En estos días se cumplen quince años de la muerte de Gabriel Valdés Subercaseaux, gran dirigente político al que Chile le debe un aporte sustancial al retorno pacífico del país a la democracia en 1990. Vale la pena detenerse a recordar y ponderar quién fue y cuáles fueron las cualidades que le permitieron realizar tan señera labor. No lo hago por sólo recordar cosas del pasado, sino por tomar conciencia sobre qué tipo de conductas pueden permitirnos también hoy alcanzar metas que nos parecen imposibles.
Gabriel Valdés padre fue sin duda un líder que inspiró a muchos para que trabajáramos de manera fecunda por la democracia en Chile. No fue el caso de todos quienes se oponían a Pinochet. Basta recordar el caso del Partido Comunista. ¿Cuáles serían sus principales cualidades que lo hicieron ser tan gran aporte? Habiendo trabajado una década al lado de él en los cruciales años entre 1981 y 1990, a mí me aparecen cinco o seis rasgos principales.
Primero, Valdés fue alguien que entendió siempre la política y los cargos públicos como un servicio abnegado al país. Allí no había espacio para los intereses y ambiciones personales. Éstos eran secundarios ante los llamados de sus compañeros de partido o figuras que respetaba, para asumir responsabilidades públicas. No le gustaba en especial la vida de partido, ni andar conquistando votos. Vivía del placer del intercambio de ideas inteligentes, nuevas e innovadoras en largas conversaciones.
Segundo, a pesar o tal vez debido a su origen aristocrático (su abuelo ya había sido senador y ministro como él llegó a serlo), Valdés fue siempre una persona progresista o movida por objetivos de justicia y equidad social, y no sólo por el progreso o crecimiento económico. Y objetivos de desarrollo cultural y espiritual, debería agregar.
Tercero, fue por sobre todo un apasionado y un enamorado de la humanidad, de Chile y de la vida; la buena vida. Gozador de la comida, del buen trago, de todas las manifestaciones de cultura: canto, música, pintura, cine, teatro, etc. Culto y conocedor como pocos de arte europeo.
Cuarto, una persona excepcional para establecer relaciones con todas las personas, desde las más humildes hasta los más poderosos gobernantes, reyes, autoridades religiosas y grandes artistas. Las conversaciones y anécdotas le fluían como de un manantial inagotable. Siempre entretenido, novedoso. Tanto era así, que hasta la reina de Inglaterra le invitó a tomar té, a solas con ella, una vez que supo que él estaba de paso por Londres.
Otro rasgo que destacar era la generosidad que tuvo para poner desinteresadamente al servicio de Chile ese don que tenía para relacionarse con las personas. Desarrollaba y cultivaba de múltiples formas esas relaciones con altas autoridades extranjeras (Mitterrand, Ted Kennedy, Andreotti, etc.) porque sabía que servían para proteger a todos los que trabajábamos por la democracia en Chile. Pero tenía que viajar para visitarlos pagando los pasajes con sus ingresos personales. No pocas veces escuché a su señora reclamarle que no podía pagar las elegantes comidas que organizaba en su casa para ilustres visitantes (recuerdo ahora por ejemplo la que le dio a Adolfo Suárez, el primer Presidente de la transición española).
Además de su capacidad de relacionarse y su simpatía, fue un diplomático innato. Lo habría sido, aunque no hubiera sido jamás Ministro de Relaciones Exteriores ni embajador. Lo tenía en sus huesos o en su ADN. No en vano Salvador Allende llegó a su casa un sábado en la noche de esos oscuros días de alta tensión entre su elección en 1970 y su ascensión a la Presidencia en marzo del 71, con el asesinato del General Schneider entremedio. En sus memorias Valdés relata vívidamente la angustia con que Allende le pide que organice una reunión con Eduardo Frei Montalva, entonces Presidente, que no lo quería recibir.
Valdés buscó apasionadamente, además, evitar los excesos de la Unidad Popular, el Golpe, la violencia y la división o polarización de Chile. Desde antes, durante y después. Su extensa autobiografía –Gabriel Valdés, Sueños y Memorias, Taurus, Santiago, 2009– está llena de testimonios de esto.
