¿Qué hace que un gobierno funcione? No pregunto qué lo hace popular, sino qué es lo que le permite enfrentar los desafíos que se le presentan.

En marzo de 1990 esa pregunta no era teórica. Chile tenía una relación compleja con el comandante en jefe del Ejército, una inflación cercana al 27% y un 38,6% de la población bajo la línea de la pobreza. Cualquiera de esos frentes, por sí solos, podía descarrilar la transición. Todos juntos parecían demasiado.

Mi padre asumió entonces en la Secretaría General de la Presidencia, que ni siquiera era todavía un ministerio. Lo fue con la ley 18.993, publicada el 21 de agosto de 1990, que cumple 36 años en los próximos días. Su artículo primero dice que la Segpres coordina y asesora al Presidente, al ministro del Interior y a cada uno de los ministros, sin alterar sus atribuciones. Coordinar no es mandar. Nunca lo fue. En ese momento no había segundo piso. Con lo cual su rol coordinador fue muy fuerte.

Lo que hacía en concreto, lo vi durante años y me sigue pareciendo lo más difícil de hacer. Escuchaba, y escuchaba al otro. Él me decía que las personas tenemos muy pocos momentos de libertad. Ante lo que te dice otro, tomarse los minutos necesarios de reflexión antes de responder, es ejercer la libertad. No a la reacción sin reflexión. Buscar el lugar de coincidencia en la divergencia. Tomaba notas. Dejaba que cada uno dijera lo suyo completo, incluido el que estaba equivocado, porque sostenía que el que se siente escuchado dialoga mejor. En sus notas ordenaba, separaba lo importante de lo urgente, y recién al final decidía. Antes de negociar una ley hablaba con todos los involucrados, ministros y todo aquel al que le fuera a afectar una determinada ley. Y así llegaba al Parlamento. De ahí salieron los famosos acuerdos, en los que nunca se gana todo, pero la legitimidad se la da el hecho de dialogar y acordar.

Ese método tenía además una traducción institucional, y es lo que explica para qué sirve la Segpres. Se trataba de dotar al gobierno de un organismo que se ocupara de que el Estado llevara adelante políticas eficaces, coherentes y técnicamente bien fundadas, y de desactivar los conflictos antes de que estallaran. En concreto, significaba tres cosas. Que cada ministerio fijara metas y rindiera cuenta de su cumplimiento, un sistema de seguimiento que nació prácticamente de cero en esos años y que quedó incorporado a la gestión pública chilena. Que los asuntos importantes llegaran al Presidente ya procesados, con alternativas estudiadas y posiciones conciliadas dentro del gobierno, de manera que decidiera y no tuviera que arbitrar. Y que hubiera alguien conversando de manera permanente con el Congreso, con los partidos y con las organizaciones sociales, sindicales y empresariales, y no solamente cuando el conflicto ya era noticia. Por eso la clase política, en una encuesta a cuarenta y cinco figuras de gobierno y de oposición, lo eligió el ministro más influyente de la Concertación y lo llamó el arquitecto de la transición. No era un arquitecto de ideas. Era alguien que hacía funcionar las cosas.

Entre 1990 y 1998 el país creció a un promedio anual de 7,1% y el producto se duplicó en menos de una década. La pobreza bajó de aquel 38,6% al 6,5 de la última medición. En 1990 cuatro de cada diez adultos tenían como máximo educación básica y hoy son menos de dos de cada diez. ¿Por qué se logró? No hay misterio. Reglas estables, apertura, disciplina fiscal y una política capaz de acordar. Se logró porque quienes estaban en veredas opuestas entendieron que existía un piso común que convenía no romper.

Ese piso se fue debilitando, y aquí viene lo que no me cansaré de repetir. Las reformas del segundo gobierno de Bachelet, con el Partido Comunista ya incorporado, iniciaron una desaceleración que la inversión registró de inmediato. Y el estallido social y de violencia no salió gratis sino todo lo contrario. El costo no fue solo en dinero para el país, que lo hubo y fue enorme. Fue un golpe institucional a la estabilidad y al prestigio de Chile. Se abrió una época de incertidumbre acerca del lugar en que había quedado Chile, en esos momentos.

