La elección del próximo domingo es quizás una de las más críticas de los últimos tiempos, pues se estarán eligiendo a los 50 consejeros que tendrán la responsabilidad de redactar y proponerle al país una nueva Constitución, la que deberá ser sancionada en un nuevo plebiscito el próximo 17 de diciembre.

A una semana de esta trascendental cita electoral, no se nota en la opinión pública mayor entusiasmo o preocupación por ir a votar, a pesar de la obligatoriedad legal de hacerlo y la multa por no sufragar.

Varios factores pueden explicar esta situación, pero ninguno es lo suficientemente relevante como para abstenerse de hacerlo, porque lo que está en juego es ni más ni menos que el país que seremos capaces de heredarle a nuestros hijos y nietos, por lo que depende de cada uno y todos nosotros que el resultado sea el mejor para Chile.

Hay quienes están apoyando la idea de votar en blanco o nulo. Los hay también que llaman a no votar, con el argumento que este proceso se hizo “negociando con los comunistas”, que la derecha se vendió, y por lo tanto llaman a rechazar lo pactado. Y hay quienes simplemente quieren que se rechace todo lo acordado, no votando en adelante, porque se debería mantener la Constitución vigente. 

Esos argumentos de nada sirven ante un hecho irreversible, por lo que sólo permiten que la izquierda nuevamente pueda obtener una mayoría suficiente para volver a redactar un mamarracho, pues si votan menos de 10 millones de personas, esa posibilidad se agranda. No olvidemos que el Rechazo ganó con un 62% porque votamos 13.019.287 personas, lo que equivale al 85,7% del padrón electoral, siendo esta la más alta participación de nuestra historia. 

La pregunta que hay que hacerse entonces es qué es mejor para Chile. Que se elijan candidatos con la intención de volver a pasar la retroexcavadora sobre el país que queremos o que tengamos una mayoría que permita redactar una Constitución que querremos aprobar con entusiasmo el 17 de diciembre.

La respuesta creo que no necesita explicitarse, luego, para que podamos mirar el futuro con esperanza y con la tranquilidad de haber hecho todo lo posible por entregarle a las nuevas generaciones un país donde prevalezcan las ideas de la libertad y volvamos a creer que es posible llegar a ser un país desarrollado, lejos del fantasma del populismo, ese de las soluciones fáciles que penetran como anestesia a los oídos de ingenuos creyentes, entonces, tenemos que ir a votar y elegir a los mejores, a personas con experiencia, capaces de defender con fuerza los valores que nos representan. 

Y si Ud. estimado lector conoce alguien que no quiera votar por cualquiera de las razones arriba expuestas, intente persuadirlo de no cometer dicho error y concurra a votar, pues de lo contrario, los lamentos posteriores no servirán de nada.

En esta crucial elección no podemos fallarle a nuestro querido país. No podemos permitir que todo el esfuerzo realizado durante más de 40 años de duro trabajo, que logró mejorarle la vida a millones de chilenos, que terminó con la desnutrición y mortalidad infantil, que redujo la pobreza a un dígito, que generó industrias de clase mundial y que nos llevó al borde del desarrollo, se vea truncado, por darnos el gustito de no votar, lo que podría transformarnos nuevamente en un típico país latinoamericano donde sólo las élites gobernantes prosperan mientras sus pueblos, sometidos a una vida miserable, luchan por sobrevivir.

Lo invito a revisar en el Servel durante la semana, si su local de votación es el mismo de siempre o si cambió, para no encontrarse con sorpresas de última hora. Y el 7 de mayo concurra a votar, para luego esperar los resultados de esta crítica elección con la conciencia de haber sufragado. 

De ser favorable a nosotros, podrá sentirse tranquilo de haber contribuido al triunfo de las ideas de la libertad.

Por todo lo anterior, el próximo domingo ¡Vote por Chile!

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