Hay apellidos que de solo escucharlos sabemos que tienen origen aristocrático. Por ejemplo, el de Francisco de Irarrázaval y Zárate, que recibió el primer título nobiliario, el de Vizconde de Santa Clara de Avedillo; o el de José de Santiago Concha y Méndez Salvatierra, quien recibiera por allá por el 1718 el de Marqués de Casa Concha; o más recientemente, Isidoro Vázquez de Acuña, marqués García del Postigo, y así muchos otros que denotan nobleza indesmentible. Donde la nobleza se pierde del todo es cuando se pretende dar apellido a las dos opciones entre las cuales la ciudadanía deberá escoger en plebiscito obligatorio del 4 de septiembre próximo. No hay acá -no nos confundamos- apellido posible, porque las opciones son “Acepta” el texto propuesto por la convención constituyente o “Rechaza” el texto propuesto por la convención constituyente. Esas son, sin apellido de ninguna especie.
Definido el plebiscito, comienza una nueva etapa y en esta columna solo me centraré en la opción que va primera en todas las encuestas y que le lleva 15 cuerpos de ventaja al garañón que va segundo cuando ya entraron en tierra derecha. Los apostadores por el animal que va en zaga están alzando la voz para que si pierde su bestia y vence -como todo indica hasta ahora- el “Rechazo”, se debe llamar a una nueva convención constituyente para repetir todo tal cual fue la primera vez. Se contraponen las opiniones de juristas respecto de si la actual Constitución, cuando fue modificada, solo contempla en dicha modificación el proceso fallido que terminó el 4 de julio o por el contrario este puede repetirse ad nauseam y ad infinitum sin tener que volver a cambiar la actual Carta Magna.
En la primera iteración se creó un engendro con visos de leviatán, que muy capaz es de devorarnos a todos con el insaciable apetito por derechos sociales, tierras que nunca fueron de pueblos originarios y un gran menú de opciones que, una vez devoradas, no permitirán que se pague la cuenta y nos dejará en la miseria como país, como ciudadanía, como nación, al poco tiempo de que las diez familias más ricas y varios cientos más se hayan ido de nuestro vilipendiado Chile para no volver más.
Como sea, creo -como una gran mayoría de compatriotas- que el 5 de septiembre se da comienzo, si gana, como espero, el “Rechazo”, una etapa de conversaciones y acuerdos que lleven a un nuevo camino para crear una nueva Constitución. Lo que no debemos repetir es el procedimiento y solo pensar que porque en el plebiscito de entrada del actual fiasco, los votantes que concurrieron a votar -y que no alcanzó la mitad de los habilitados para hacerlo- se inclinaron por la opción de convención constituyente, es automático y perpetuo que ese debe ser el mecanismo, es una falta de respeto a la capacidad intelectual de la ciudadanía. ¿Acaso ante el fracaso demostrado, la gente no puede cambiar de idea y reconocer que nos debemos olvidar de una segunda convención? Sin duda que esto es así y además, las encuestas lo señalan claramente. La mayoría se inclina hoy por que la responsabilidad recaiga en un grupo de expertos dado que, aunque parezca una perogrullada, una Constitución no la debe escribir el “pueblo”. Sin embargo, creo que el pueblo sí tiene todo el derecho a participar, y ya pudimos comprobar cómo este se involucró extraordinariamente a través de las iniciativas populares de norma, todas las cuales la convención se pasó graciosamente por el forro de los pantalones. Así, esta vez que un grupo de expertos transversal, que asuma el compromiso de estudiar en su mérito las propuestas de normas populares que se vuelvan a presentar y no las descarten por el sesgo político al que pertenecen, tendría elevadas posibilidades de concordar un texto que cuente con apoyo abrumador, porque efectivamente será elaborado en base a lo que Chile como nación precisa para lograr el desarrollo -que hoy por primera vez podemos afirmar que se ha hecho imposible- y el crecimiento personal de todos sus habitantes, sin crear odiosas distinciones que solo nos separan en lugar de unirnos.
Que la ciudadanía participe entonces a través del exitoso mecanismo de propuestas populares de norma aportará nuevamente una riquísima fuente de ideas, de anhelos y deseos, y de pensamiento popular que los destacados expertos llamados a escribir la nueva Carta Magna sabrán reflejar en un texto donde el futuro de Chile esté primero.
*Todas las columnas de Etiqueta Negra.
