«Los diagnósticos errados llevan inevitablemente a malas respuestas». Es una de las conclusiones que plantea Óscar Guillermo Garretón en una carta abierta dirigida a Carolina Tohá, a la que El Líbero tuvo acceso.
El economista y exmilitante socialista señala que es un error pretender ver el proceso de la izquierda como un continuo, por el contrario, fueron una serie de cambios lo que experimentó el sector, en particular, el PS, y que lo llevó a lugares de poder en las últimas décadas. La ruptura con la UP, la renovación socialista, son muestras de aquello. Más que continuidad o cambios en las herramientas, se necesita, dice Garretón, otro desafío: «Hay taras profundas en el pensamiento de izquierda que deben enfrentarse trasparentemente para salir del pantano».
A continuación, lee el texto completo de Óscar Guillermo Garretón:
El sábado 3 de octubre, Carolina Tohá publicó en La Tercera un artículo titulado “El socialismo después de Escalona”. Es un aporte valioso a una discusión imprescindible en la izquierda, cuya ausencia viene lastrando su capacidad para dar respuesta apta a los anhelos populares, desde que se agotaron los años exitosos de gobiernos de la Concertación. La verdad es que aquellos han sido seguidos por sucesivos fracasos de las izquierdas oficiales de distinto tipo que, curiosamente, han hecho su vida viéndose como alternativas unas de otras y, al mismo tiempo, compartiendo responsabilidades de gobierno, que han abominado de la Concertación, aunque más recientemente, queriendo reivindicarla… algunos.
Carolina ha buscado en su escrito proyectar una continuidad en esta historia. Escalona sería la figura de las cuatro buenas renovaciones vividas por la izquierda “por casi cuatro décadas”: la valoración de la democracia, el cuidado de la institucionalidad, la gradualidad en el cambio, o sea, de reformas no revolucionarias, la necesidad de mayorías sólidas para cambios sostenibles.
Cuatro décadas, 40 años es tomar como un continuo todo lo ocurrido desde 1990 o poco antes, hasta ahora. Y eso no es lo ocurrido, sea en la izquierda con todas sus variantes o sea sólo en el PS. Sus historias han sido de rupturas y ellas se remontan a más de cuatro décadas si queremos ser veraces.
Si bien esas rupturas ya estaban presentes en tiempos de la UP y el PS de entonces daba cuenta de ellas, la coalición UP tuvo sellos claros expresados en su Pacto de Gobierno y su Programa; ambos firmados por todos los partidos. Sus sellos son: una alianza sólo de izquierdas, con un programa radical que incluía nacionalizaciones en todos los sectores (minería, industria, comercio, banca, etc.), una reforma agraria masiva, visión estatista del futuro económico, identificación con el mundo socialista que encabezaban la URSS, China y Cuba en América Latina; en síntesis, el programa UP, firmado por todos los partidos, aunque hubiera más o menos moderados en sus filas, era un proyecto revolucionario, refundacional.
Más tarde, si algo hizo la renovación socialista ante de los años 90, fue preparar nuevas formas de concebir el gobernar a partir de una crítica sin anestesia a todo lo hecho durante la UP y a lo aprendido de las experiencias en especial del eurocomunismo y la socialdemocracia europea. La renovación socialista fue la gran ruptura que cambió el pensamiento de la izquierda chilena. A diferencia de lo que podría interpretarse de Carolina, Escalona terminó sumándose también a ella de una manera notable y consecuente, pero no la originó. Él fue parte del sector almeydista que expulsó a los renovadores que encabezaban Altamirano y Arrate en la RDA y concurrió más tarde a la formación del MDP junto con el PC y la parte más ortodoxa y continuista de la ex UP. Mientras, la renovación se estructuraba en torno a figuras donde aparte de Altamirano y Arrate, destacaban Briones, Ricardo Núñez, Marcelo Schilling, sobre todo Ricardo Lagos y otros que concurrimos a la formación del PPD liderado por Lagos. Esa ruptura tuvo dimensión electoral en las elecciones parlamentarias de 1989. Hubo listas aparte y para evitar dividir votos, en unos lugares fue el MDP convertido en Pacto PAIS y en otros el PPD. Pero los resultados fueron apabullantes. El PPD obtuvo 16 diputados y 4 senadores mientras PAIS obtuvo 2 diputados y ningún senador. Ganó la discontinuidad con la UP en el electorado de izquierda.
