En el debate acerca de si existen o no socios estratégicos para el país y la región, se observan claros trazos hamletianos. El contexto de la nueva Guerra Fría abre, en términos generales, una gran disyuntiva, asimilable, probablemente, a la vivida a inicios de los años 50. ¿Estoy con este o con aquel? Una duda vital.

Mientras se asientan las grandes pulsiones en uno u otro sentido, surgen opiniones diversas. Algunos actores parecen tantear cautamente el terreno y unos cuantos se atreven a ser más crudos. La mayoría oscila entre lo etéreo y lo ambiguo.

Hay quienes sostienen taxativamente que la política y la economía marchan por carriles separados. Un conspicuo exministro, cercano a la superpotencia asiática, asegura que este asunto se zanjó con la visita de Kissinger y Nixon a Pekín. Según él, desde aquellos años, estaría consolidada la idea de que el acercamiento -de todos con todos, sin distingos- es válida y legítima. Otros, con disimulo, promueven un “no alineamiento activo”.

Los aires provenientes de Washington, plantean, empero, espacios más estrechos y estimulan la idea de que, si bien se puede comerciar con Pekín, es complejo perder de vista las líneas rojas; esas representativas de un valor estratégico. O sea, mirar manteniendo un ojo estrábico hacia Pekín.

Este equilibrio es arduo para los países latinoamericanos, cuyas dificultades para establecer con claridad qué es un socio estratégico bordean lo inusitado. Les cuesta diferenciar los asuntos circunstanciales de los temas gruesos. Como si fuese tan difícil determinar dónde se está ubicado geopolíticamente.

Por fortuna han aparecido elementos nuevos sobre el escenario. El Escudo de las Américas, lo es. La activación por parte del Comando Sur de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental (Southern spear), también. Hace unos días se anunció la salida de los No-Alineados. Tres señales muy positivas, que terminarán refrescando la memoria y superar la curiosa confusión.

En un plano doméstico hay cosas francamente curiosas. Cualquier observador compenetrado con la historia reciente de nuestro país, no perdería de vista que el advenimiento de la democracia en 1990 no significó la transformación mágica de esta angosta franja en una especie de Suiza, con una capacidad infinita para desenvolverse internacionalmente y dotado de una asombrosa equidistancia entre las superpotencias.

Es bastante posible, que la explicación de tan peregrina idea se haya incubado al calor de los efectos del final de la primera Guerra Fría. “Han caído los muros ideológicos”, se repetía una y otra vez. Aquel frenesí y optimismo excesivo terminaron dejando en el desván de los olvidos, la decisión clave que permitió la instauración de la democracia en 1990, cual fue mantener al país enraizado en Occidente.

Fue una decisión del más alto calibre. No hay que ser adivino para descubrir que el triunfo se debió justamente a la articulación de un proyecto muy explícito: querer una democracia liberal para el país. Cualquier explicación distinta se inscribe en el deseo de cambiar la narrativa histórica. Los límites del flanco izquierdo de aquella coalición hablan por sí solos.

A los protagonistas del debate de hoy se les ha evaporado una frase memorable de Felipe González, pronunciada cuando su partido, el PSOE, tuvo un giro histórico y aceptó el ingreso de España a la OTAN y los organismos comunitarios. González -una de las principales fuentes de inspiración para los protagonistas de la transición chilena- dijo en aquel entonces: “Prefiero morir en el metro de Nueva York y no en un gulag”. Más tarde, la modificó levemente: “Prefiero morir en EE.UU. que vivir en la Unión Soviética”. Fue una manera simbólica de decir pertenecemos de manera incuestionable a Occidente.

Otra idea disparatada y confusa que se ha hecho audible, es que en el país, gracias a una especie de excepcionalidad histórica colosal, impuso una política externa anclada en la apertura de los mercados. Las evidencias indican algo distinto.

Por un lado, resulta sencillamente imposible desplegar una política de esas características en ambientes de asepsia. Por otro, tan equívoco razonamiento elude el hecho concreto e irrefutable, que los tratados de libre comercio fueron el gran instrumento de política exterior de los años 80; o sea, bajo el mandato del Presidente estadounidense Ronald Reagan. Los más conocedores de estos asuntos saben que, incluso, la inspiración histórica de todo esto es el Tratado Cobden-Chevalier, de 1860, que promovía el libre intercambio entre Francia y Reino Unido.

Las pulsiones equívocas terminan haciendo plausible la hipótesis de que, más allá de ciertos razonables márgenes de confusión, pervive en las actuales posturas cercanas o benevolentes con Pekín, lisa y llanamente, un sentimiento anti-estadounidense.

En efecto. Las izquierdas latinoamericanas, pese a su heterogeneidad y querellas intestinas, siempre se han unido a la hora de levantar banderas en contra de Washington. Por la causa que sea. Mientras unos grupos fueron esencialmente latinoamericanistas y se extasiaron con el despliegue del tercermundismo, hubo otros. Leninistas, castristas, guevaristas, maoístas, trotskistas y hasta sectas pro-albanesas. En todo ese verdadero zoológico de tensiones siempre hubo unión a la hora de enjuiciar a EE.UU., acusado de ser la fuente de cuanto mal azotase a la humanidad. 

No se puede negar que la potencia asiática es ahora, efectivamente, más conocida en su integralidad (y por su evidente prosperidad), lo puede haber contribuido a los márgenes de benevolencia y confusión. Es cierto que hoy por hoy divisamos numerosos descubridores de la existencia del shi (esa fuerza interna tan propia de la cosmovisión china) y de aparecidos frenéticos entusiastas del feng shui. Y, desde luego, mucho fanático con su soft power.

China es efectivamente un país singular. No hay otro que pueda mostrar una organización política tan continuada en el tiempo. Y, a diferencia, de la mayoría de los países, no parece tener un hito, un momento, fundacional específico y concreto. Es como si existiese desde siempre. Eso y muchas otras cosas la hace atractiva. 

Pero, para la definición de alianza estratégicas, todo eso es secundario. Lo que está apareciendo en el horizonte son opciones de largo alcance. Washington es símbolo histórico del capitalismo e ícono de las libertades individuales. Pekín lo es de un nuevo tipo de capitalismo; ese vigilado estrechamente por el Estado y con mínimos espacios de libertad para sus individuos. Por lo tanto, la duda hamletiana es en realidad, cuán fuerte es el concepto libertad en los proyectos políticos

El debate seguirá. Habrá que ver si los prosélitos de la potencia oriental finalmente captan o no que aquel país dispone también de un hard power vigoroso. Que en el desfile militar del año pasado se apreció que nadie en el planeta está lejos de su alcance. Ejemplos históricos demuestran que lo usa apenas se presenta la oportunidad.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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