Lograr la anhelada y prometida mayor seguridad ciudadana está resultando mucho más difícil de lo esperado por los chilenos. Nuevos eventos de esta semana lo ponen en evidencia, mostrando además la participan jóvenes y adolescentes escolares en los asaltos, robos y actos de violencia, tanto dentro de las casas como en las calles y otros lugares públicos. Es el momento de mirar más ampliamente y en profundidad nuevas medidas para terminar con este flagelo nacional.

Este no es un problema que se resuelve solamente con más castigos y cárceles. Tampoco con medidas burocráticas como aprobar leyes para crear nuevos ministerios. Necesitamos entender el origen más profundo del actuar violento de muchos y cada vez más individuos, especialmente jóvenes, y cambiar las condiciones que forman personas de manera tal que las llevan a esa manera de actuar violenta. Hay hábitos y conductas humanas que son las causas de base de las acciones violentas. Tiene que ver, además, con emociones prevalecientes, que también tienen orígenes que se pueden identificar. En este sentido puede hablarse de un cierto comportamiento social o una cultura específica cada vez más prevaleciente. Si es así, hay que actuar también sobre esas condiciones generativas de acciones violentas. ¿Cuáles principalmente?

Propongo aquí que las más fundamentales son dos entendimientos, ideas (ideologías) o interpretaciones y conductas asociadas a ellas que están interrelacionadas: primero, el de que es legítimo imponer nuestra voluntad sobre los demás a toda costa, incluyendo el uso de la violencia, amenazas y extorsiones. La segunda condición, es el entendimiento y actuar orientado a tener más bienes, dinero, fama o prestigio como el principal medio para protegerse, ganarle a los demás y así ser feliz.  Parece de Perogrullo o un simplismo, pero estas conductas se aprenden en la niñez muy temprana dentro de las familias y es parte de la cultura y el tipo de sociedad en la cual vivimos.

Es triste constatar que esas conductas y condiciones prevalecen en todas las clases o grupos sociales, desde los más ricos a los más pobres. Pero sostengo que actualmente son más fuertes y dañinas entre los grupos más vulnerables en las poblaciones de centros urbanos grandes. Se observan crecientemente en los colegios públicos, tanto estatales como subvencionados. Allí, cada vez más, los jóvenes estudiantes no saben cómo resolver sus diferencias si no es con peleas. O sea, es un problema de no saber convivir (vivir juntos) de otra manera con personas diferentes, si no es recurriendo a la violencia. Recuerdo ahora el caso en una escuela donde, al sentirse herido un alumno porque otro “le levantó la polola”, atacó violentamente al compañero con un cuchillo, terminando en una pelea de decenas de estudiantes (hombres y mujeres), que incluyó apoderados y terminó con Carabineros, personas heridas y detenidos. Las escuelas, los profesores y directivos no están en condiciones de controlar solos y cambiar esas conductas. Están angustiados y con mucho miedo.

Desde antes de aprender a hablar y mucho antes de entrar a la escuela, niñas y niños aprenden de violencia en la televisión. Son educados más por la TV que por los padres. Además, son formados por la publicidad que impulsa en demasía al consumo con frases engañosas sobre dónde encontrar la felicidad. Además, hoy las redes sociales facilitan y extienden todos eso a medida que los niños crecen. Por último, esto se ve agravado por las condiciones de hacinamiento en las viviendas, que agrega stress y dificulta el dormir bien y descansar. De aquí asimismo las crecientes enfermedades mentales.

Lo que postulo entonces es que la inseguridad ciudadana y violencia que nos afecta tiene que ver sobre todo con conductas e interpretaciones adquiridas desde muy niños y heredadas de padres y de la sociedad entera, que se relacionan con no haber aprendido, ni tenido la experiencia ni practicado formas sanas de convivir entre los seres humanos que somos. Considero, además, que es utópico o poco realista pretender cambiar esas interpretaciones y conductas sólo mediante castigos cuando adultos e, incluso, mediante la educación en las escuelas y exhortaciones diversas, sean religiosas o laicas.

Propongo ensayar restituir algo muy simple que hemos perdido como forma de enseñar y aprender a convivir: un espacio adecuado donde desde muy pequeños los niños y niñas se encuentren entre sí para jugar, pelearse por los juguetes, empujarse y también volver a reconciliarse espontáneamente. Esto ocurría por sí solo en las familias antiguas de muchos hermanos. También en los patios grandes en las casas de campo. En los pueblos chicos, o cuando se jugaban pichangas en la calle con los amigos de la cuadra. Allí se aprende a convivir; imposible estando solo en la casa frente a la tele. El espacio que propongo es muchas más plazas públicas en las poblaciones de modo que ninguna casa tenga un área verde con algunos juegos, árboles y bancas que esté a más de 10 cuadras de su casa.