Eso zanjó de inmediato la unidad del PS en diciembre de 1989, encabezado bajo presidencia renovada de Jorge Arrate, en acto al que concurrió también el Mapu.
Ese PS en proceso de unificación fue el que entró al gobierno de coalición de Patricio Aylwin. Su electorado optó abrumadoramente por el socialismo renovado. En cambio, la mayoría de su militancia provenía del almeydismo, entre ellos, Escalona que encabezó la corriente Nueva Mayoría identificada como la más de izquierda. A poco andar se sumó al PS la Izquierda Cristiana encabezada por Luis Maira que también había sido parte del MDP.
Tiene razón Carolina de que muy pronto el PS asumió la renovación como conjunto y que Escalona fue un gran dirigente de ese PS. Sin embargo, ni en el PS y menos en el conjunto de la izquierda, el pensamiento renovado era compartido masivamente. Por cierto, no lo compartía el PC; intelectuales destacados como Tomás Moulian lo cuestionaron y con el paso del tiempo, sus propios éxitos lo desgastaron en el seno de la izquierda. En ese proceso de desgaste, hay dos errores cometidos por el sector renovado que pesaron en el futuro del PS. El primero es que, quizás por respeto a la figura de Allende y consideración a las diferencias iniciales entre sus vertientes PPD y MDP, nunca se educó a la militancia de manera clara que la renovación había sido un cuestionamiento radical a la UP y su política. Todo lo que Carolina describe como claves del pensamiento que ella identifica con aquel de Escalona, es la antítesis de la UP: la valoración de una democracia de acuerdos y la institucionalidad, la búsqueda de construir mayorías y por ende aliarse con la DC (adversario en tiempos de la UP), la adopción del gradualismo reformista y el rechazo a la ruptura revolucionaria y a la violencia; el reconocimiento a una economía de mercado con rol determinante del sector privado. Parece obvio, innecesario de educar en ello, pero las culturas que han echado raíces no siempre lo asimilan. Lo concreto es que no se educó a la militancia en ello y no se diferenció entre el reconocimiento a Allende y la crítica a la UP. El segundo error, hermano del primero, es que nunca se dijo claramente que la política de gobierno era compartida por su élite gobernante, incluida aquella de izquierda; en cambio se insistía habitualmente que no se podía hacer más “por los amarres de la dictadura”. Amarres que existieron sin duda, pero hubo un punto esencial que creo no compartimos con la militancia como se debía. Sacar 5 millones de la pobreza no es posible de implementar simultáneamente con una política de redistribución igualitaria. La primera exige promover prioritariamente el crecimiento para generar actividad, empleo y recursos públicos cuya generación dependen decisivamente del sector privado. La redistribución igualitaria, prioriza la redistribución y siempre genera resistencia empresarial que frena el crecimiento. Eso lo sabíamos todos y se optó conscientemente por la primera alternativa: sacar a millones de la pobreza, clave del cambio social que representaba el paso de dictadura a democracia. Fue una decisión justa y consecuente.
Así las cosas, la renovación tuvo raíces débiles y se fue marchitando. La cultura histórica de izquierda recuperó espacio en el escenario. La alianza con el PC de tiempos UP se hacía añoranza más fuerte, el querer cambios económicos de índole estatista y redistributivo también cobraba fuerzas impulsado por el nacimiento de una nueva clase media que aprendía a ver la desigualdad y quería ir más allá de una prosperidad precaria, de poca protección social y amenazada de vuelta atrás. El terreno se hizo más fértil para planteamientos que reclamaban refundaciones radicales, rechazos al “neoliberalismo” o al “lucro” y reclamos identitarios (ej: de género, sexuales, indigenistas, ecológicos, etc.). Otra vez, meter todo esto en el mismo saco de “cuatro décadas” además imputadas a Escalona, no parece una buena versión de la historia. Y los diagnósticos errados llevan inevitablemente a malas respuestas.
