En un anterior ensayo reflexionamos acerca de la importancia que cumplen los padres de familia en el discernimiento de la vocación de sus hijos adolescentes, concretamente en el aspecto que concierne a la ocupación originaria, conforme a la cual la persona mejora su entorno social a través de sus talentos individuales. En efecto, la dimensión esencial de este llamado vocacional no reside exclusivamente en la ocupación de la persona, sino en la manera única en que ella es capaz de transformar el mundo en un espacio cada vez más hospitalario y humano. Ciertamente la ocupación es un modo específico en que el ser humano mejora el mundo de otros a través de su propia creatividad personal. Sin embargo, para que ésta se convierta en una verdadera vocación de servicio, hace falta que todos sus esfuerzos se dirijan al bien de las personas para quienes trabaja, incluso más allá de su propio beneficio y bienestar personal.

Para introducirnos a este tema, reflexionaremos, brevemente, acerca de qué significa la juventud para comprender la situación compleja en que se encuentra el joven de estos tiempos. Pues bien, todos quienes fuimos jóvenes sabemos que la juventud es la edad en la cual aspiramos cambiar y mejorar el mundo, pero también conocemos que corresponde al momento de mayor indefinición en la vida, en el que todavía no configuramos nuestra verdadera identidad, ya que estamos abiertos a muchos mundos posibles, sin que ninguno de ellos haya fraguado realmente en nosotros. Debido a que todos en nosotros es promesa y futuro, en esta etapa soñamos con grandes ideales, sentimos esa vitalidad que nos ayuda a perseguir esos proyectos  con fuerza y queremos hacer de nuestras vidas un acontecimiento valioso, que imprima una huella en los demás. Evidentemente, eso no significa que cuando llegamos a ser adultos desaparece dicho entusiasmo, más bien, quiere decir que éste aparece con efervescencia en la juventud, con el fin de alentarnos en el cumplimiento de esos proyectos, mientras maduramos y tomamos más conciencia de las dificultades de la vida. Pero, precisamente, es la memoria de ese primer fervor juvenil la que nos permite renovar en la madurez ese entusiasmo por dotar a nuestras vidas de un valioso significado. 

Es esperable entonces que el joven de hoy se ilusione por alcanzar proyectos valiosos que mejoren de raíz tanto su vida personal, como también, la vida de toda una comunidad. Lamentablemente, las exigencias de estos tiempos modernos han debilitado en él la ilusión de perseguir grandes ideales, dado que debe prepararse desde temprana edad a una vida volcada hacia la competencia, cuya meta reside en asegurarse en el futuro una carrera profesional prometedora. Si bien generaciones más antiguas de jóvenes tuvieron que lidiar con la carga de este estilo de vida centrada en el rendimiento, la angustia que pudieron haber experimentado ellos no se compara con la que vive el joven de estos tiempos, ya que el costo de la vida se ha incrementado de manera significativa, lo cual lo incita a competir con mayor insistencia que antaño. Esta presión persistente por correr tras el éxito profesional y económico no sólo amaina su espíritu jovial, sino que además le roba el tiempo para examinar dentro de sí mismo los ideales que lo inspiran y el modo cómo desea vivir personalmente cada uno de ellos. Y ese afán competitivo exacerbado repercute también de modo negativo en su trabajo, ya que suele valorarlo en la medida en que le reporta beneficios materiales y reconocimientos a corto plazo, pero estas motivaciones extrínsecas no bastan para que permanezca entusiasta en su ocupación, en especial en los momentos de mayor crisis. Para ello necesita cultivar una motivación más alta, que dé razón de sus esfuerzos, pero principalmente para que resurja en él la satisfacción interior de ayudar a otras personas a través de sus talentos.

¿Cuál es la razón cultural principal, por la cual el joven de estos tiempos ha perdido la ilusión de transformar su ocupación en una verdadera vocación de servicio? ¿Cómo afecta al desarrollo de un país entero, el que este joven quiera innovar, sin examinar anticipadamente de qué modo este emprendimiento contribuye al bien de la demás personas y mejora considerablemente, sus vidas?

