¿Están nerviosos? Es medio normal, es bueno incluso estar un poquito nerviosos hoy, porque una vez más estamos viviendo un momento histórico para Chile. Pero de verdad, no eso que le gustaba tanto anunciar a Camila, la bella, en los albores de este gobierno, que gracias a Dios y a la Virgen Santísima está llegando a su fin.

Ha sido inevitable para mí, recordar el 4 de septiembre de 2022 y de ahí me voy derecho al plebiscito de entrada, ese en el que nos refregaron la nariz tantas veces. Y después vuelvo al 18 de octubre de 2019, el día que lo cambió todo, pero no como nos dijo esa adherente de Gabriel Boric, porque cambiar y mejorar no son sinónimos. No dejo de sentir que hay aquí un guion, una especie de fábula moderna, a ratos más una tragedia griega que espero se convierta en comedia pronto. Puede ser porque tuve la tremenda fortuna de tener padres que leían y me leían mucho antes y después de poder hacerlo yo sola. Pero no eran solo ellos, también mis tíos, mis abuelos, ocasionalmente mis primos y mis hermanos mayores que me heredaron la mejor colección de Cucalón, Condorito y hasta Topaze. Sin duda ha sido una bendición tener tantas letras, pero recibí también harta de la tradición oral chilena. He recordado mucho últimamente, mis veranos en el campo, uno en particular, cuando tenía como 10 años y tuve un pequeño incidente que me impidió andar de salvajilla con el resto de mis primos para arriba y abajo, lanzándonos bellotas a caballo, comiendo moras en los caminos y saltando de un sauce a unos canales de higiene al menos cuestionable. Por esos días un verano sin churretín, no era verano.

Me da un poco de vergüenza, pero les voy a contar lo que me pasó; me regalaron una cortaplumas, preciosa, roja, parecida a la de mi papá pero chica. Hasta el día de hoy no tengo explicación para esto, pero la abrí, dispuesta a demostrar que era segura porque “no tenía tanto filo” para lo cual la probé sobre mi propia mano… Sí, no fue mi momento más brillante. En mi defensa, a mis nueve años también era marxista y se me pasó. En fin, la cosa es que me tuve que quedar con abuelitas, madres, tías y señoras varias que iban a esa casa en los veranos. En ese en particular, cosían y cortaban cortinas, mientras esperaban juntar suficientes tomates para hacer las salsas de todo el año. Y ahí figuraba yo, descompuesta y convaleciente. Hasta que fue convocada la Chela, cuyo nombre era en realidad Graciela. Ella trabajaba de manera intermitente allá, iba cuando la tarea de turno se ponía cuesta arriba. Era una mujer muy de campo, seca para amasar, según decía porque sus manos tenían la temperatura perfecta, de unos ojos ámbar siempre medio cerrados de risa. Y era de esas personas a las que les gustan los niños, uno cacha eso cuando es chico; jugaba con nosotros, nos cuidaba las muñecas, nos contaba cuentos. Y bueno, ese verano, entre que cortaban tela y yo estorbaba con todo éxito, la Chela me contó todo su repertorio de Pedro Urdemales. Un clásico de nuestra lengua, claro, emparentado con la versión de Cervantes, pero acá, criolla y entrañable, que andaba por nuestros pueblos y comía pan de trilla y humitas, como nosotros. Era tremendo, embaucador, pícaro, los engañaba a todos, a veces incluso al diablo en persona. Oye, yo que al principio me consideraba castigada en esa situación, me encontré completamente involucrada en las andanzas del terrible Pedro. Onda, haciendo preguntas, pidiendo más detalles, nuevos episodios, te lo digo que Netflix es una alpargata al lado del talento de esa mujer. ¡Las historias eran buenísimas! En retrospectiva, quizás un par me las debieron censurar, pero bueno, ya está, los males de este Pedro y sus consecuencias quedaron para siempre en mi memoria y es la cicatriz que más me gusta recordar, mucho más que la de la mano, que en todo caso es chica y ha quedado sepultada por los pliegues del uso.

Después de ese verano, quizás por la edad, o tal vez por la impresión, se cristalizaron en mí, un cariño, un apego, una gratitud y una admiración, por esa infancia, mi gente, esa tierra, esa tradición, esa Chela y esas historias. Patria, podría ser un buen resumen.

Capaz por todo esto, creo reconocer un arco en lo que nos ha pasado. Ha sido también evidente que a muchos no les contaron suficientes cuentos ni fábulas. Tampoco y quizás por estas carencias infantiles, tuvieron ocasión de madurar del desprecio y el cinismo adolescentes, a la gratitud y el perdón, que dan naturalmente paso al cariño en los adultos.

El 2 de septiembre de 2022, escribí una columna sobre el octubrismo, justamente porque en los cierres de la campaña del Apruebo un grupo llamado Las Indetectables, montaron un show en cuyo clímax sacaron la bandera de Chile directamente desde el recto de uno de sus integrantes, mientras recitaban un texto asqueroso en su propio demérito. Por esos días se nos informaba que se trataba de un espectáculo familiar. La vocera, Camila, la bella con sus labios rojo escarlata, nos anunció algún tipo de acción legal irrelevante y puso su carita de enojada, pero nada, los personajes ya estaban cocinados, el destino listo a entrar en escena.

Tres eternos años después aquí estamos, listos nuevamente a enfrentar nuestro destino.  ¡Tenemos más historias que Pedro Urdemales! 

Este capítulo, yo lo cerraría así; “Habían trabajado en el look, en las kilométricas pestañas, en el texto, en las ideas fuerza a instalar, la victimización, con ese tonito lastimero y aleccionador que irrita al 98% de los hombres y 75% de las mujeres, en el negar mucho más de tres veces a las dictaduras que les pertenecen, todo se había ensayado y probado mil veces. Pero bastó un nombre; María Corina Machado y se le vio la colita, tan meticulosamente oculta por meses, por debajo del poncho».

¿Cómo lo terminamos, Chile?

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