El 13 de Mayo recién pasado tuvo lugar, en Beijing, la IV Reunión de diálogo Celac-China. Aunque se trataba de una reunión programada, un diálogo relativamente frecuente en las actividades de Celac, que también se realizan con la Unión Europea desde hace varias décadas rutinario, el evento no tuvo nada de rutinario. El Presidente de China, Xi JinPing, encabezó la delegación China, la mayoría de las delegaciones latinoamericanas y caribeñas fueron encabezadas por sus cancilleres y el nuevo Coordinador de Celac, el Presidente de Colombia Gustavo Petro, fue acompañado esta vez de los Jefes de Estado de Brasil, Lula Da Silva y de Chile, Gabriel Boric.
Se trataba entonces de una delegación maciza de nuestro continente, para un debate de alto nivel sobre una situación global que todos consideran delicada o claramente grave, provocada por el brusco cambio de postura en el escenario internacional, del país más poderoso del mundo, que hasta hace pocos años encabezaba el proceso de globalización y ahora se empeña en eliminarlo; y que parece también querer deshacerse de un “orden mundial” creado bajo su dirección por varias décadas, por considerarlo nocivo para sus intereses. Y el anfitrión de esa reunión era, ni más ni menos, el que Estados Unidos percibe como el principal rival en su predominio global: La República Popular China.
Como era de esperarse, el discurso inicial del Presidente de China abordó directamente la situación global, con un mensaje claro: China no quiere una guerra comercial como la que parece avecinarse, porque está convencida de que, en una guerra como esa, no existen vencedores, sino sólo un retroceso de la economía mundial que nos hará más pobres a todos. Y su país, nos dice, está dispuesto a unirse con todos aquellos países que estén dispuestos a enfrentar este desafío negativo.
Naturalmente, los discursos de los tres presidentes latinoamericanos y más tarde de los Cancilleres, fueron coincidentes con ese llamado. Ciertamente el retroceso mercantilista que hoy propone el actual gobierno de Washington, no tiene muchos aliados en el mundo. Pero ello no significa tampoco que exista hoy una voluntad clara, para oponerse a esa amenaza de manera mancomunada.
En realidad, la resistencia a los duros ataques al sistema internacional es aún dispersa y la tendencia de países y regiones es más bien a buscar entendimientos. Un reciente mensaje por X de la presidenta de la Unión Europea, Ursula Von der Leyen -dando cuenta de una conversación telefónica con Trump-, es la mejor demostración de ello: “Buena llamada con el Presidente de EE.UU. La Unión Europea y Estados Unidos comparten la relación comercial más confluyente y cercana. Europa está lista para avanzar en conversaciones rápida y decisivamente. Para alcanzar un buen acuerdo, necesitamos tiempo hasta el 9 de Julio”. El evidente tono conciliador, referido a la postergación de una aplicación unilateral a Europa de aranceles de un 50%, fue recibido con entusiasmo por líderes europeos, mientras Trump decía que “todo el mundo quiere conversar con nosotros” y “tampoco tenemos mucha prisa por llegar a acuerdos”.
En pocas palabras, todos quieren llegar a un acuerdo con Trump, sin entender muy claramente cuál es el juego, porque comparten la afirmación del Presidente chino: una guerra comercial con la mayor economía del mundo, sería negativa para todos; y cada uno está dispuesto a negociar a medida que el Presidente de Estados Unidos lo decida, en su terreno y con los plazos que él acepte.
Lo mismo ocurre en América Latina, donde cada país parece estar buscando fechas de negociación con la oficina del USTR (Representante Comercial de Estados Unidos). No existe, como sí ocurre en Europa, ningún intento de diálogo colectivo con Estados Unidos. En realidad, desde el fracaso definitivo de las conversaciones para un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en la Cumbre de Mar del Plata 2006, nuestros países optaron por negociar directamente con Estados Unidos. Con dos diferencias importantes: la disposición de Estados Unidos era entonces negociar todos los acuerdos posibles; y la situación económica de la región era de un crecimiento importante. Hoy se vive en la mayoría de nuestros países un período de crecimiento débil, al menos lento y a veces negativo; y el Presidente de Estados Unidos dice, el día de su inauguración, que “América Latina no nos interesa”.