Vienen así los años que cubren todo el período de los gobiernos entre Bachelet II y Boric. Lo digo así porque fueron los años en que se fraguó el progresivo retorno a un gobierno más propiamente de izquierda que de coalición mayoritaria estable, de lógica crecientemente refundacional hasta el plebiscito constitucional, execrador de la Concertación y de resultados francamente pobres para las mayorías. Bachelet con su ministro Arenas gestaron la crisis tributaria y de inversión que no se recuperó hasta ahora; la crisis de educación con sus “patines” y su ataque a la educación subvencionada; la demanda constitucional que culmina después en la Constituyente y el llamado a votar Apruebo; la incorporación del PC al gobierno; la fragmentación del sistema político; y la apertura de espacio gubernamental y electoral al naciente Frente Amplio. Son años de indiscutible discontinuidad.
Atribuir a Camilo Escalona alguna responsabilidad en este período descalabrante sería absolutamente injusto. Fue dirigente PS, pero cuestionado; y con otros como responsables principales de la conducción. Tampoco tuvo cargos de gobierno. Fue leal a su partido y sus opciones, pero ni fue la clave de las decisiones internas del PS, ni el PS fue clave en la oposición a Piñera II y menos en el gobierno de Boric. El PS, inicialmente dejado fuera del triunfo electoral de Boric, jugó luego en el “segundo círculo” del gobierno y terminó satisfaciéndose con ser aportador de capacidades de gestión para una dirección política que en lo grueso estaba fuera de él.
Esta izquierda post-concertación hegemonizó el período completo -sea como gobierno o como oposición de radicalismo implacable a Piñera II- incluyendo el “estallido” y el plebiscito constituyente. Y, por ende, es responsable del Chile que resultó de estos largos años. El líder de este período no fue Escalona. Fueron otros: Bachelet, Boric, Jackson, Vallejo, Carmona, Carolina Tohá y en el PS, Elizalde.
Pues bien, el resultado de este largo período está en cifras y su daño no termina con él, se prolongará por años: la tendencia sistémica a un bajo crecimiento, el alto endeudamiento público y los desequilibrios fiscales, el carácter estructural de la crisis de empleo que vivimos, así como las crisis presentes en salud, educación, vivienda, probidad y en orden y seguridad.
En ese sentido, creyendo muy valioso el debate de ideas planteado por Carolina Tohá, cuestiones que ella prudentemente califica como “interrogantes” que se abren sobre el “proyecto de sociedad” o sobre la gestión del Estado y repartición “mejor de los frutos” en la economía, siento que exigen ir más allá. No basta con decir que las cuatro ideas de la renovación que ella asocia con la figura de Escalona “siguen teniendo fuerza y vigencia”, aunque no está demás insistirlo luego de más de un decenio de cuestionamiento de ellas por toda o parte de la izquierda. Tampoco es suficiente constatar que “las herramientas para llevarlas adelante no pueden ser las mismas”. No sólo hay realidades nuevas como hace bien en constatar Carolina. Hay taras profundas en el pensamiento de izquierda que deben enfrentarse trasparentemente para salir del pantano.
Por ejemplo. No es por azar que la izquierda de índole revolucionaria, refundacional, carece de modelos exitosos de economía que mostrar en algún lugar del mundo. No existe uno solo. Por cierto, algunos lo excusaran diciendo que los han boicoteado. Pero si nunca han sido capaces de vencer el boicot sus recetas no sirven, son revolucionarios impotentes. Todos han fracasado. Los únicos exitosos que yo reconozco son aquellos que renegaron de “los principios” con que se construyó el pensamiento clásico de la izquierda revolucionaria: propiedad estatal de los principales medios de producción y planificación central estatal. Solo han sido exitosos, China que optó por una economía capitalista de Estado, la socialdemocracia que optó por democracia liberal y economía regulada de mercado y, con el perdón de algunos, la economía de mercado del período concertacionista en Chile.
