La filosofía griega hunde sus raíces en la máxima escrita en el oráculo de Delfos, templo consagrado al dios Apolo, que dice: “Conócete a ti mismo”. Para Sócrates este aforismo tuvo una importancia capital no sólo para su pensamiento estrictamente filosófico, sino que tuvo también una honda repercusión en su propia vida, en especial en el momento que debió enfrentarse a una sentencia de muerte injusta. En efecto, este consejo estaba dirigido a Sócrates, pero además para todos a quienes andaban en busca de una verdad, capaz de orientarlos hacia su plena felicidad. En otras palabras, para los sabios griegos ningún ser humano podía orientarse a su plenitud, sin antes abocarse a la tarea del autoconocimiento, cuyo fin no era someterse a una interminable introspección psicológica, más bien apuntaba al hecho de que la persona examinara su conducta ética y escrutara el tipo de decisiones, que emergen del fondo de sí misma. Ahora bien, esta forma de autoconocimiento tampoco implicaba que el sujeto tuviese que evaluar si sus elecciones se conformaban a una norma abstracta, sino que debía evaluar si éstas lo ayudaban y lo endilgaban hacia un camino auténtico o hacia una forma de vida con un propósito valioso, capaz de entusiasmarlo y de conducirlo hacia lo mejor y más divino de sí mismo.
Platón, nos cuenta en sus diálogos, que Sócrates, escuchó y quiso permanecer fiel a su daimón, concepto griego que designaba el destino que cada ser humano recibía de la divinidad, pero en el caso de, Sócrates, este daimón era también una voz interna, que le señalaba el modo de no ser infiel a su doble vocación de filósofo y de educador de los jóvenes. De hecho, en su vida y en su pensamiento logró conjugar ambas vocaciones porque al filosofar buscaba que los jóvenes aprendieran a argumentar, pero también, le interesaba que aquellos examinaran en su interior lo más verdadero de ellos mismos.
Un dato interesante, que debemos considerar, es precisamente el hecho de que Sócrates escogió a los jóvenes y no a los hombres más maduros para filosofar. La razón de esta elección descansa en que él comprendió, de antemano, que en esa edad la persona se encuentra en el momento oportuno para filosofar, ya que ella todavía se asombra como los niños, pero a la vez, comienza a surgir dentro de sí misma una viva inquietud de verdad, referida, especialmente, al propósito y sentido de su propia vida.
Ciertamente, el legado de la cultura griega nos puede ayudar a mirarnos a nosotros mismos, como sociedad, y sugerirnos preguntas, tales como, ¿Juzgamos que nuestros jóvenes, de hoy, se mueven desde adentro por proyectos valiosos y son además capaces de llevarlos a cabo en sus vidas, de un modo creativo y original? ¿Consideramos que estos proyectos corresponden a los distintos caminos, a través de los cuales, estos jóvenes puedan dar cumplimiento a una vocación personal? Es importante aclarar que la palabra vocación no significa únicamente, como muchos piensan, un llamado a participar de una vida sacerdotal o consagrada, sino que alude a un llamado que mueve a la persona desde adentro a adoptar un modo de vida y una postura frente al mundo. Pues bien, una vez que hemos comprendido el significado de la palabra vocación, es importante que nos preguntemos, ¿Podemos edificar un verdadero futuro para Chile si es que pensamos que nuestros jóvenes, en realidad, carecen de un destino y de una vocación valiosa, por el cual vivir y luchar?
Examinar estas interrogantes tiene un carácter apremiante, ya que nosotros como sociedad, hace bastante tiempo, no queremos hablar, ni oír de la palabra destino, ni menos de la palabra vocación. Pese a tal situación, quienes conviven de cerca con los adolescentes, no pueden desconocer que ellos necesitan orientación, requieren imperiosamente que alguien los escuche para descubrir el misterio inédito que hay en cada uno de ellos. Ese misterio es algo absolutamente personal y se encuentra próximo al concepto griego de daimón, en el sentido que el adolescente anhela ardientemente vivir por un ideal, porque está de algún modo inscrito en su interioridad, no obstante, necesita que alguien, con sabiduría, lo anime a desvelar el modo cómo elegirá singularmente llevarlo a cabo.
A mi juicio, los jóvenes chilenos hace bastante tiempo experimentan una crisis de vocación, que suele ser desapercibida por su entorno social más cercano, principalmente, porque las familias, en Chile, han perdido gradualmente su fuerza para convertirse en un verdadero hogar. Muchos adolescentes no encuentran en sus familias un espacio hospitalario, que les permita comunicar con confianza la novedad de ser que brota en sus corazones. Precisamente, para que dicha novedad de ser salga a la luz y se manifieste en el mundo, es necesario que alguien repare en la riqueza que potencialmente anida en la intimidad de estos jóvenes. No obstante, la falta de hospitalidad en muchos hogares explica la razón por la cual muchos adolescentes se sienten desorientados y carentes de entusiasmo por llevar una vida auténtica.