El Presidente Kast anunció en su reciente Cuenta Pública un “Plan de intervención intensiva en barrios críticos”.  Plantea sólo copamiento con policías, allanamientos, etc. Ojo, que fue la medida con más aprobación ciudadana entre todas las anunciadas (92%). Por encima de Registro de vándalos (87%) y más cárceles (82%). Propongo ampliar esa medida a “Construir plazas públicas cercanas”.

Esta medida se incluyó en el programa de gobierno de la candidata presidencial Carolina Goic el 2017 y despertó mucho interés en los sectores poblacionales en tiempos en que los problemas de seguridad y convivencia eran mucho menores que ahora. Se estudió el costo de construir 400 nuevas plazas en cuatro años, lo que se demostró perfectamente viable. Este espacio no permite extenderse en todos los beneficios, costos y posibilidades de esta política pública. Espero poder hacerlo en el futuro, pero permítanme resumir sólo algunos puntos aquí.

Entre los beneficios están abrir espacios naturales donde la gente del barrio se encuentre, lleve los niños a jugar y aprendan a convivir, los adultos disminuyan su stress cotidiano con el contacto con la naturaleza y con sus hijos, los ancianos puedan tomar sol y caminar, donde se fomente el ejercicio corporal para mejorar la salud de todos. También para lograr mayor seguridad en los barrios, al aumentar la iluminación, ocupar sitios baldíos y permitir que los vecinos se conozcan más.

Sobre todo, se trata de que niños y adultos adquieran la experiencia de otro modo de sentirse bien y ser feliz. La que surge de estar en la naturaleza, escuchar los pajaritos cantar, sentir la tibieza del sol, oír a los niños jugar alrededor. Descubrir el efecto sanador de la quietud y el silencio. Soltar la idea equivocada que recibimos prevalecientemente hoy de cómo estar bien y ser feliz.

Es una política de bajo costo, intensiva en mano de obra que genera numerosos empleos en la construcción y mantención. Se pueden construir gradualmente. Permite reducir la desigualdad de acceso a plazas públicas entre familias ricas y pobres. Hoy el 70% de los vecinos en Las Condes o Vitacura tienen una plaza a menos de 10 cuadras de su casa; en cambio, sólo 15% en La Cisterna. Comunas como Providencia y Ñuñoa tienen entre 6 y 8 metros cuadrados (m2) de áreas verdes por habitante; Pedro A. Cerda, Quinta Normal y La Cisterna tienen menos de 2 m2 por hab.

Por último, desarrollar programas como este no requiere pasar nuevas leyes ni esperar largos estudios previos. El Estado chileno tiene experiencia en estos programas locales con la participación de vecinos y cooperación local entre municipio, gobierno regional o nacional y empresas. Por ejemplo, los de “Pavimentación participativa” del Minvu. Y existen ONG privadas operando hace mucho, con una efectividad comprobada, en la construcción de plazas en poblaciones (e.g. www.miparque.cl con 400 entregadas).

En síntesis, hay que hacer muchas cosas para reducir la inseguridad ciudadana, la delincuencia y la violencia en Chile. No olvidemos entre ellas, cambiar las condiciones de vida familiar, de hacinamiento habitacional y de desamparo personal de niños que crecen solos, formándose como personas por las películas violentas de la tele y los celulares. Además de salas cuna y más jardines infantiles, probemos abrir muchas pequeñas plazas públicas donde desde muy chicos los niños aprendan espontáneamente a convivir con respeto mutuo.

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1 Comment

  1. Gracias, estoy de acuerdo que se trata de que todos aprendamos a convivir y eso crece en las plazas y lugares públicos; y, agregaría que se trata de aprender a ponerse de acuerdo en la convivencia civilizada y no es someterse al matonismo de unos pocos, ni en las plazas ni en la calle. Las escuelas tienen un rol esencial y necesitan un marco pacífico; primero hay que consensuar La Paz, NO A LA VIOLENCIA en ninguna de sus formas, ni bilingüe, ni matonaje sino que caminos eficaces para hacer y mantener acuerdos pacíficos. Un de mis nietos, como cientos de niños, sufrió matonaje. Después que pidieran atención y ayuda al colegio, hablamos con él para animarlo a NO ACEPTAR VIOLENCIA, incluso en defensa propia como derecho y a pesar del riesgo social con sus otros compañeros que, manipulados por el matón, lo marginaran. Le insistimos que podía golpear si lo golpeaban, él no debía iniciar pero no debía aceptar ni empujones ni ninguna agresión física. Él se preparó sicológicamente, seguramente ideó su estrategia contando con el flanco de apoyo que tenía. Cuando llegó la hora, supo sorprender al matón con un sólo golpe y todo cambió para siempre; ganó que lo respetara el matón y con ello su espacio y su permanencia en su grupo y su colegio. Además de plazas, colegios “pacíficos”.

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