AGENCIAUNO

América del Sur está pasando por un mal momento político, económico y social, con crisis por doquier dadas, entre otras razones, al mal y descoordinado manejo de la pandemia en la región. Por ello la integración regional es un imperativo para esta zona geográfica bien delimitada, y con enormes posibilidades de generar sinergias y economías de escala para el beneficio de todas sus naciones. Los casos de integración en América del Norte, Europa y el Sudeste asiático son buenos ejemplos de los beneficios que acarrea el trabajo conjunto de largo plazo, con países que se ayudan entre sí ante los desafíos comunes que presenta este sistema internacional cada vez más multipolar y, por ende, más conflictivo, con nuevas potencias revisionistas del orden ya casi caduco impuesto al fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este contexto, en principio, revivir la UNASUR no es una mala idea si preserva sus principios originales, tal y como intentó hacer PROSUR. Pero más allá del acrónimo empleado, lo importante en cualquier institucionalidad regional es tener muy claras las bases por las cuales todos los países concuerdan y se legitiman entre sí y ante sus propios ciudadanos. Si no hay claridad en lo básico, no hay opciones de integración sobre nada, porque cualquier proceso de integración requiere un mínimo de estabilidad política para que la agenda regional pueda rendir frutos y no sea mera retórica vacía. La pandemia demostró con creces la importancia de una coordinación regional para las crisis profundas, como la sanitaria, en donde la discrecionalidad de los presidentes demostró sus falencias ante un desafío que no sólo era nacional, sino que también sudamericano. Inclusive países como Chile, exitoso en esta materia gracias a la oportuna gestión del gobierno anterior, se hubiese beneficiado de una mayor coordinación, así sus fronteras no tendrían que haber estado tanto tiempo cerradas, con todo el costo económico asociado.

El arribo de Lula en enero de 2023 al Palacio de Planalto efectivamente abre el camino a la retomada de la integración regional bajo el liderazgo brasileño, eso es indudable, dado el poco interés demostrado por el presidente Bolsonaro por esta temática. Sin embargo, esto no quiere decir que la derecha esté ausente de este asunto, como sugiere sutilmente la carta pública que connotados políticos de izquierda de la región enviaran recientemente a los doce líderes sudamericanos. Craso error es soslayar el esfuerzo de buena fe que los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñera hicieran con la iniciativa de PROSUR, tendiente a recrear la integración sudamericana perdida por la existencia de un régimen que continuamente se dedicó a torpedear cualquier esfuerzo de integración, y que tampoco contaba con el apoyo mayoritario de los países democráticos de la región. En efecto, el régimen chavista maniobró para que la UNASUR no avanzase en la designación de su nuevo secretario general, ya que temió no poder seguir actuando impunemente dentro de Venezuela, socavando cualquier vestigio de democracia interna. La idea de Duque y Piñera precisamente era la de revivir el espíritu de este organismo, pero sin la participación del régimen autocrático imperante en el Palacio de Miraflores, siguiendo la lógica de la OEA y su Carta Democrática Interamericana. 

Pero la carta del 14 de noviembre simplemente olvida la propia historia de la región y, lo que es peor, termina validando a la dictadura venezolana, mezclando a los restantes once líderes elegidos democráticamente con Nicolás Maduro. Más encima mencionan como ejemplo de integración a la Unión Europea, como si a alguno de los líderes europeos se le ocurriese invitar a Bruselas a la Bielorrusia de Lukashenko. Pero en la UE no izquierdizan o derechizan el discurso de la democracia y el respeto a los derechos fundamentales. Es un piso mínimo. En cambio, esta carta deja la puerta abierta para la incorporación de Maduro a un nuevo proceso de integración regional para enfrentar, como se señala, las amenazas que acechan a Sudamérica, entre ellas, la “regresión autoritaria”. O sea, si los europeos siguieran esta lógica, entonces Lukashenko sería recibido con honores en París o Berlín. Simplemente, grotesco. 

Esta carta es en sí misma una regresión histórica, una invitación abierta a legitimar al régimen chavista y su accionar por más de veinte años. Y si bien se entiende que hay que buscar nuevas soluciones a la crisis política venezolana, no es el camino obviar la complejidad y profundidad del conflicto en Venezuela, que ha causado estragos en la región, como se manifiesta en Chile con la descontrolada migración ilegal. Si lo que buscan sus firmantes es que la región siga siendo una zona de paz, con una “rigurosa política de autonomía”, entonces se debe partir por lo más básico, como es el respeto al sistema democrático, con plena separación de poderes, y elecciones libres y transparentes. Ojalá la carta sea sólo la expresión del torpe voluntarismo surgido del entusiasmo que despierta la figura de Lula, y no, la confirmación del éxito de la diplomacia chavista en relegitimarse a los ojos de la centroizquierda latinoamericana.

*Jaime Pinto Kaliski es Doctor en Ciencia Política.

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