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«¿Cuánto costé?».

La pregunta no es un recurso literario ni una provocación retórica. Es la pregunta que Olivia Maurel se formula al reconstruir la historia de su origen. Maurel nació mediante gestación subrogada (GS) y escribe desde un lugar casi siempre ausente del debate público: la voz del hijo. Esa voz estructura ¿Dónde estás, mamá?, un libro que desplaza el foco desde el deseo adulto hacia las consecuencias que esa decisión tiene sobre quienes no consintieron el contrato y cargarán con sus efectos toda la vida.

Olivia Maurel es hoy una de las voces más influyentes del movimiento internacional por la abolición de la gestación subrogada y portavoz de la Declaración de Casablanca. Su libro no es un ensayo académico, sino un testimonio personal que desmonta el relato dominante que presenta esta práctica como un acto de amor, altruismo o progreso técnico inevitable. “¿Cuánto costé?”, insiste la autora. La interrogante apunta al núcleo del problema moral: cuando un ser humano puede tener precio —y, en la práctica, incluso cláusulas de reemplazo o retracto— algo esencial se ha perdido.

El eje del libro queda reforzado con el prólogo de Jorge Cardona, jurista y miembro del Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas entre los años 2010 y 2018. Cardona recuerda una distinción decisiva que el debate suele invertir: no son los adultos quienes tienen derecho a un hijo, sino los niños quienes tienen derecho a una familia. La pregunta, entonces, no es si el deseo adulto es comprensible o legítimo, sino si el derecho puede legitimar la producción deliberada de un niño como objeto de encargo. Este principio intenta explicar por qué el derecho internacional, desde la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, ha buscado cerrar jurídicamente los espacios al comercio infantil.

En materia de adopción, ello se traduce en reglas claras: gratuidad, prohibición de contraprestaciones y contratos privados, y la exigencia de la declaración de idoneidad de los adoptantes. Nadie tiene derecho a adoptar; solo el niño tiene derecho a ser adoptado. La adopción busca reparar una situación de abandono sin crearla. La gestación subrogada, en cambio, crea deliberadamente una separación originaria para satisfacer un proyecto parental adulto.

Desde ese marco, el testimonio de Maurel adquiere una fuerza particular. Criada en un entorno de privilegio material entre Francia y Estados Unidos, relata una infancia marcada por un vacío persistente: silencios sobre su origen y una historia que no terminaba de encajar. A los treinta años, una prueba de ADN confirmó lo que su intuición le decía: su nacimiento fue el resultado de un contrato.

Uno de los aspectos más duros del libro es la descripción de la separación fundacional entre el recién nacido y la mujer que lo gestó. Para Maurel, esa ruptura no es inocua: «Se separa deliberadamente a un niño de la mujer que lo ha gestado. Esa separación no es neutral. No es inofensiva. Deja una huella». Desde allí cuestiona con fuerza la distinción entre gestación subrogada “altruista” y “comercial”, que considera una falsa dicotomía: «Ya sea comercial o supuestamente ‘altruista’, el resultado es el mismo: se separa deliberadamente a un niño de la mujer que lo ha gestado».

El libro avanza hacia una crítica estructural de la gestación subrogada como industria y mercado global en expansión. Catálogos de donantes, selección de rasgos, control médico intrusivo sobre el cuerpo de la gestante revelan una lógica de cosificación difícil de disimular. El niño aparece, en los hechos, como un producto sometido a estándares de transacción. “¿Cuánto costé?”, vuelve a preguntar Maurel. La pregunta apunta al corazón del problema moral.

El libro cuestiona con particular fuerza la noción de consentimiento en la gestación subrogada. Para Maurel, un consentimiento que no admite retractación carece de validez. «El consentimiento es tal si puede revocarse. Ahora bien, en la GS, la madre de alquiler nunca tiene la posibilidad de retractarse». A esto se añade la exigencia de programar la ruptura del vínculo materno-filial, ignorando deliberadamente la evidencia biológica y psicológica sobre el apego temprano. De allí una de las preguntas sugestivas del libro: «¿No es increíble que las crías de animales estén mejor protegidas que los bebés humanos? ¿No es el mundo al revés?».

Este punto conecta el testimonio de Maurel con el marco internacional más reciente. El informe de la relatora especial de Naciones Unidas sobre violencia contra las mujeres y niñas, Reem Alsalem, advierte que la gestación subrogada —incluso en su versión llamada altruista— está atravesada por explotación, mercantilización y violencia estructural. Desde el derecho internacional de los derechos humanos, subraya además que no existe un “derecho a tener hijos”, mientras que los derechos de los niños y la protección de las mujeres sí cuentan con reconocimiento expreso.

¿Dónde estás, mamá? devuelve al centro del debate una voz sistemáticamente olvidada: la del hijo. No es casual que esta interpelación resuene hoy en Chile. Esta semana, la Comisión de Familia de la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad (9-0) la idea de legislar para prohibir la gestación subrogada. En un Congreso habitualmente fragmentado, este acuerdo transversal expresa algo más que una coincidencia legislativa: la convicción compartida de que existen prácticas que, aun envueltas en discursos de libertad, autonomía o mercado, cruzan límites éticos que una sociedad no debiera normalizar.

En suma, el libro aporta argumentos decisivos para comprender que el problema de la gestación subrogada no es regulatorio, sino estructural: una práctica de suyo abusiva que instrumentaliza tanto a la mujer gestante como al niño, sometiéndolos a una lógica transaccional. Al convertir el origen humano en objeto de encargo, presenta rasgos que el derecho internacional ha vinculado a formas contemporáneas de esclavitud. Por eso, la voz del hijo conduce a una conclusión clara: no se trata de regular, sino de abolir.

Académica Facultad de Enfermería y Obstetricia Universidad de los Andes

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