El principal problema social de Chile hoy es el trabajo, o podríamos decir más bien la falta de empleo. En realidad, como sabemos, la nueva cuestión social tiene dimensiones múltiples: el grave problema de las listas de espera en salud, los resultados mediocres en educación, la proliferación de los campamentos y la falta de vivienda, así como la delincuencia y la verdadera “toma” que ha operado en diferentes poblaciones, producto de la consolidación del narcotráfico y el crimen organizado.
A pesar de lo anterior, el problema del empleo se levanta como un tema crucial, que no solo tiene importancia, sino también urgencia. Primero, por un problema cuantitativo, si consideramos los datos de la Encuesta del INE sobre empleo: hoy casi un millón de personas están desempleadas, en una cifra que llega al 9,4% en el trimestre móvil abril-junio de 2026. A ello se suma otro dato: el empleo formal experimentó una nueva caída y el informal continúa incrementándose. Con esta información, Chile completa 42 meses con un desempleo sobre el 8%.
El problema es todavía más grave si consideramos algunas variables específicas. Por ejemplo, el caso de las mujeres, donde las cifras se elevan sobre el 10% de desempleo. El sector que más sufre el problema es el de las personas con educación media, que representa casi la mitad del 9,4%. Sin embargo, desde el año 2025 a hoy, es preciso destacar otra variable: el aumento fue desde el 1,9% al 2,4%, lo que se llama habitualmente los “cesantes ilustrados”. Podemos agregar una dimensión territorial: hoy siete regiones enfrentan tasas sobre el 10% de desocupación (casi todas ellas con tendencia al alza).
De seguir así, como es previsible, Chile completará cuatro años con tasas de desempleo sobre el 8%, lo que transcurre en medio del acostumbramiento y la indolencia. Hoy miramos como un capítulo de la historia los años en que el país disfrutaba casi de pleno empleo, con un crecimiento económico alto y un camino que avanzaba hacia el desarrollo. En 2018 y 2019 las tasas de desempleo eran relativamente bajas: bajo el 7%. En diciembre de 2019 –apenas un par de meses después de la revolución de octubre– los despidos por necesidades de la empresa se incrementaron en un 145%. La situación fue mucho peor después, con la llegada de la pandemia. Sin embargo, volvió a bajar a comienzos de 2022, en torno al 7,5%, pero desde fines de ese año en adelante, los números volvieron a estar mal, sobre el 8% de desempleo, lo que ha continuado hasta el presente.
A todos esos aspectos estadísticos debemos sumar un factor cualitativo: la falta de trabajo implica un serio problema humano y social. Casi un millón de personas quieren trabajar y no lo logran, especialmente porque la economía carece de capacidad para crear empleos. En otras palabras, casi un millón de chilenos no logran desarrollar su vocación profesional; no pueden contribuir al bien común desde sus capacidades, estudios o experiencia práctica; y adicionalmente, no pueden llevar el sustento cotidiano para ellos mismos o para sus familias. Todo esto genera frustración, desencanto y una pérdida de esperanza, tanto a nivel personal como en su comprensión de las posibilidades de la democracia y del orden económico y social para permitir el desarrollo de cada uno de los habitantes de esta tierra.
Chile sigue deambulando entre la decadencia y la mediocridad. Como sociedad, no nos debe ser indiferente que casi un millón de personas no puedan desarrollar un trabajo digno, que les permita ganarse la vida y contribuir al progreso común. La cifra de personas con trabajos informales también es excesivamente alta. En ambos casos, esta realidad debe revertirse, tarea que no solo implica medidas económicas técnicamente bien diseñadas, sino también una auténtica pasión por Chile. Como en todas las cosas relevantes, no basta el excel, sino también el sentido. Cambiar el estado actual de las cosas exige una decisión y una determinación que no hemos visto en los últimos años, para lo cual resulta clave comprender que las personas son el centro de la vida social y política, y que su mayor desarrollo espiritual y material debe ser nuestra preocupación fundamental.
Chile debe asumir esta tarea con auténtico espíritu de cruzada, con un sentido de urgencia que es propio de una gran misión social. Eso podría reorientar el gasto público, las decisiones legislativas, la actividad creadora de la empresa privada y de las propias personas que quieren trabajar y hoy no pueden hacerlo dentro del mercado laboral. Perpetuar esta situación desmedrada solo puede llevar a un futuro más difícil y, me atrevería a decir, a una situación social potencialmente autodestructiva.
El gobierno ha tomado algunas decisiones importantes, que vale la pena considerar. Una de ellas es el Plan Modo Empleo, que presentó la mesa interministerial que se ha conformado para promover el trabajo y que espera crear 50 mil empleos, y luego un plan de infraestructura, pensado para todo el resto del gobierno, que implicaría crear casi 250 mil empleos más hasta el 2030. Como en todas estas cosas, si llega a consolidarse todo ello, será una gran noticia, aunque a algunos pueda parecer insuficiente. Las razones del desempleo son discutibles y hay posiciones en distintos sentidos. No ha faltado quien culpe al gobierno del Presidente Kast del 9,4% de desempleo, e incluso al Plan de Reconstrucción, lo que resulta ridículo considerando que el problema se extiende desde hace varios años. Es decir, la situación es exactamente al revés: son 42 meses con desempleo sobre el 8% (es decir, incluye tres años del Presidente Boric) y sin que existiera el recientemente aprobado Plan. Como es obvio, el problema es de más largo alcance, e incluso el Plan de Reconstrucción podría significar –cosa que veremos dentro de poco– más inversión y más empleo.
Es difícil saber qué pasará exactamente, pero hay señales claras. El deterioro del empleo se debe a razones ajenas a los cambios actuales: por eso algunos mencionan el aumento de impuestos, los cambios en la legislación del trabajo y los aumentos del costo laboral. La revolución de octubre y la inestabilidad generada por el primer proceso constituyente marcaron un claro camino de disminución de la inversión y el empleo. Un ejercicio imposible nos permitiría evaluar las distintas alternativas: por ejemplo, que hubiera regiones con Plan de Reconstrucción y otras sin; algunas con impuestos más altos y otros al revés; en fin, regulaciones distintas para los diferentes lugares. Pero eso no ocurrirá, como es propio de los países unitarios. Lo que sí se puede comparar es el Chile de los últimos diez años con el país que creció durante décadas, desde 1984 en adelante; o con el de los próximos diez, aunque para ello falta mucho y solo podemos explorar, proyectar y esperar.
Con todo, estamos en una coyuntura grave y peligrosa, humanamente destructiva y económicamente mediocre. Con casi un millón de personas desempleadas, debemos pasar de la indiferencia a la acción, de la mediocridad a la recuperación, de la desconfianza a la inversión. El trabajo dignifica, produce, realiza, genera ingresos, permite vivir una vocación profesional y contribuir al bien común. Por lo mismo, quizá la tarea principal del gobierno para los próximos años puede resumirse en dos: la necesidad de que haya creación de empleo y, asimismo, en quitar trabas para todo aquello que dificulta que más chilenos puedan trabajar honestamente por el bien de sus familias y de la sociedad en su conjunto. No hay excusas: la actual generación de políticos, en el gobierno y en el Congreso, no será evaluada por poner más regulaciones al trabajo o por declarar derechos que millones de compatriotas no pueden ejercer por falta de empleo, sino por generar las condiciones para que haya efectivamente más y mejor trabajo.