Esta crisis vocacional en los jóvenes tiene múltiples causas, sin embargo, me detendré en sólo dos de ellas. La primera es de origen familiar y la segunda es de orden laboral. Con respecto a la primera, ya me he referido al hecho que la familia chilena sufre una inmensa dificultad para constituirse en un verdadero hogar. Los adolescentes no se sienten recibidos en sus casas porque habitualmente los dos padres están afuera para ganarse la vida o si están presente su actitud no es de acogida, ya que constantemente la cultura consumista, que hoy impera, los presiona fuertemente para producir y les roba el tiempo y la serenidad necesaria, para escuchar con alegría lo que acontece en el interior de estos jóvenes. En realidad, la carencia de sosiego interior, que conlleva el consumismo de la vida moderna en tantas personas, es la razón principal por la cual los padres de familias no puedan ejercer en plenitud su vocación a la paternidad, pues no tienen la disposición necesaria para orientar a sus hijos en el ejercicio de su libertad, ni para guiarlos hacia el conocimiento de sus talentos y de sus pasiones individuales. Ahora bien, cuando llega el tiempo en que estos jóvenes necesitan escoger una carrera, habitualmente, tantos los padres, como también los colegios, suelen incentivarlos a escoger profesiones, que distan muchas veces de sus talentos y de sus deseos más íntimos. Les aconsejan que se decidan por carreras tradicionales, opciones que son buenas, evidentemente, para algunos de ellos, pero no siempre son las mejores, ni las más convenientes para aquellos adolescentes con aptitudes e inclinaciones artísticas o para quienes quieren dedicarse a ocupaciones, que no son las más solicitadas por la mayoría, como es el caso, de aquéllos que sienten atraídos por carreras intelectuales, como a la filosofía. Y así surge la segunda razón de esta crisis vocacional. Muchos de ellos eligen carreras de prestigio para encontrar mejores oportunidades laborales y mejores ingresos económicos, lo que es bastante comprensible desde el punto de vista de las exigencias materiales, que impone la vida humana. No obstante, fácilmente podemos constatar que se trata de un criterio insuficiente para permitir que el joven desarrolle en su futura vida profesional sus verdaderos talentos, sus aficiones más personales y se sienta motivado desde dentro a desarrollar un trabajo creativo, que logre expresar genuinamente su carácter y especial modo de ser.
Con seguridad, el trabajo no significará para ese joven una actividad felicitaria, término que el filósofo español, Julián Marías, profundizó bastante en su pensamiento y que alude a un tipo de ocupación, cuyo ejercicio en sí mismo causa en la persona un profundo gozo, no en razón de los resultados que de ella proceden, sino porque gracias a dicha ocupación, la persona logra desarrollar lo más original e inédito de ella misma. Y en virtud de que la profesión para este joven no será en el futuro una actividad felicitaria, su trabajo será para él un aburrido deber, que deberá realizar a la fuerza para ganarse la vida, pero, además le privará progresivamente de una sana libertad e ilusión por la vida misma. Pese a lo anterior, nadie se atreve a confesar, en realidad, el drama que implica para la vida de la persona y lo negativo que es para toda una sociedad, el hecho que existan cada vez más jóvenes con carreras que no guardan relación alguna con su talante personal. Verdaderamente, no hace falta que desarrollemos una especial astucia para constatar la evidencia de que Chile no se encaminará hacia un verdadero desarrollo, si es que seguimos permitiendo que nuestros jóvenes ejerzan la profesión de manera inauténtica, exenta de una motivación personal, que los inspire a dar lo mejor de sí mismos.
Un recuerdo vivo, que guardo de mis años como profesora universitaria, fue precisamente constatar, lamentablemente, que varios estudiantes escogían profesiones por razones que no eran personales, sino que obedecían a motivos abstractos, buenos en sí mismos, pero que no se ajustaban a los reales deseos de aquéllos. Esta situación se repetía en alumnos de distintas carreras, pero me llamó, particularmente la atención en aquéllos que estudiaban medicina. En los comienzos de mis cursos de antropología filosófica, solía consultar a mis alumnos las razones, por las cuales se habían decidido por ese tipo de carrera. En el caso de los estudiantes de medicina, la respuesta más común a esta pregunta era que querían ayudar y servir a las personas. A quienes estaban más permeables para proseguir con este diálogo, simplemente los animaba a que examinaran dentro de ellos mismos un motivo, que explicara cómo querían concretar personalmente ese deseo de servir a los demás. Para tal efecto, les sugerí que imaginaran su vida en diez o quince años, que se vieran a sí mismos ejerciendo la medicina en un hospital determinado, con unos pacientes determinados, considerando además cómo equilibrarían la profesión de médico con los otros aspectos de su vida y aficiones personales. Ese sólo ejercicio de imaginación los alentó a conocerse un poco más, al menos a darse cuenta de que para ser médico, no es suficiente tener excelentes calificaciones, ni querer meramente servir a los demás, sino un verdadero entusiasmo, carisma y fidelidad por ese arte de curar a los enfermos.
