muchas de las propuestas que hoy se disputan el corazón del hombre contemporáneo participan de parecidas deficiencias antropológicas.
No es trivial la forma en que se entienden el hombre y la sociedad, porque no hay una política que sea completamente neutra y las que pretenden serlo, porque les parece que la suya no es una visión comprehensiva de la vida, sufren de una lamentable miopía. Ya Gadamer describió hace muchas décadas ese particular prejuicio ilustrado que consiste en la creencia de que se carece de prejuicios. Detrás de toda política existe una cierta antropología. Esto, por cierto, no impide llegar a ciertos acuerdos prácticos con quienes piensan distinto, pero esas coincidencias inevitablemente tienen límites y no son suficientes para resolver todos los problemas que plantea la rica vida social. La alternativa, entonces, no está entre elegir entre unos partidos ideológicos que están abocados a lo que el historiador chileno Mario Góngora llamó “planificaciones globales” y otros que tienen un carácter puramente instrumental. El ejemplo alemán de la época de Adenauer muestra que caben partidos que tienen una fuerte densidad doctrinal, pero que al mismo tiempo presentan una flexibilidad política que es fruto de saber que no todo en política es una consecuencia derivada de modo necesario a partir de ciertos principios intransables.
También podemos aprender importantes lecciones en el campo de la cultura. Aquí la tarea de los intelectuales es, entonces, muy necesaria. En las últimas décadas asistimos a un fecundo proceso de renovación cultural en los círculos intelectuales que participan de las mismas ideas que inspiraron la vida de Konrad Adenauer. Con todo, a diferencia de entonces, cabe pensar que nos hallamos ante un déficit en el campo de los políticos que son capaces de encarnarlas. Detrás de un Adenauer hay toda una cultura y sin ella no tendremos figuras como la de ese destacado político que no solo levantó de las ruinas a Alemania, sino que pudo ser uno de los artífices de una Europa que, desde entonces, ha conocido un periodo de paz interno que es una auténtica excepción en su tormentosa historia.
Entre las enseñanzas que nos transmite Adenauer una muy importante es la de su actitud ante la vida y la sociedad: él no fue solo un político, sino que también poseía grandes destrezas prácticas como inventor y sentía pasión por la jardinería. En su tarea pública, sin embargo, cultivó esta segunda faceta, la de jardinero. Mientras el nacionalsocialismo y el comunismo habían representado, de manera paradigmática, el pensamiento emancipador que pretendía rehacer el mundo de nuevo, Adenauer buscó cultivarlo. En su casa de Rhöndorf, en las laderas de las colinas de Siebengebirge, cerca de Bonn, él cultivaba principalmente rosas, una flor que aparece de modo constante en la literatura, el arte y la teología de Occidente, como se ve en El nacimiento de Venus de Botticelli, y en los Sonetos de Shakespeare o de Sor Juana Inés de la Cruz. El Canciller tomó lo mejor de la tradición precedente y ayudó a que creciera nuevamente, enriquecida, en suelo alemán. Para eso debió remover las ruinas del terreno y promover una cultura distinta de la que había reinado en los años precedentes.
En su magnífico libro El odio del mundo. Totalitarismos y posmodernidad, la filósofa Chantal Delsol describe la tarea de un genuino político con la imagen del jardinero:
El jardinero que trabaja bajo mi ventana es un admirador del mundo. No imagina que pueda producir planta alguna. Él cultiva. En otras palabras, ayuda a hacer crecer lo que existe sin él. Él no crea, no fabrica: él cuida. De ahí la humildad. Se ve a sí mismo como una especie de administrador y, aun así, uno sumamente precario.
Se ve, entonces, que hay una estrecha relación entre esa humildad que, para Delsol es una característica esencial del jardinero, y la “estrategia de la humildad” con la que Kissinger caracterizó el proyecto político de Adenauer. No en vano, la palabra “humildad” hace referencia al humus (tierra), que en este caso está dada por aquella tradición cultural de Occidente que los totalitarismos pretendieron negar.
La relación de un político con la tradición de la que forma parte no siempre ha sido bien resuelta en la historia contemporánea. En 1973, unos años después de la muerte de Adenauer, el filósofo italiano Augusto Del Noce (1910-1989), un hombre que tuvo que sufrir el fascismo, escribió en Il Tempo una columna donde señalaba que era imposible que un gobierno tuviese una genuina autoridad si carecía del apoyo de una cultura. Ahora bien, la experiencia de la Democracia Cristiana italiana de su tiempo y de muchos gobiernos de tinte liberal-conservador era que, con frecuencia, veían su propia cultura como un lastre que les dificultaba alcanzar las mayorías electorales, ya que, aparentemente, ella resultaba molesta para la mayoría de sus ciudadanos. De este modo, cuando esos partidos llegan al poder, se dedican a administrar la cultura como si fuera un simple pasatiempo para la alta burguesía, que quiere gozar de conciertos, cine y exposiciones, sin mostrar la mínima preocupación por proponer (no imponer) a los ciudadanos un modo de concebir al hombre y la sociedad. Así, un gobierno que tiene una visión pobre de la cultura y no se preocupa de ella se limitará a ser un simple administrador, a la espera de ser reemplazado, ojalá más tarde que pronto, por un gobierno de signo contrario. El ejemplo de la Democracia Cristiana italiana, que ya entonces daba signos de estar en una crisis terminal, era elocuente. Para Del Noce, ese caso mostraba que la propia cultura no es un lastre, sino que sucede al revés: precisamente la falta de ella constituye una debilidad para cualquier proyecto político que quiera alcanzar la persistencia y consistencia de aquel que encabezó en Alemania Konrad Adenauer.
*Texto de la conferencia dictada en el “Seminario en conmemoración de los 150 años del natalicio de Konrad Adenauer Democracia en tiempos de polarización: La vigencia del legado de Konrad Adenauer”, organizado por la Fundación Konrad Adenauer, Santiago de Chile, 8.10.26.
