En septiembre de 1938, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia se reunieron apresuradamente en Múnich para intentar salvar a Europa de una nueva conflagración a sólo veinte años de la conclusión de la Primera Guerra Mundial, con motivo del interés de Berlín de recuperar los Sudetes alemanas que Versalles asignó a Checoslovaquia.
Los acuerdos de Múnich, negociados principalmente por Hitler y Chamberlain, y que este último calificó a su regreso a Londres de “la paz de nuestro tiempo”, finalmente sólo postergaron el inicio del mayor conflicto de la historia de la humanidad en doce meses y pasaron a la posteridad como el Apaciguamiento de Múnich.
¿Por qué recordar Múnich? Estos últimos días se ha hablado mucho de Múnich en referencia a la reunión de altos dignatarios de Estados Unidos y Rusia en Riad, con miras a establecer las bases para restaurar la paz en Ucrania. No son pocos que califican tanto la llamada de Trump a Putin y la reunión en Arabia Saudita como un nuevo apaciguamiento, inclinar la rodilla ante el uso de violencia para imponer intereses en el escenario internacional.
Esas mismas voces, con Europa Occidental a la cabeza, parecen olvidar, conveniente y selectivamente, que, en 1938 al igual que ahora, existían como factores adicionales: un sistema multilateral instaurado por los vencedores de una guerra mundial, recientes crisis económicas (a la que se suma la sanitaria de 2019-2020) que tuvieron en las cuerdas las economías y comercio mundiales, el auge y reinstalación del nacionalismo y el autoritarismo como alternativas políticas populares, y el ninguneo (no creo que haya una palabra más precisa) de grandes estados postergados de las decisiones mundiales.
Mención aparte merece otra diferencia, nuevamente olvidada por el autodenominado progresismo, que es el cruce de las líneas rojas. Mientras en 1938, el ejército alemán aún no estrenaba la Blitzkrieg en Polonia, hoy Rusia sostiene un estancado conflicto de tres años con Ucrania, en cuyos primeros meses Moscú logró sus objetivos estratégicos: hacerse con las regiones rusoparlantes del este ucraniano y conectar por vía terrestre el país con Crimea.
Riad, e incluso la llamada “mesa de los niños” de París, ha dejado claro que el realismo, pese a todos los sueños húmedos de intelectuales de izquierda, sigue reinando como teoría indiscutida de las Relaciones Internacionales. Por otro lado, queda de manifiesto la defunción del sistema de Naciones Unidas, tal cual lo conocemos, cuyo único organismo ejecutivo el otrora poderoso Consejo de Seguridad, no ha sido convocado hace rato, y han sido miembros del mismo que han optado por un diálogo bilateral directo o el minimultileralismo como forma de solución de los conflictos internacionales. Y finalmente, tal como lo vimos en Kazán en 2024, ha surgido de facto una nueva gran mesa (High Table Diplomacy) conformada por Estados Unidos, China, Rusia e India, y las interacciones que se dan entre ellos, así como actores invitados en razón de la contingencia como pueden ser hoy: Ucrania, Israel, Irán o Palestina.
Otra arista convenientemente olvidada, y que da cuenta del doble rasero de quienes defienden el universalismo de sus propuestas, es la ausencia de Ucrania, y aún más desfachatado, de la Unión Europea de las conversaciones de Riad. Nuevamente la amnesia selectiva domina a los europeos que tratan de enterrar la efímera e ineficaz Cumbre de Paz para Ucrania, realizada en Suiza en junio de 2024, a la cual no se invitó al oso ruso y China se desmarcó con una contrapropuesta junto a Brasil más cercana a lo vista a Riad.
Ahora bien, ¿Es Riad un nuevo Múnich? Definitivamente no. Estados Unidos, la nación más poderosa del mundo, es la contraparte rusa. Además, y nuevamente caemos en la ignorancia fortuita, Washington mantiene conversaciones con Kiev, no al mismo nivel, pero las mantiene. Por el bien del planeta, esperamos que lo iniciado en Riad se asemeje más a las conversaciones de París de 1973 o Camp David 1978.
Interrogantes hay muchas: ¿Lavrov suavizará el discurso que Rusia no abandonará los territorios anexados? ¿Kiev aceptará la realidad de su situación o esperará nuevamente un cambio en la Casa Blanca o una intervención europea cada vez más lejana y hoy anclada en la palabra reconstrucción? ¿Las zonas ocupadas por Rusia son similares a aquellas que constituían el llamado Corredor Polaco? ¿Dar la razón a Rusia implicaría que la guerra se reactive como forma de solución de controversias lo que implicará una nueva escala de carreras armamentistas regionales? ¿Hay futuro para Ucrania? En el fondo, ¿Riad fue Múnich o Camp David?
Sólo el tiempo lo dirá. Para cerrar sólo tres ideas: El multilateralismo post 1945, post-post 1989 y post-post-post 2001 está muerto. Muerto. Segundo, Trump, el bufón, el payaso, el error, ha sido el único capaz de invitar y sentar a Rusia en una mesa de negociación por endeble que sea, y, finalmente, Obama fue demasiado condescendiente cuando califico a Rusia como potencia regional.
“No se debe subestimar jamás el complejo de inferioridad de mis antiguos compatriotas”, Joseph Brodsky sobre Rusia.
¿Y Chile? Nada. Tomar nota. Fortalecer los vínculos políticos y comerciales a nivel bilateral con los cuatro grandes. Multilateralismo pragmático y defensivo, y apostar por una influencia regional en materia comercial y seguridad pública, evitando que la Defensa se transforme en una coyuntura artificiosa pero creíble.
El Espía Global