Todas estas preguntas nos exigen examinar, brevemente, el pensamiento filosófico principal en el cual se fundamenta los cimientos de nuestra cultura moderna, ya que en él encontramos la clave para comprender el modo cómo interpreta este joven el mundo en general, esto es, cómo concibe las relaciones humanas y cómo interpreta el sentido del trabajo humano. En efecto, nuestro mundo moderno y globalizado encuentra sus raíces más profundas en un tipo de pensamiento de origen inglés, llamado, utilitarismo, cuyo principio filosófico principal reside en identificar la felicidad del individuo en el incremento de su bienestar, tanto material, como también psicológico. En ocasiones, esta filosofía admite una preocupación por los placeres espirituales, no obstante, en la práctica se centra particularmente en los dos anteriores. Hasta aquí alguien puede pensar, con justa razón, que este pensamiento se asemeja bastante al hedonismo individualista que emerge del epicureísmo griego, una escuela filosófica, que surgió alrededor del año 307 a.C. Sin embargo, aunque ambas filosofías destacan la importancia del placer para vivir bien, el utilitarismo no promueve solamente el bienestar del individuo, más bien su preocupación central reside en procurar maximizar el bienestar para el mayor número de individuos. Y para incrementar el bienestar de la mayoría, se requiere elegir de acuerdo con un principio de utilidad, criterio que permite discernir si una acción es favorable o no. Y una acción es beneficiosa en la medida en que su posibilidad de aumentar el bienestar de la mayoría supera a todas sus posibilidades de disminuirlo.

Así, el utilitarismo promueve una ética basada en un cálculo, que pretende asegurar el mayor bienestar para el mayor número de individuos, lo cual conlleva la consecuencia implícita de que una minoría quedará excluida de esta tómbola de la buena suerte. Pero, por supuesto, esta última parte el utilitarismo no lo menciona, ni se hace cargo de esta insuficiencia, porque de hacerlo tendría que reparar en el mismo presupuesto en el que descansa su noción de felicidad. Y este pensamiento se nutre de una concepción paupérrima de la felicidad humana, porque la reduce a un bien cuantificable, numérico, susceptible de ser sometida a un mezquino cálculo.

Si intentamos aplicar esta filosofía en nuestra manera de trabajar, comprenderemos que no hay nada de negativo que seleccionemos un tipo de trabajo en base a un principio de utilidad, es decir, que lo elijamos según nuestras preferencias y posibilidades. El problema radica cuando nuestra postura frente al trabajo no trasciende más allá de este criterio pragmático y nos limitamos a hacer lo que nos exige la norma, seleccionamos la acciones que más se ajustan a nuestros intereses inmediatos, decidimos no estar tan dispuestos a escuchar a las personas que requieren de nuestra ayuda, porque carecemos de ese entusiasmo necesario para trabajar movidos por una vocación de servicio. En realidad lo más grave de esta filosofía utilitarista consiste en alimentar en nosotros la idea de que debemos volcarnos únicamente hacia las realidades que nos reporta una utilidad, en especial las que conllevan un beneficio de carácter económico, y en asesinar en nuestra alma  el amor por las  realidades nobles, que muchos consideran como “inútiles”, pues no nos reportan beneficios materiales, sin embargo, nos ensanchan el espíritu para comprender el sentido de los acontecimientos y el alma de otras personas, nos impulsan a la creatividad y nos permiten dilucidar el propósito de todo cuanto hacemos y por el cual realmente trabajamos. La amistad, por ejemplo, pertenece a ese tipo de realidades nobles, de la cual hablaremos un poco más adelante.

Pues bien, a partir de lo mencionado anteriormente, podemos vislumbrar de qué modo repercute el utilitarismo en la mente del joven, pero antes de abordar esta problemática, intentaremos explicar por qué esta corriente ha influenciado fuertemente toda nuestra cultura moderna.

El utilitarismo descansa en una verdad que concierne a la estructura básica de nuestro comportamiento psicológico, conforme al cual disponemos de una tendencia natural a perseguir las emociones y sentimientos que nos causan placer y a rehuir de las pasiones que nos producen dolor y malestar. El problema estriba en que esta filosofía intenta reducir todas las motivaciones de nuestra conducta a esta tendencia natural de perseguir el placer y huir del dolor, sin considerar de manera rigurosa el papel decisivo que juega la libertad en la adquisición de virtudes. Precisamente las virtudes corresponden a la adquisición de hábitos buenos que nos disponen a elegir el bien en toda circunstancia, con independencia de que ésta nos reporte placer o dolor. Esto último lo podemos apreciar muy bien en el caso de la persona valiente, quien es capaz de elegir el bien en  circunstancias difíciles y que a pesar de que esta elección le puede causar miedo y gran malestar, decide optar por la acción más justa y conveniente en esa situación ¡Cuántas veces hemos sido esa persona valiente, sin que reparemos lo suficiente en la capacidad que tenemos  de elegir  el bien en situaciones estresantes, como puede ser, tal vez, escuchar con toda nuestra atención a un cliente en un contexto laboral, en el que se nos exige máxima eficiencia y mucha prisa, pero pese a esas condiciones elegimos hacerlo sin dudar, aunque eso pueda significar que nos llamen la atención y produzca malestar en los demás clientes que esperan ser atendidos. Esta actitud valiente podría considerarse como el antídoto en contra de esos ambientes laborales, cuya atmósfera se caracteriza por una cierta deshumanización, al priorizar el rendimiento y los aspectos cuantitativos del trabajo por sobre las necesidades de los propios clientes.