¿Es posible que nosotros, como sociedad, ayudemos a los jóvenes de nuestro tiempo a remediar su crisis vocacional?
La respuesta, de algún modo, ya está incoada en la misma reflexión presente en este ensayo. Hoy, en día, depositamos la confianza en la formación de nuevos líderes políticos para combatir con los graves problemas sociales que aquejan a Chile, pero rara vez, nos detenemos a pensar que el cimiento de toda nuestra esperanza debería estar, principalmente, en la familia, específicamente, en los padres de familia. Depositar la esperanza en los padres de familia no significa cargarlos, ni ahogarlos con nuevas responsabilidades, más bien todo lo contrario, busca, fundamentalmente, ayudarlos para que puedan realizar su labor principal, que es guiar la libertad de sus hijos adolescentes. ¿Por qué? Porque ellos tienen en sus manos la llave de acceso para entrar amorosamente en la intimidad de sus hijos, en una edad clave, ya que como señalamos, anteriormente, en ese tiempo el ser humano experimenta una inquietud por conocer el sentido de su vida y está más propenso a indagar en su espacio interior. Sin embargo, para que ellos exploren su intimidad sin angustia requieren de un gesto de ternura y de una mirada hospitalaria, que los anime a comunicar las realidades que más les conmueven y además se atrevan a examinar si disponen de los talentos adecuados, para perseguir esas realidades que aman. Y, sin duda, quienes están más próximos a ofrecerles esa actitud de acogida son precisamente los padres y todas aquellas personas cercanas a la formación de estos adolescentes.
A modo de ejemplo, recuerdo la historia de un padre, cuyo hijo era uno de los estudiantes más brillantes de su curso. El padre estaba convencido que aquél elegiría una profesión de prestigio, que querría, tal vez, ser ingeniero. Sin embargo, un día el hijo se le acercó y le comentó: “Papá voy a estudiar filosofía”. El padre desconcertado le respondió: “Pero, hijo ¿de qué vas a vivir?” y el hijo le argumentó: “No te preocupes, papá, procuraré ser el mejor filósofo, me iré a estudiar a Alemania, donde se encuentran los intelectuales más entusiastas y disciplinados del mundo. En un comienzo, no tendré tanto de qué vivir, pero eso no será un gran problema, ya que desde ya conozco para qué vivir”. El padre continuó, profundamente, asombrado con la elección de su hijo y también un poco asustado, porque los intelectuales no ganan dinero fácilmente, no obstante, muy adentro de sí mismo sentía una profunda satisfacción, ya que sabía que su hijo sabía elegir por sí mismo y, entonces, no le quedó mejor alternativa que confiar en él y dejarlo caminar libremente hacia el destino que su hijo se había propuesto. Ese hijo cumplió su promesa y después de regresar de Alemania, decidió dedicarse con pasión a escribir libros y a enseñar filosofía en una universidad chilena. A pesar de la alegría que, hoy, le otorga su profesión de filósofo, aquello no significa que su vida sea perfecta y esté exenta de dificultades, pero sí es auténtica y en gran medida, le depara una inmensa satisfacción.
En definitiva, para que los padres orienten la libertad de sus hijos adolescentes hacia su lo más auténtico de sí mismos, es necesario que den en cierto modo un paso al costado, tal como lo hace el padre de la historia, que acabo de relatar. Esto último impone a los padres el reto de renunciar al deseo de querer comprarles la felicidad y a la falsa ilusión de creer que estos jóvenes vienen a cumplir expectativas frustradas de otras personas. Pero, ante todo, los padres deberán rechazar tratarlos como niños mimados. Una vez que se liberen de todo lo anterior, los padres podrán convertirse gradualmente en guías y en maestros de estos adolescentes, ya que tendrán una actitud abierta, capaz de invitar a aquéllos a querer realizar un viaje por dentro de ellos mismos, que les permita reconocer sus propias inclinaciones, sus potencias y también sus limitaciones.
¡Cuánto futuro tendremos como nación, si solamente nos preocupamos de entusiasmar a nuestros jóvenes en el camino del autoconocimiento, tal como lo comprendieron los sabios griegos, porque sólo así construiremos una sociedad más sana y más dueña de su propio destino!
Maria de los Ángeles Astaburuaga, Doctora en Filosofía
