La llegada de Gonzalo Arenas como vocero de La Moneda es, sin lugar a duda, una buena noticia. Son –somos– muchos quienes levantaron la alerta tempranamente respecto a que, dentro del diseño comunicacional del gobierno del Presidente José Antonio Kast, se necesitaba un intermediario oficial con los medios de comunicación y la opinión pública en general.

Arenas es un hombre experimentado, con talle político y la labia propia de los buenos hombres de ley, que son capaces de dejar satisfecho al interlocutor sin haber contestado del todo lo que se le preguntó. Tiene, en definitiva, la capacidad de reencuadrar narrativas con garbo.

Resulta evidente que su aceptación al cargo –de subsecretario, cuando tiene un currículum propio de ministro– debe haber venido acompañada de ciertas condiciones, siendo la primera y más lógica el que se deje cumplir a cabalidad la función de un vocero, evitando ser una simple caja de resonancia de minutas, notas o esquemas venidas del segundo piso de la casa de gobierno, concretamente de Cristián Valenzuela, quien lleva ya siete meses con un control porfiado de cada mensaje, declaración o coma que salga de cualquier integrante del Ejecutivo, obsesión propia de quien aún no entiende que la campaña terminó.

Al nuevo vocero se le dio la libertad que necesita quien dialogue con la prensa, sin por ello poner en duda su fidelidad a la agenda del gobierno.

Ahora, además de las circunstancias del día a día, tres son los desafíos que tiene Gonzalo Arenas en sus primeros meses en La Moneda.

En primer lugar, reconstruir el rol de un vocero de gobierno, papel que Mara Sedini voló en mil pedazos en sólo 69 días, con un desempeño que, si bien pudo dejar muchos memes y anécdotas vergonzosas para la sobremesa, generó uno de los daños más importantes en la fallida instalación del gobierno. No hay que aminorar el agujero que dejó en la delicada relación entre política, medios y ciudadanía.

El desafío de Arenas es mayor, aunque con características similares, al de Andrés Chadwick tras Ena von Baer, allá por el 2010. No sorprende que también entonces se debió echar mano a un animal político para reparar el daño generado.

El segundo desafío de Arenas está en llenar el vacío que dejaron para los medios de comunicación y la ciudadanía los 155 días en los que el gobierno se obstinó en que no hubiese vocero o, peor aún, que fuera un biministro y dos subsecretarios los que hicieran comparecencias formales ante la prensa.

Urge reunificar la emisión de mensajes permanentes para los medios y así dar claridad de quien habla por el gobierno y quien habla de carteras ministeriales sectoriales. De este modo, entre otros efectos positivos, se protege al Presidente Kast de impertinencias y pulsiones discursivas de su equipo… y de las suyas propias. La prensa, aunque pueda buscar noticias en todos los rincones del Ejecutivo, necesita de una voz oficial que sintonice y alimente su labor de informar.

Por último, un tercer desafío del nuevo vocero está en alinear en una sola dirección los discursos cada vez más desarticulados de algunos ministros y subsecretarios. Es sabido, hasta por filtraciones de chats en los que sólo hay secretarios de Estado, que el equipo del Presidente Kast tiene grietas y hasta que no se imponga para subsanar aquello con un ajuste ministerial, será Arenas quien mengüe el riesgo que esto implica.

Las salidas de madre de Poduje, el exceso riesgoso de entrevistas en vivo de De Grange y ahora el cuentagotas técnico de Rabat, necesitan tener una voz que sirva de soporte. No es que los ministros deban guardar silencio, claro que no, pero en cuanto especialistas en su área ministerial no pueden quedar a merced de sus excesivas, muchas o nulas capacidades de hablarle a la prensa.

El nuevo vocero tiene al menos estos tres desafíos, pero ya es una buena noticia su llegada, a tal punto que los tres desafíos automáticamente se ven en alguna medida abordados.

Ahora que ya hay -¡por fin!- mensajero, habrá que abordar el mensaje.

Pero ya habrá tiempo de referirnos a ello.  

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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