Hace no mucho publiqué en este espacio una columna que titulé “Saber ser débil”, evocando la frase de Tsun Tzu: “Si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser débil, serás derrotado”. Me referí allí al hecho que un nuevo orden mundial ha comenzado a tomar forma a partir de las acciones de Donald Trump desde que inició su segundo mandato, acciones orientadas por el principio “si no puedes oponerme una fuerza a lo menos equivalente a la mía, debes resignarte a sufrir mi designio”.
Esa actitud, que el Primer Ministro canadiense Mark Carney definió en Davos 2026 como la “lógica de Tucídides”, se levanta desde una realidad indiscutible: no existe otro país en el mundo que sea equivalente a Estados Unidos ni económica ni militar ni tecnológicamente. Por eso Donald Trump habla y procede como el jefe de una potencia dominante que no necesita de las instituciones internacionales creadas luego de la II Guerra Mundial ni de acuerdos o tratados que hayan suscrito sus antecesores. Por ello no se da el trabajo de buscar una validación del Consejo de Seguridad de la ONU antes de atacar un país sin declararle siquiera la guerra, como está ocurriendo con Irán. O ignora Tratados como el de Libre Comercio que lo obliga con Chile desde el 1 de enero de 2004 y que, desde el 1 de enero de 2015, estableció que el 100% del comercio de bienes entre ambos países quedó libre de aranceles. Y todo esto lo hace agregando el toque personal de la descortesía y de un lenguaje matonesco que no se había escuchado de un presidente norteamericano quizás desde que Theodor Roosevelt resumió su política internacional con la expresión “habla suavemente, pero lleva un gran garrote”.
En ese escenario, la única potencia -todavía menor en comparación con Estados Unidos- que puede parársele enfrente, que es China, ha actuado con pragmatismo, como quedó demostrado luego que de la pomposa recepción que Trump le brindara al líder chino Xi Jingpin, éste solo obtuviera una postergación de la tregua arancelaria hasta enero del próximo año. En el mismo escenario es igualmente comprensible y plausible la actitud de Canadá y la Unión Europea, que buscan una unión de fuerzas entre las que Mark Carney definió como “potencias intermedias”.
Los únicos que no tienen espacio para buscar formas de actuación que puedan impedir o aminorar importantemente cualquier decisión unilateral de Estados Unidos son los países pequeños como Chile. Para decirlo en breve, en el actual escenario internacional y siguiendo la sabiduría milenaria de Tsun Tzu, países como Chile deben aprender a ser débiles.
En el catálogo de actitudes posibles de un país débil, seguramente caben las mismas que se le ofrecen a cualquier persona pequeña obligada a convivir en el mismo espacio con un matón gigantesco y fuerte. En primer lugar, cruzar los dedos esperando que el poderoso dirija su atención hacia cualquier otra parte menos hacia el lugar en donde está uno; y también la muy elemental actitud de no parársele enfrente y “echarle la choreada”. La actitud inteligente en este contexto es tratar de pasar desapercibido, sin elegir bando en contra o a favor del grandote, procurando con inteligencia satisfacer las necesidades e intereses propios.
Pero no ha habido suerte. Estados Unidos hizo pública a fines del año pasado su nueva Estrategia de Seguridad Nacional (estrategia de Trump en realidad) que, en el plano geográfico, situó en el primer lugar de sus prioridades al “hemisferio occidental”, esto es al conjunto de las Américas. Es decir, la mirada del grande y poderoso se dirigió hacia el lugar en el que estábamos los pequeños y débiles y con ello la posibilidad de pasar desapercibidos se esfumó. Y la primera situación que produjo ese nuevo escenario es la invitación que Estados Unidos ha hecho a los países de la región a integrar su iniciativa “Escudo de las Américas”.
En mi modesta opinión, la única posibilidad objetiva de analizar el desafío que para Chile representa adherir o no a esta iniciativa es en el marco del escenario que he tratado de describir antes. Creo, sin embargo, que es el único que no se ha tenido en cuenta al hacer ese análisis y, más específicamente, tampoco se ha tenido en cuenta cuando se ha criticado la decisión del gobierno de José Antonio Kast de adherirse a él.
El objetivo principal, declarado, de la iniciativa, es la coordinación de capacidades en la contención y eventual eliminación del crimen organizado en el continente. Se trata de un objetivo que no puede menos que ser apoyado por todos, incluso reconociendo que la expresión “coordinación” no puede ocultar que el proceso va a ser conducido por Estados Unidos. Rechazar la invitación, considerando que ha sido ya aceptada por quince países de la región -y en un futuro próximo por Brasil si Flavio Bolsonaro gana la segunda vuelta- y, sobre todo, por nuestros vecinos Argentina, Bolivia y Perú, habría sido casi negligente de parte de nuestras autoridades, así como un desafío innecesario al grandote del barrio.
Pero no es eso lo que se ha criticado al gobierno, sino el hecho que la Declaración que inauguró oficialmente al “Escudo” contenga compromisos ligados a la protección de cadenas de suministro de «minerales críticos» e infraestructura digital administrada por «proveedores confiables», así como una referencia explícita al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que es un tratado de asistencia militar. Cada uno de esos compromisos podrían justificarse desde la perspectiva del combate al narcotráfico, pero, viniendo de quien vienen, hacen razonable la aprehensión de quienes critican.
¿Es necesaria una coordinación multinacional para enfrentar la amenaza del crimen organizado que ya actúa transnacionalmente? Sin duda que lo es. Dada la redacción del texto del “Escudo” y dadas las características del gobierno actual de los Estados Unidos, ¿es razonable temer el uso de ese compromiso colectivo con fines que favorezcan la condición hegemónica de ese país? Sin duda que es razonable. ¿Cuál debería ser, entonces, la actitud sensata, en esas condiciones, de un país débil que se enfrenta al país más poderoso del mundo y a la posibilidad de coordinar esfuerzos con todos sus vecinos para enfrentar al crimen organizado?: en mi opinión y siguiendo a Tsun Tzu, no desafiar al grandote del barrio rechazando su propuesta, ni darles la espalda a los vecinos y sí usar esa coordinación en la medida de lo posible para satisfacer nuestras necesidades y proteger nuestros intereses. ¿Pero si el grandote abusa y quiere usar la coordinación más allá de sus objetivos originales o para favorecer su condición hegemónica? En ese caso, cuando un compromiso se incumpla o si se intenta obligarnos a actuar en contra de lo que sean nuestra conveniencia o derechos, la única y última opción va a ser siempre hacernos fuerte en nuestros principios: los principios de autonomía y soberanía nacionales.
Por ello, no tengo duda que, si las aprehensiones llegaran a confirmarse, quienes hoy pueden entender las condiciones por las que el gobierno aceptó adherirse a esa iniciativa, le exigirán a éste sin vacilar que rechace los abusos y retire esa adhesión.
