Ha surgido de forma inesperada el nombre de una emiratí como posible candidata de consenso para el máximo cargo de la ONU. Se trata de una joven ministra de los Emiratos Árabes Unidos, quien contaría, aparentemente, con la anuencia de EE.UU. y China. Parecieran estarse tejiendo entonces acuerdos mínimos para que esta abogada políglota, con formación británica, pueda concitar apoyos amplios y resolver por fin el espinoso y complejo tema de la sucesión de António Guterres, que tantos damnificados políticos ha dejado en el camino.
Designar al nuevo secretario general de la ONU se transformó estos últimos meses en una especie de cuadratura del círculo, producto del inusual hecho que la carrera por el cargo fue tomada por numerosos y entusiastas políticos cuyo denominador común era su baja envergadura. Ninguno de los aspirantes reunía condiciones para afrontar los retos que se alzan en el horizonte. La sexta ronda de consultas en el Consejo de Seguridad, realizada hace algunos días, fue lapidaria y puso las cosas en su lugar y acabó con el sueño de los siete aspirantes.
¿Había que tener el don del olfato hiperdesarrollado para detectar tal desenlace? Por cierto que no.
Pese a los tremendos y costosos esfuerzos mediáticos y diplomáticos que hicieron para convencer a las opiniones públicas de sus países que su postulación era seria y que ellos/ellas/elles reunían capacidades personales únicas para ostentar el cargo, la verdad es que se trató sólo de juegos quiméricos. Ninguno de los siete iba a evitar el rechazo de las potencias con derecho a veto. Había una coincidencia básica de apreciación: nadie tenía la estatura requerida.
En lenguaje de Patrick Süskind, de ninguno emanaba el “perfume perfecto”.
Ante un fracaso tan rotundo, surgen ahora dos dudas.
Por un lado, a qué se debió esta proliferación tan estridente de aspirantes sin un adecuado curriculum y carentes de verdaderas espaldas políticas.
Por otra parte, qué criterios de selección podrían ser considerados una vez asumido el desastre electoral-administrativo. ¿Se encontró ahora a la persona con el “perfume perfecto”?
El tiempo apremia. Faltan ya pocos días para que termine el mandato del actual secretario general, António Guterres y quien le suceda debe asumir el 1 de enero próximo.
La primera de las dudas da cuenta de la tremenda crisis administrativa y política que vive la ONU. Le falta financiamiento, pero también una visión adecuada acerca de cómo superar el marasmo. El propio Guterres se ha quejado varias veces de que los principales órganos del sistema de la ONU están paralizados. Textual.
La segunda de las dudas apunta a una crisis que intersecta con el incierto panorama geopolítico que predomina a nivel mundial. El multilateralismo, tal cual lo hemos conocido, ya no funciona.
Las principales potencias se encuentran enfrascadas en conflictos demasiado absorbentes y con características tan híbridas que ha desaparecido el trato directo; ese tan propio de las décadas recientes y en el cual subyace el éxito del orden multilateral establecido tras la Segunda Guerra Mundial.
Este es un punto vital. Ocurre que las cumbres entre la URSS y EE.UU. estuvieron siempre marcadas por ese trato directo, por una suerte de confianza no etérea. Con un sentido pragmático, siempre hubo en ambas un deseo de reunirse para acordar cuestiones relevantes y concretas; que, de paso, fuesen relativamente aceptables para una buena parte de la humanidad. Las agendas de dichas cumbres lo demuestran. Reducción de misiles y de ojivas nucleares, inspecciones reales in situ, apertura de relaciones con terceros países, contención de algunos conflictos regionales, intercambio de espías, preocupación por los disidentes y así un sinnúmero de materias claras y precisas. Aquellas más peliagudas, como la crisis de los misiles en Cuba, la de los SS-20 y los Pershing en Europa, la de Suez, las guerras en el Medio Oriente y otras fueron abordadas con lógicas realistas. La identificación de las zonas de influencia estaba clara para ambas partes y las disputas ideológicas se respetaban.
Es cierto que la Guerra Fría registró de forma aislada algunos focos “calientes” en zonas periféricas. En África, Centroamérica, Asia (y en el Chile de los 70, ciertamente). Sin embargo, fue el sentido pragmático de las superpotencias el que les dio cauce a cada uno de aquellos focos.
Aquel espíritu ha desaparecido. El mundo de hoy carece de acuerdos geopolíticos entre las superpotencias. Incluso hay desacuerdos acerca de qué se entiende por superpotencia, por potencias intermedias o por potencia pivote, por potencias regionales. Se asiste a un verdadero caos conceptual, reflejado en conductas estatales erráticas y que alimentan esos deseos irresistibles por hacer valer el peso y poder de manera descarnada.
Siguiendo a Süskind, en estos momentos, de ninguna superpotencia emana un aroma definible. Es como si Jean Baptiste Grenouille -el protagonista de El Perfume– no encontrase un lugar donde aprender técnicas olfativas.
Es claro que este ambiente turbulento provocó el efecto no deseado de que un político/política cualquiera haya creído posible que, con un discurso medianamente armado (aunque fuera percibido anticuado o difícil de llevar a la práctica), podía sentarse en el cargo de la ONU. Siete individuos creyeron tener una varita mágica.
Ocurrió lo inevitable. Sus candidaturas no resistieron el peso de la política real. La raíz de cada fracaso estuvo en sus estrambóticas argumentaciones. Que debía ser una mujer, que debía ser un latinoamericano, que debía ser alguien del Tercer Mundo, que debía estar en sintonía con los puntos de la agenda global, que tenía que tener el apoyo de su país de origen, que debía asumir férreos compromisos con las identidades, con la sociedad civil, con la profundidad de la democracia, etc. Demasiado imaginario en cada aspirante.
El olfato indica que probablemente Trump y Xi han encontrado ahora a la persona idónea para el preciado cargo.
En las próximas semanas ocurrirá lo lógico y deseable. Analizarán el nombre con Rusia e India (más un imprescindible back channel con Israel y Japón) para determinar si pueden generarse compromisos reales y viables en torno a esa persona. Si no resulta -sin aspavientos- buscarán otra.
Uno de los compromisos importantes debería ser reformar desde sus cimientos un organismo tan desfasado en el tiempo.

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