El golpe institucional siguió. En noviembre de 2021, a dos semanas de la primera vuelta presidencial, la Cámara aprobó por 78 votos una acusación constitucional contra el Presidente Piñera que el Senado rechazó una semana más tarde. Todos sabemos quiénes la apoyaron. Más incertidumbre. Luego el primer proceso constituyente, con una propuesta mal hecha y carísima para el país, que reconocía once pueblos y les entregaba sistemas de justicia propios. Si con el que tenemos ya andamos mal en parte, por las demoras, por los tráficos de influencias que hemos ido conociendo y por una ideologización creciente, ¿se imaginan once? El segundo proceso fue más dialogante que el primero, pero no fue suficiente, y también fracasó.

¿Cómo es posible que la izquierda, desde la Democracia Cristiana hasta el socialismo democrático, con Carolina Tohá como vocera del Apruebo, se haya perdido tanto? Costos acumulados. Y un gobierno, el de Gabriel Boric, sin plan y sin disciplina fiscal, dejó un legado complejo.

Traigo todo esto porque hoy necesitamos hacer exactamente aquello que entonces funcionó, considerando desde ya las enormes diferencias y el entorno respecto este momento. Coordinar, comunicar y diseñar una estrategia de gobierno acorde a los problemas y desafíos que hay que enfrentar. Y se está haciendo, pero ha habido tropiezos. En estas semanas han salido a la luz algunas descoordinaciones y problemas de comunicación. El requerimiento al Tribunal Constitucional que el biministro del Interior y vocero no conocía es el caso más visible, aunque no el único.

Se discute en estos momentos, el futuro de la Segpres, de la vocería, y esto nos lleva al gabinete actual. Los tres biministros nacieron de circunstancias y no de un diseño. En enero de este año, el designado ministro de Minería anunció su nombramiento antes que el Presidente electo, y esa noche Santiago Montt no subió al escenario, de modo que Minería quedó junto a Economía. En mayo, la salida de la vocera dejó la Segegob en manos del ministro del Interior, y, la salida de la ministra de Seguridad llevó a Martín Arrau desde Obras Públicas a esa cartera, con lo que Obras Públicas quedó junto a Transportes. No digo que esté mal. El Presidente resuelve con las personas que tiene y con la urgencia que lo aqueja. Digo algo distinto, y es que un gabinete se define por estrategia, y esto incluye a los biministros.

Revisar el gabinete, tengo absolutamente claro que es difícil, y que muchos lo ven como un fracaso cuando se hace, sobre todo cuando es en reacción a una dificultad del ministro en cuestión; sin embargo, no creo que lo sea, porque es el resultado de distintas circunstancias. Los medios salen con estadísticas de cuántos cambios de gabinete ha habido, las encuestas opinan y se arma un debate complicado que desordena, cuando en realidad se trata de reordenar.

Pero no debemos perdernos. Debemos estar todos de acuerdo en que, en este momento del mundo y del país, la estrategia ministerial debe responder a los desafíos y problemas que se deben resolver.

«Chile no es un país minero. Chile es una auténtica potencia minera», afirmó el biministro de Economía y Minería, Daniel Mas, durante el seminario La carrera por los seis millones de toneladas, más producción, mayor productividad y más valor para Chile, organizado por Clapes UC en la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile. El sector explica alrededor del 13% del producto y cerca del 60% de nuestras exportaciones, y seguimos siendo el primer productor mundial de cobre. Pero la producción cayó desde 5,8 millones de toneladas en 2018 a 5,4 millones el año pasado, y en litio terminamos terceros, detrás de Australia y de China, teniendo la cuarta parte de las reservas del planeta. Necesitamos recuperar las más de quinientas mil toneladas que perdimos, cruzar la barrera de los seis millones y no perder las posiciones de liderazgo que todavía tenemos. ¿Quién se levanta todas las mañanas pensando en eso? Un país así necesita un ministerio de Minería con el más minero de todos adentro y a jornada completa.

