La derecha es un sector político definido por razones geográficas: está al frente de la izquierda. Esas dos denominaciones no responden a una visión de mundo, a ciertos aspectos doctrinales o a una realidad histórica, sino a una especie de convención del vocabulario político. Por lo mismo, cuando se habla sobre dichos conceptos, en la práctica casi todos entienden de qué se habla, en Chile, en Estados Unidos, en Europa y en América Latina.
La derecha chilena, o las derechas –como se le llama últimamente– tiene representaciones diversas, doctrinas diferentes y a veces contradictorias, liderazgos plurales y trayectorias que han marchado por caminos unitarios, complementarios o incluso contradictorios en distintos momentos: procesos electorales, relación con los gobiernos y relaciones entre sus distintos grupos representativos. No está de más recordar que en la última elección presidencial participaron tres candidatos distintos, un verdadero récord: Evelyn Matthei (Chile Vamos), José Antonio Kast (Republicano) y Johannes Kaiser (Nacional Libertario).
Vale la pena mencionar una curiosidad electoral: los tres candidatos sumaron el 50% de los sufragios: Kast logró el 23,9%, Kaiser obtuvo el 13,9% y Matthei llegó al 12,4%. Se trata de un resultado impresionante. Adicionalmente, José Antonio Kast ganó la elección presidencial en la segunda vuelta, con el 58% y con más de siete millones de sufragios. Los resultados son impresionantes, si consideramos lo que había ocurrido en los últimos años, cuando el país parecía marchar ineluctablemente por un camino diferente.
Por lo mismo, el acontecimiento de un gobierno actual de derecha, de origen republicano pero amplio en su conformación, llama la atención y vale la pena considerarlo con seriedad. El 18 de octubre de 2019 había comenzado un camino en un sentido totalmente distinto, revolucionario, de cambios estructurales, que se expresaron especialmente en la Convención Constitucional, en cuya elección la derecha obtuvo el peor resultado desde el regreso a la democracia. En la elección presidencial de 2021, Chile Vamos obtuvo a su vez el peor resultado de la centroderecha en una primera vuelta, mientras la nueva derecha fue derrotada en la segunda vuelta, con José Antonio Kast como candidato contra el frenteamplista Gabriel Boric. Chile iba por un camino claramente orientado hacia un cambio histórico.
Sin embargo, Chile volvió a mutar, y en 2025 la izquierda obtuvo un resultado malo, que consolidaba la derrota del Apruebo en el proceso constituyente, en la histórica jornada del 4 de septiembre de 2022. Gabriel Boric había llegado con gran respaldo a La Moneda solo cuatro años atrás, prometiendo que Chile sería “la tumba del neoliberalismo”, pero su proyecto de Constitución fue derrotado y terminó su gobierno entregando el mando al republicano José Antonio Kast. Esta victoria era algo impensable en los afiebrados días de octubre y noviembre de 2019.
Es verdad que a fines de 2025 José Antonio Kast no era la primera opción los distintos partidos ni de todos los votantes de la derecha: era solo el abanderado del Partido Republicano. Sin embargo, a la hora de la realidad política, hoy existe un gobierno de derecha, que ha integrado figuras de los partidos al gabinete y en las regiones en los más diversos cargos, al que se opone la izquierda en sus diferentes expresiones. Probablemente la excepción es el Partido Nacional Libertario, que no forma parte del gobierno, mantiene su independencia y no tiene cargos en la administración. Con todo, sería previsible que hubiera un gran interés y compromiso por el éxito del gobierno del Presidente Kast de parte de los parlamentarios, alcaldes y otras figuras de las derechas.
Las actitudes de los partidos y sus dirigentes distan mucho de ello. Los factores de “compromiso” con el gobierno son múltiples: un deseo de dar un giro a la historia reciente de Chile y cambiar la mediocridad y la decadencia por progreso y bienestar para los chilenos; la idea de combatir la delincuencia y generar mejores condiciones económicas; una visión antropológica distinta a la dominante en las últimas dos décadas. No obstante, ellas se combinan con los cargos, el apetito de poder, la influencia en las regiones y otras. Eso es relativamente previsible, aunque la novedad va por otro lado, como ha quedado claro al comenzar el séptimo mes del año: se trata del regreso de las disputas entre los partidos de derecha.