Pese a la indigencia filosófica que conlleva el utilitarismo, tendemos a interpretar la realidad entera, incluyendo el trabajo y las relaciones humanas, en términos de beneficio y de utilidad. La dificultad que tenemos hoy para encontrar a ese amigo honesto, es decir, de encontrar a esa persona que no sólo disfruta nuestra compañía, sino que además considera nuestra felicidad como la suya propia, es un signo claro de que nuestras relaciones se han debilitado a causa de esta mentalidad utilitarista. Hemos reducido la amistad a un vínculo que a lo sumo nos sirve para aniquilar el tiempo, en esos días que no estamos consumiendo o trabajando, como un modo de evadirnos, sin que apenas conozcamos lo que significa la auténtica amistad, a través de la cual descubrimos el verdadero sentido de la vida y la forma más perfecta para aprender a ser felices. Esta carencia de la amistad verdadera es una situación que vivimos todos de algún modo, no obstante, ha afectado de un modo más incisivo al joven, pues ha recibido un mundo habituado a las redes sociales, las cuales incentivan relaciones cada vez más anónimas, despersonalizadas y que además roban el tiempo para los encuentros presenciales, sin los cuales es imposible tejer verdaderas amistades. En efecto, para construir verdaderas amistades es necesario experimentar el mismo júbilo del zorro, el personaje importante de la novela El Principito, quien le enseña al mismo, Principito, cómo se nutre la amistad auténtica. Y uno de esos requisitos consiste en ilusionarse con la visita próxima del amigo, pues la sola anticipación de esa alegría educa el corazón y los sentidos para estar en la presencia del amigo, con toda la atención puesta en su persona. Precisamente, las redes sociales han provocado de modo especial en el joven la sensación de que los encuentros cara a cara con los demás no son cruciales, razón por la cual tiende a forjar vínculos superficiales con los demás y a que padezca de una soledad silenciosa y dañina, que no sabe cómo enfrentar, ni explicar su raíz y que lo obliga a depender muchas veces de un terapeuta. A estos especialistas se les exige ahora sanar el corazón enfermo y apático de un joven acostumbrado a esta soledad antinatural, impuesta desde afuera desde que llegó a este mundo. 

Evidentemente esta pobreza en nuestras relaciones humanas repercute de modo perjudicial en el ámbito laboral, porque para practicar la justicia y actuar con dedicación en el trabajo necesitamos como seres humanos vivir previamente la experiencia de la amistad, de ese amor en el que consideramos que otra persona es un otro yo, o la mitad de nuestra alma. Sin esa experiencia jubilosa de la amistad, corremos el peligro de que nos corrompamos por dentro y que nos inclinemos a buscar en todo lo que hacemos sólo nuestras ventajas y propios intereses. Ahora bien, esto explica por qué el joven quiere trabajar solo, emprender solo, ser un youtuber, un oficio que puede impulsar su espíritu innovador, pero le priva de la experiencia de trabajar cuerpo a cuerpo con otros y de aprender a empatizar con los problemas reales de las personas de carne y hueso. Podrá sin duda enseñar conocimientos, recibir todos los likes que quiera, sin embargo, toda esa labor si no va reforzada por encuentros presenciales, corre el peligro de trabajar para todos y para nadie, sin compromiso alguno más que querer que sus seguidores lo sigan, lo aplaudan para mantenerse vigente en la plataforma.