Por otra parte, está el Ministerio de Economía, Fomento y Turismo, que impulsa la innovación y la transformación digital en los sectores productivos, promueve el desarrollo de la industria turística y resguarda la libre competencia y los derechos de los consumidores en los mercados. Tiene dentro de sus responsabilidades la economía, la pesca y la acuicultura, la Corfo y las micro, pequeñas y medianas empresas, que son las mayores generadoras de empleo en el país. Es estratégico, sobre todo en momentos en que el desempleo ha aumentado a niveles riesgosos, acecha a los jóvenes que no consiguen su primer trabajo y a las mujeres. La Inteligencia Artificial amenaza con la destrucción de puestos de trabajo. La informalidad es otro gran problema. Junto al Ministerio del Trabajo cumplen un rol fundamental frente a uno de los problemas más grandes que enfrentamos como país, la falta de empleo y la informalidad, con las consecuencias que ello tiene en la vida de las familias y en la recaudación de impuestos, que sostienen los planes sociales. La economía debe crecer, las inversiones deben llegar, y no dudo de que la Ley de Reconstrucción da un gran paso, pero no es lo único.

La obra pública y la construcción son motores importantes para la recuperación del empleo, y hay una agenda esperando que es la de las alianzas con otros países, los trenes veloces y la infraestructura que fue precisamente lo que distinguió al gobierno del Presidente Frei. ¿Puede manejarse junto con Transportes? Sin ser especialista, y con todo el respeto por quien lo está haciendo, me animo a decir que no.

Del mismo modo opino que se debe mantener la Segpres en su rol de coordinación. También la vocería, que requiere a alguien excelente en formación, en experiencia y en capacidad de oratoria, porque el lenguaje tiene un poder enorme y reconocerlo es fundamental para llegar a la gente con la mayor claridad posible. El ministro Alvarado es un gran ministro y ha llevado a cabo una excelente tarea junto al ministro García Ruminot. Pero el vocero debe tener otro perfil. Quien conduce el ministerio de Interior, es jefe de gabinete y asume en la ausencia del Presidente, además de la relación política, no puede explicarle al país todos los días, en detalle, lo que el gobierno decidió.

Hay carteras donde la conducción se ve, y también hay que decirlo. Chile necesita empleo y crecimiento, y el ministro Quiroz es un gran ministro, tiene la tarea y estrategia clara, y se reconoce su temple y capacidad de trabajo.

Chile necesita resolver el enorme desafío de la seguridad con todas sus aristas, el crimen organizado, el robo, los homicidios, los crímenes contra carabineros, y al ministro Martín Arrau se le ve fuerte, decidido y detrás de un plan robusto.

¿Resuelve algo eliminar ministerios? Me parece que no. Un gobierno no se traba por tener muchos ministros, se traba cuando nadie sabe con certeza dónde se decide. Hoy conviven el segundo piso, el comité político, el comité político ampliado, la SEGPRES y las reuniones de ministros con el Presidente. Dos instancias no pueden coordinar la misma materia, porque entonces ninguna coordina y cada una supone que la otra avisó.

Los grandes ahorros deben estar en revisar la enorme cantidad de gente que trabaja en el sector público, en la reforma del estatuto administrativo, en la modernización y eficiencia del Estado. Las auditorías y la revisión de planes son parte del camino.

Queda algo de lo que se dice poco. La oposición es responsable de los mismos problemas que hay que resolver. No están mirando una película sin ser parte, para volver a gobernar cuando termine. Son parte hoy, en el rol de la oposición. Bloquear no es la forma ni la respuesta. Ojalá encuentren su rol en la historia que les toca en este momento, para ser parte de la solución de los problemas.

Porque somos lo que hacemos. No lo que anunciamos, ni lo que prometemos, ni lo que declaramos indignados. Chile fue lo que hizo en los treinta años, cuando personas que desconfiaban entre sí se sentaron, a pesar de las diferencias, a construir un piso común, y fue también lo que hizo cuando decidió romperlo. Un gobierno es lo que hace cada mañana, en reuniones que nadie ve, donde alguien escucha a todos, toma nota, ordena y decide. Y luego, se le comunica a la población.

Will Durant decía, “Somos lo que hacemos repetidamente, la excelencia no es un acto sino un hábito». Hagamos entonces de la buena política, un hábito.

Economista. Ex embajadora de Chile en Uruguay

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1 Comment

  1. Muy sincero el análisis, con el cual concuerdo …. Lamentablemente con las posturas de los 2 extremos que hoy existen, se ve difícil llegar a consensos …. Ojalá el actual presidente tenga el temple para conducir al país por el camino que ya trazó y por el cual se le eligió ….

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