Hay además una evidente debilidad en América Latina para avanzar en acuerdos colectivos. A la realidad de una región compuesta por países y subregiones muy diversas, se agregan el debilitamiento que han tenido en los últimos años nuestros organismos interregionales; las discrepancias bilaterales de distintos países; y las diferencias en sus posiciones internas, cuando se reflejan en su política exterior. La Celac no es una organización internacional y no parece haber voluntad para crearla; La Unasur fue disuelta y no ha habido acuerdo para revivirla; el SICA (Sistema de Integración Centroamericana) ha perdido parte del peso que tenían algunos años atrás; lo cual deja sólo al Caricom como órgano subregional.
Hay países que quieren ser aliados de Trump, incluso en la expulsión de inmigrantes; hay otros, como el nuestro o México, donde nos preparamos para una negociación; y hay por último quienes buscan agruparse con naciones de otros continentes, dentro del BRICS u otros grupos. La OEA es la única institución hemisférica, pero no ha sido sugerida como sitio de negociaciones. Solo los bancos interamericanos, BID y CAF, podrían ser foros útiles para alguna acción colectiva, pero no tienen mandato para ello.
Sin embargo, parece claro que, por un buen tiempo, el Orden Mundial fraccionado, será gestionado por potencias globales, Estados Unidos, China, la Unión Europea -si supera sus divisiones-, muy pronto India, y también Rusia, por su tamaño y poderío militar. Y para repetir una frase frecuente, las superpotencias no tienen alianzas permanentes, sino intereses permanentes.
Por ello, los países que no son potencias, como los del mundo árabe, o Turquía, Irán, Indonesia, que tienen un tamaño y población mayores, pero para pesar efectivamente, deben buscar mejores formas de asociación, en algunos casos (países árabes, ASEAN) las van logrando. Pero las naciones intermedias (Chile es una de ellas, como lo son también México, Centroamérica y todas las Sudamericanas), si pretenden navegar a solas por este escenario más complejo y más inorgánico, seguramente influirán poco o nada en él.
El diálogo y el acuerdo entre los países de América Latina se hacen urgentes y esenciales si no queremos ser nuevamente segundones en el mundo que viene, con los consiguientes efectos negativos para nuestros habitantes. Ojalá nuestros tres presidentes, que tan bien representaron a nuestra región en Beijing, busquen superar divisiones ideológicas, políticas y culturales para revivir la unidad latinoamericana, más necesaria que nunca.

No entiendo por qué los políticos de profesión, de carrera, principalmente los dedicados a las relaciones internacionales, -donde hay mucho viaje, cenas, almuerzos, coktail, todo pagado con recursos fiscales,- se empeñan tan obstinadamente en cacarear una «unión latinoamericana», Que jamás ha existido en forma leal, transparente y permanente. Lo expuesto por el autor, es una unión sin fundamentos de realidad y una union confrontacional para enfrentar a una superpotencia, lo cual implica necesariamente que propone unirse con el mundo chino. Mundo con el cual , no compartimos historia, ni territorio adyacente, ni idioma, ni religión . Por otro lado, se soslaya, se enmudece toda postura critica sobre China en cuanto a violaciones de derechos laborales, derechos humanos, incumplimiento de leyes sociales, de remuneraciones mínimas para sobrevivir, entre muchos otros……..
Creo que porque claramente es importante dejar de lado lo que mencionas porque la situación descrita por el autor lo hace exigible …. Comparto que lo que dices no puede obviarse y debe levantarse siempre que sea pertinente y tenga eventual buena recepción ….