Es probable que algunos centren sus críticas y comentarios sobre las posiciones que sostuvieron los parlamentarios en la acusación constitucional contra el exministro Grau. Pero eso es habitual, como prueban las múltiples acusaciones fallidas en los últimos años. Es necesario repensar seriamente el tema, por lo demás. Sin embargo, me parece que el problema de fondo es la ausencia de un proyecto común y de una aspiración a la proyección del gobierno. No puede dejar de llamar la atención que los dos candidatos alternativos a Kast –Johannes Kaiser y Evelyn Matthei– en la práctica son o parecen opositores al gobierno. Pueden tener buenas o malas razones, pero sus partidos están en problemas, porque la mayor proyección de la UDI, RN, Evópoli, Republicanos y también de los Nacional Libertarios reside en el éxito del gobierno y en su posibilidad de transmitir el mando a un candidato de derecha, cualquiera sea su partido o se trate de un independiente.
Por lo mismo, la discusión sobre quién es más duro o quién es más partidario de los acuerdos carece de relevancia y es inconducente. Se puede y se debe ser duro en algunos temas, mientras en otros es preciso ser moderado; se debe llegar a buenos acuerdos y es preciso oponerse a los malos. Por cierto, también resulta absurdo caer en epítetos como la “derecha cobarde” o la “derecha merluciana”, con los cuales algunos dirigentes muestran no solo su falta de creatividad, sino que también la incapacidad de tomarse la política en serio. Hay personas que, legítimamente, creen que es conveniente agrandar el Estado, crear ministerios y subir impuestos, o promover el retiro de los fondos de pensiones y otras tantas cosas que han sido parte de la discusión pública desde el 2010 en adelante y que han contado con el respaldo de parlamentarios de la derecha. Como contrapartida, en diversos foros hubo republicanos que hablaron de privatizar Codelco, bajar la cantidad de parlamentarios o reducir la grasa estatal, y tuvieron otras ideas que hoy brillan por su ausencia. La difícil tarea de la política requiere trabajo, ideas, liderazgos y capacidad de acción, factores que no siempre están presentes en la vida pública. No es casualidad que no hayan aparecido voces entre los alcaldes de derecha para proponer reducir impuestos o el gasto de las municipalidades, que deja a la austeridad –ese principio tan querido para el presidente Jorge Alessandri– en el baúl de los recuerdos.
Podríamos decir que hoy resulta incluso frívolo estar discutiendo tonteras o poniendo adjetivos “creativos” en medio de los inmensos problemas que enfrenta Chile en la actualidad. La situación económica es delicada, dura para la gente, con un país que tiene pocas posibilidades de crear empleos, un desafío en seguridad que mejora pero que tiene mucho camino por recorrer y un gasto desbordado en el Estado, mientras Chile crece poco desde hace más de una década. Las mayores energías y la inteligencia de los dirigentes (también de los partidarios de la derecha) debería concentrarse en consolidar los proyectos del gobierno, proponer otros, estar con la gente y canalizar sus inquietudes y problemas. Chile tiene problemas graves, y ninguno de ellos se soluciona con las disputas y descalificaciones al interior de la derecha.
Hoy por hoy la izquierda no tiene ninguna posibilidad de ganar las próximas elecciones presidenciales por sus propios méritos, en parte porque sigue golpeada por la derrota de su proyecto político de octubre de 2019, septiembre de 2022 y del gobierno del Presidente Boric. Hoy parece carente de ideas y, aunque tiene liderazgos importantes, está cifrando su éxito eventual en el fracaso de la administración de José Antonio Kast. En este sentido, la falta de proyecto político o los liderazgos no desplegados o incluso la crisis de sus partidos o la mala evaluación de su actuación en los últimos siete años, podrían revertirse en caso de que el gobierno de José Antonio Kast fracase, en la forma más simple en que se puede medir el fracaso: entregarle precisamente el gobierno nuevamente a la izquierda.
Ese sería el suicidio de la derecha, en el que algunos están trabajando sin saberlo o, quizá peor, sabiéndolo.

Alejandro como siempre muy cuerdo y acertado en su diagnóstico.
La columna confunde unidad con proyecto.
Las disputas entre republicanos, Chile Vamos y libertarios no son sólo peleas políticas. Reflejan desacuerdos reales sobre crecimiento, Estado, seguridad y desarrollo.
La pregunta no es si la derecha logra alinearse. Es si tiene un diagnóstico correcto de los problemas de Chile.
La unidad puede ser una fortaleza. También puede ser un error compartido.
👏🏽👏🏽👏🏽