Hay un aspecto poco conocido o resaltado de la obra de Valdés, por el cual me atrevo a decir que fue propiamente el padre de la Concertación. Me refiero al tratamiento y lugar dejado al Partido Comunista en esa alianza. Cuando él asumió como presidente de la DC a principios de 1982, aunque era sabido que Frei Montalva se lo había pedido, en el partido predominaba una postura fuertemente anti Partido Comunista. Valdés rechazaba la vía violenta que admitió el PC en los 80, pero consideraba que se necesitaba conversar con los comunistas, especialmente, además, porque era una condición para acercarse a los socialistas e incluso a los radicales. Este parecía entonces un dilema sin solución, y Valdés recibió muy duros ataques y descalificaciones de sus camaradas de partido. La formación y firma de la Alianza Democrática en 1985 fue un muy trabajoso tejido político que realizó pacientemente dentro del PDC. No es el caso entrar en detalles aquí ahora, pero los hechos son que bajo el liderazgo de Valdés a cargo de la DC se logró la aceptación de la mayoría del Partido Socialista de alejarse del PC para aliarse con la DC, sin dividir este último partido. Sin esto no habría habido Concertación, participación juntos en el plebiscito, el triunfo en éste y tampoco los 30 años del mayor progreso social y económico alcanzado por Chile en toda su historia.
Fue además un demócrata ejemplar, profundamente respetuoso de las instituciones y de no abusar de ellas ni aprovechar para sí mismo los privilegios que otorgan cargos de poder, sea en la administración pública o en cualquier otra capacidad. Fui un testigo directo de lo que digo. Habiendo fundado una Corporación de Estudios del Desarrollo (el CED) con recursos entregados a él personalmente por personas naturales y fundaciones extranjeras, me los entregó para utilizarlos en los estudios y programas convenidos sin jamás solicitarme pagar con esos fondos ni siquiera un estanque de la bencina de su auto con que recorría el país como presidente del Partido Demócrata Cristiano. Sabía separar y respetar escrupulosamente los derechos y deberes que participar en cada institución implican. Jamás lo hizo tampoco para su campaña como precandidato a la Presidencia de la República.
Tuvo Valdés también su buena cuota de dolores, pérdidas y desilusiones, especialmente con su partido político de toda su vida. Por suerte no alcanzó a ver y sufrir la decadencia en que cayó estos últimos 15 años: su transformación en lo que Frei Ruiz-Tagle ha llamado una “Agencia de empleos en el Estado”. Ya lo había observado en sus memorias del 2009 al escribir: “En mi ingenuidad no intuí que la política no es un camino blando: tiene muchas durezas y trampas que hacen estallar a menudo ambiciones que atropellan. El Estado es el gran objetivo de los mediocres, y para llegar y aprovecharlo es conveniente que ellos tengan el control. Por todo esto debo decir que no fueron fáciles mis primeras tareas (en el partido)”. (p.291).
Lo más notable de su carácter, sin embargo, es que no guardaba resentimiento hacia personas que intentaron o le hicieron daño. Ni con Pinochet, que habría intentado asesinarlo en Washington en 1975 (según antecedentes desclasificados del FBI, ver Wikipedia), ni tampoco hacia quienes estuvieron detrás del “Carmengate” que le habría costado su carrera hacia la Presidencia de la República.
A diferencia de tantos que en Chile hoy insisten en mantener abiertas las heridas del pasado, basando su identidad y políticas en ellas, Valdés eligió y supo dejarlas atrás para permitir vivir su entusiasmo soñador y visionario con confianza y esperanza. Su legado sigue vivo; es cosa de detenernos un momento para darle espacio en nuestras conductas.

Tengo entendido que don Gabriel fue invitado a tomar té por la reina de Inglaterra, con ocasión de su estancia en el Hotel Antumalal, Pucón. Cuando fungía de ministro de relaciones exteriores del gobierno de Arturo Frei, el año 1968. No sabía de un encuentro similar que se hubiera dado en Londres.