Para enfrentar los desafíos que bien describe Carolina, es necesario asumir una economía de mercado, sujeta a regulación para impedir las imperfecciones y desvíos de una sana competencia, o sea, una economía capitalista. Y en el sistema político, una democracia liberal permanente, donde se rechace la violencia y se asuma plenamente el monopolio de la fuerza por parte del Estado democrático, que rechace categóricamente la toma violenta del poder bajo cualquier forma de dictadura, sea militar, fascista o del proletariado. Sin abordar este desafío la izquierda vivirá en la respuesta a medias, de idas y vueltas, de ambigüedades y reproches internos. Es muy fuerte reconocer este lastre, no ha tenido el coraje de hacerlo y la consecuencia es que en tanto no lo haga, será una izquierda fracasada.
O sea, no basta con nuevas “herramientas”. Son cambios ideológicos y programáticos de máxima profundidad que apuntan a poner fin a pensamientos acendrados en la izquierda desde los escritos de Marx y Lenin; vistos además como los únicos “científicos”, superiores a ese resto que se califica de “socialismos utópicos”. Luego de lo ocurrido en el siglo XX y lo que va del XXI, ya tenemos medida de cuáles han sido los socialismos tristemente utópicos.
Hay un segundo desafío ideológico de envergadura que enfrentar. La democracia es incompatible con la “toma del poder” y la “dictadura del proletariado”. No es un asunto del fin de los tiempos. Lo entraba todo, día tras día. Las tentaciones de “toma del poder” han rondado a parte de la izquierda en estos años. Especialmente durante el “estallido” con ilusiones desestabilizadoras del gobierno de Piñera, pero más constantemente aún, por la resistencia de entregar el monopolio de la fuerza para enfrentar la crisis de seguridad y orden público que vive Chile. La razón de fondo es obvia: si quieres tomar el poder, fortalecer el monopolio de la fuerza de la democracia que quieres derrocar es contradictorio, incompatible. No habrá política de seguridad y orden público solvente en la izquierda si no resuelve esta contradicción secular.
Tres cosas caracterizan las grandes demandas populares: la prosperidad personal y familiar que supone crecimiento y empleo, la recuperación de la seguridad ciudadana y el orden público y la protección social por parte del Estado. En dos de ellas los lastres no resueltos, hacen imposible una izquierda popular. Su desafío es enorme, pero los deberes históricos no se eligen. Son los que tocó asumir y estos son lo que a esta izquierda le tocaron.
La discusión planteada por Carolina me motiva, por eso escribo. Chile necesita de una izquierda a la altura de su pueblo y de los desafíos de este siglo. En ese propósito, me sumo en el reconocimiento sincero a Camilo Escalona. En busca de ser leal a su compromiso popular, encarnó el cambio hacia una renovación socialista que contiene los cuatro asuntos cruciales que destaca Carolina y que ahora espera a los sucesores de Camilo que asuman la tarea de construir una izquierda que supere sus fracasos recientes y esté a la altura de las demandas de su pueblo.
Mi advertencia a Carolina es que, desde hace más de 50 años, esta es una historia de discontinuidades. Verla como una continuidad de décadas lleva al error. Todo lo importante han sido las discontinuidades. La post UP respecto a la UP, la post Concertación respecto a la Concertación, el PC versus las ideas que Carolina atribuye a Escalona más las “herramientas” que insinúa deben renovarse; el futuro para tener una izquierda que responde a la gente versus aquella que recién acaba de terminar en un fracaso. Y esa diferencia de diagnóstico consagra respuestas distintas y resultados contrapuestos. La continuidad sería la reiteración de un fracaso, de algo que no sirve.

muy buen análisis