Por otra parte, la economía actual está fuertemente inspirada en este principio de utilidad, en el que se asienta este pensamiento y es debido a ello que los mercados económicos vigentes les interesan mucho estudiar nuestros patrones psicológicos más relevantes para atraernos a consumir productos, que en muchas ocasiones satisfacen nuestras verdaderas necesidades. Pese a eso, no podemos desconocer que las tecnologías actuales, La Web y los nuevos  sistemas de inteligencia artificial, a través de los más sofisticados algoritmos, vigilan nuestras emociones y nos estimulan a consumir en tiempo real objetos que no deseamos genuinamente, más bien porque estas nuevas  herramientas tienden a generar en nosotros una adicción y una dependencia por experimentar continuamente sensaciones placenteras, las que incluyen tanto consumir de manera ávida objetos materiales de todo tipo, como también, optar a una vida con mayores oportunidades de entretenimiento.

Esta vida entretenida puede darnos la impresión de que llevamos una vida sumamente interesante, pero en el fondo es un mecanismo que nos sirve para evadirnos de la realidad y tapar el vacío que mora en nuestra interior. También estas ansias de entretención, nos causa aburrimiento y al experimentar este hastío, nos volcamos nuevamente a esta actitud pasiva de husmear en internet otras formas de entretenimiento. De este modo, como afirma, el filósofo, Alexandre Lacroix, en su libro, Cómo no ser esclavo del sistema, “La tecnología en su conjunto puede describirse como una estructura de apoyo para el despliegue de la ética utilitarista”, dado que  con sólo hacer un clic  en la pantalla  de nuestro computador, disponemos de todo un universo de realidades virtuales, que prometen regalarnos la ilusión de un continuo y prolongado bienestar, entre ellas, ofertas magníficas para viajar a los países más exóticos del planeta; circunstancia con la cual no contábamos hace menos de treinta años. Estas ansias de estar siempre entretenidos fomentan en toda una personalidad pasiva y narcisa, pues esperamos que la felicidad dependa de las cosas, del hecho de poder consumirlas y de la lista de panoramas que disponemos, sin esperar de nosotros mismos y de las capacidades internas que disponemos para dotar a la vida de pleno significado, inclusive en las peores circunstancias.      

A pesar de que la noción de felicidad que propone el utilitarismo nos atrae intensamente, ella está lejos de proporcionarnos una idea de felicidad verdaderamente auténtica. En primer lugar, todos sabemos por experiencia que la realidad siempre nos desafía a vivir circunstancias difíciles y algunas veces nos expone a situaciones extremadamente adversas, que no nos permiten bajo ningún punto de vista realizar el cálculo feliz de los utilitaristas, porque éstas conllevan un sufrimiento ineludible, ante el cual sólo cabe asumir con el tiempo una actitud resiliente. Por otra parte, todos en algún momento hemos testimoniado que la felicidad nos visita cuando menos atentos estamos a ella y, a su vez, cuando más nos enfocamos en realizar bien una tarea que nos satisface interiormente.

Mi experiencia como profesora de filosofía en colegio y universidades me enseñó, precisamente, esta paradoja que encierra la felicidad y que en mi caso, lo constataba en el hecho de que mi alegría por esta profesión aumentaba cuando menos me importaban los reconocimientos como profesora y, por el contrario, más me interesaba en que mis alumnos aprendieran a pensar con fundamentos y con sentido crítico, aun cuando esa labor me obligara invertir más  tiempo en quienes tenían mayores dificultades y esa dedicación pudiera disgustar a los más talentosos del curso. En todo caso, todo este proceso que acabo de relatar fue algo que aprendí a lo largo del tiempo y con dolor, sin que nadie me lo enseñara directamente, sin embargo, cuando advertí que mi inquietud por convencer a todos mis estudiantes disminuía, más aumentaba mi gozo por mi profesión y más libre practicaba la docencia. En realidad, este secreto de la felicidad palpita en cualquier ocupación que elijamos comprometernos, siempre cuando ella esté en consonancia con nuestros talentos y siempre cuando queramos practicarla con una actitud abierta a lo inesperado, a lo que no podemos predecir ni calcular, pero posibilita que en nosotros resurja una alegría sin precedente, superior incluso a la satisfacción que experimentamos cuando triunfamos y recibimos los aplausos de los demás. 

Ahora bien, adoptar esta actitud descentrada de nuestro yo nos parece extraña a nuestros tiempos, ya que estamos inmerso en una cultura que nos enseña erróneamente a buscar la felicidad de modo egocéntrico, de un modo semejante a, Narciso, ese joven de la mitología griega, que, tras haberse enamorado de su propia imagen reflejada en un estanque, termina arrojándose al agua y ahogándose. Esta búsqueda narcisa de la felicidad explica por qué el joven tiende a carecer de ese entusiasmo necesario para trabajar movido por una vocación de servicio. Para experimentar dicho entusiasmo se necesita que él viva en una atmósfera de seres humanos interesados prioritariamente en mejorar la realidad de otros seres humanos y a consecuencia de esa actitud descentrada de su yo reciban por añadidura el éxito y el prestigio. No obstante, él se ha formado en un ambiente competitivo que le incentiva prioritariamente a ser el primero en todo, a alcanzar lo antes posible el éxito profesional para asegurarse la posesión de abundantes objetos, a fin de tener una vida entretenida, cómoda, que los sature, hasta tal punto que no pueda rozar siquiera cualquier sentimiento que hable de su hastío y aburrimiento. Y, a su vez, carece de verdaderos guías que lo orienten a encauzar sus talentos al servicio generoso de otras personas porque muchos adultos, entre ellos padres de familia, padecen de este mismo narcisismo espiritual.

El problema de fondo reside en que la presión por alcanzar el éxito y el prestigio como meta fundamental redunda en que este joven, durante su etapa de formación, queda privado de la experiencia gratificante que vive la persona cuando se trasciende a sí misma y adopta una postura libre, sin estar presa y ahogada por sus apetitos tanto de cosas materiales, como también de su deseo de vanagloria. Precisamente, el cultivo de esa  libertad interior resulta indispensable para motivarlo a trabajar por un ideal y a rechazar de antemano toda acción que conlleve algún tipo de corrupción e injusticia, o que privilegie el interés de algunos en desmedro del bien de  otros.

Esta actitud narcisista del joven se irradia tanto en sus relaciones personales, como también en sus relaciones laborales. En el campo laboral él tiende a querer emprender rápidamente, sin conocer detenidamente las dificultades que implica crear una empresa y sin tampoco hacerse la pregunta esencial que toda persona debe interrogarse, antes de crear un negocio y que apunta a conocer su verdadero propósito. Esta pregunta se puede formular de la siguiente manera: ¿El verdadero propósito de mi emprendimiento es, sinceramente, mejorar la vida de otras personas y realmente comprometerme con querer el crecimiento y perfección de todas ellas, en cuanto seres humanos, o en realidad no trasciende más allá de mi deseo de ganar dinero y de mis ansias de buscar reconocimiento, por el mero hecho de innovar? Creo que cualquier economista serio estaría de acuerdo conmigo en pensar que, si un emprendedor no sabe responder a esta pregunta, con honestidad, probablemente su negocio no prosperará con el paso del tiempo, ya que carece de un verdadero fundamento. También este interrogante puede prevenir al joven emprendedor de que el fin no justifica los medios, es decir, no porque un negocio produzca grandes ganancias y dé empleo a muchas personas, es válido e innovador de suyo, pues podría tratarse de un proyecto sumamente nocivo para una sociedad y para un país entero. Sin duda, las redes de narcotráfico se han fortalecido en casi todos los países sudamericanos, gracias a esta mentalidad utilitarista, que subyace en estas nuevas sociedades modernas.

A mi entender, el único antídoto eficaz contra este narcisismo, que nos carcome por dentro como sociedad y que afecta con mayor gravedad al joven, pues se está formando en la escuela de la vida, es comenzar a formar a nuestros hijos desde temprana edad en la pedagogía del amor. Esta pedagogía no sólo los prepara para madurar en sus relaciones interpersonales, sino que además los educa para enfrentar los retos de la vida profesional, en especial los motiva desde adentro a trabajar por un propósito que los eleve, por una parte, por encima de sus apetitos de cosas materiales y de su ego narciso y, por otra, los anime a querer la felicidad de otras personas.

El poeta y místico español, San Juan de la Cruz, sin saber cómo sería nuestra época, escribió varios poemas que puede interpelarnos y ayudarnos en la manera de elaborar esta pedagogía del amor. Para muchos él fue un religioso asceta que rechazó los placeres, sin embargo, él propuso todo lo contrario, ya que nos animó a amar amores altos, que colman de una mejor manera nuestra sed de felicidad y, a su vez, tienen la virtud de darnos un soporte afectivo para renunciar a amores más débiles y fugaces, sin que sucumbamos a sentimientos de angustia y de tristeza. Para él amar la naturaleza, como él mismo expresa poéticamente, esto es, “contemplar los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada”, ensancha nuestra capacidad para alegrarnos y nos ayuda a compartir la vida con los demás de un modo más humano, ya que ese tipo de alegría nos cura de ansiedades y de la preocupación de tener que rendir en un mundo anclado en la competitividad. Ahora bien, para saber apreciar la belleza de la naturaleza y la bondad de nuestra existencia, tenemos que evitar todo narcisismo, que infla nuestro ego de una falsa autosuficiencia y nos impide amar a los otros en su propia singularidad. Así lo expresa, San Juan de la Cruz: 

              “Para venir a gustarlo todo,

            no quieras tener gusto en nada.

              Para venir a poseerlo todo,

            no quieras poseer algo en nada,

            Para venir a serlo todo,

            no quieras ser algo en nada

            Para venir a saberlo todo.

            no quieras saber algo en nada”.

San Juan de la Cruz, menciona cuatro verbos. Gustar, poseer, ser, y saber. Para cultivar una auténtica alegría en la vida y para afrontar con menos frustración las adversidades, nos aconseja el poeta que debemos gustar de todos los bienes que nos ofrece este mundo, debemos aspirar a poseer conocimientos y saberes, pero sin apegos y ataduras, con el fin de evitar que dispongamos de estos bienes con un afán de dominio y de querer someter a los demás a nuestros intereses egoístas. También tenemos que anhelar ser la persona que genuinamente somos, conocer con responsabilidad cada uno de nuestros talentos, sabiendo de antemano que esas habilidades no están destinadas para que presumamos de nosotros mismos, más bien están destinadas a mejorar el mundo de las demás personas. Por ejemplo, el joven que goza de un talento para  la investigación médica  su  entusiasmo como científico crecerá, sin duda, en la medida en que el propósito de su investigación consista, principalmente, en curar alguna enfermedad, con independencia de si este estudio se conforme inmediatamente a los cánones de las revistas científicas más destacadas, porque lo verdaderamente relevante de su quehacer no radica en publicar para alcanzar el prestigio entre sus pares, aunque lo necesite como medio en su carrera de investigador, sino más bien solucionar un problema de salud real en la población.  

¿Cómo educar al joven de estos tiempos en la concepción ética que nos propone el poeta? No se trata de enseñarle a que renuncie al bienestar económico, al éxito y al reconocimiento profesional, más bien que aprenda a buscarlos como medios y no como meta de sus acciones, a fin de fortalecerlo contra la frustración que causa el que estos bienes no lleguen fácilmente, pero por encima de todo para que experimente esa alegría duradera, que surge cuando alguien mejora considerablemente la vida de otras personas mediante sus talentos.

Este es precisamente el mensaje que nos transmite la película, En busca de la felicidad, cuya historia está basada en la vida real de un hombre, que gracias a que decidió posponer su deseo de éxito económico para dedicarse al cultivo de ideales más altos, como la humildad, la paciencia, el amor a su familia, logró superar las adversidades y conquistar una vida lograda. La película, aunque no se desmarca del todo de esta filosofía utilitarista, es un material que puede ayudar a educar al joven en la pedagogía del amor, salvo en la parte final, en la que se anuncia que el protagonista se convertirá en el futuro en alguien millonario. A pesar de que ella se ciñe a un hecho real, creo que su material sería más educativo si omitiera ese final, ya que así evita que el joven piense que el valor del emprendimiento está asociado esencialmente a los resultados económicos que éste le reporta y, a su vez, evita que se desconcentre del verdadero propósito de su innovación, que es, justamente, permitir que otras personas desarrollen una vida propiamente humana. Sin embargo, a pesar de esa deficiencia que contiene la película, a través de su historia aprendemos que la felicidad es más bien una consecuencia y un fruto de una vida centrada en la adquisición de virtudes. A través de una temática simple, se nos enseña que este hombre, padre de familia, hace el bien sin ningún cálculo y a pesar de esa mentalidad arriesgada, pero a la vez confiada, nos demuestra que dar felicidad a los demás no disminuye la propia, más bien al contrario, tanto los demás como nosotros vivenciamos una felicidad más fecunda.

¡Cuánta esperanza tendremos como sociedad si invertimos tiempo en educar el alma del joven en esta pedagogía del amor, en esta verdad de enseñarle siempre a aspirar amores altos y duraderos! Sin duda, esta pedagogía le permitirá a este joven emprendedor crear negocios enraizados en propósitos sólidos y verdaderos y, a su vez, lo alentará a no desanimarse cuando se presentan obstáculos en el camino.

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