Se ha escrito y comentado bastante este mes sobre los malos resultados de aprendizaje escolar de Chile que se observó en la última medición de la OECD a través de la Prueba PISA que se realiza cada tres años en 91 países. Pero no se ha mencionado ni reflexionado lo suficiente, estimo, sobre tres aspectos: quiénes pueden ser los mayores responsables de que esto haya ocurrido, en qué circunstancias o en qué marco de políticas públicas ocurrió, y qué se podría hacer para revertir esta situación.
Primero apreciemos la gravedad de lo que estamos comentando. No se trata sólo de un descenso de unos lugares en un ranking, o de un puntaje mayor o menor de cierto índice. Es mucho más grave que eso. Estamos hablando de las oportunidades que se abren o cierran para la vida entera de millones de jóvenes; de sus posibilidades de encontrar empleo, aprender en él, progresar y tener una mejor vida que sus padres y abuelos. Esos resultados significan que, en matemáticas, por ejemplo, sólo 15 de cada 100 estudiantes de 15 años en el sistema escolar chileno saben cómo resolver problemas aritméticos (i.e. problemas que requieren conocimientos numéricos); es decir, elegir una estrategia para resolverlos y justificar su resultado. La mayoría (59%), sólo sabe resolver cálculos matemáticos simples con información explícita (o sea, multiplicar 3 x 8, etc.). En materia de lectura, ocurre algo semejante: el 38% comprende sólo lecturas básicas y casi 40% carece de capacidad lectora como para seguir aprendiendo con autonomía. ¡Con razón la productividad del trabajo en Chile es baja y les cuesta tanto a las personas encontrar empleo!
Lo segundo que hace más grave esta situación, es que en el último tiempo ella ha ido empeorando en vez de mejorar: el aprendizaje disminuye en vez de elevarse cada año como promedio en las escuelas chilenas. Se resaltó mucho en la prensa que el promedio de puntajes PISA bajó comparado con tres años atrás pero que Chile bajó menos que el promedio mundial. Típica manera de intentar minimizar estos resultados adversos, o desviar la atención sin abordar su análisis en más profundidad. Lo importante es que desde 2015 el puntaje de Chile viene cayendo, en circunstancias que antes de ese año venía subiendo. En matemáticas, de 411 puntos en 2006 a 423 el 2015 (+3%) y baja a 403 el 2025 (-5%). En lectura: subía de 442 a 459 en 2015 (+4%), para descender a 436 el 2025 (-5%).
Es obvio preguntarse entonces, aparte de la pandemia, ¿pasó algo en Chile alrededor del año 2015 que pudiera haber generado un cambio de tendencia, desde ir subiendo o mejorando a pasar a bajar en la medición de aprendizaje con el instrumento más reconocido en el mundo como es la Prueba PISA de la OECD? Es sorprendente que este aspecto tan clave no haya sido ni consultado por los periodistas ni recogido por la mayoría de los columnistas que han escrito sobre el tema este mes.
La última medición de la Prueba PISA se hizo 10 años después del año en que la Presidenta Bachelet realizara la más sustantiva Reforma Educacional de Chile en décadas. Una reforma muy controvertida, que además implicó un elevado gasto público que agregó déficits y endeudamiento a nuestra economía cuya utilidad y costo estamos recién ahora en condiciones de evaluar. Toda la también deficiente Reforma Tributaria que realizó Bachelet 2 se justificó por la necesidad de recursos para mejorar la educación pública. Mucha gente hasta el día de hoy no entiende la magnitud y variedad de los cambios que se realizaron en ese sistema de educación escolar. Por eso este es el momento de recordarlos, no sólo para no olvidar quiénes fueron responsables de esta deficiente y costosa política pública, sino también para entender si podría hacerse algo para corregir los errores cometidos.
Quien fuera el Ministro de Educación a cargo de esa Reforma, mal llamada de “Fin del lucro” (porque comprendió mucho más que eso), Nicolás Eyzaguirre, dio una entrevista publicada por la UDP este 16 de agosto donde reconoció valientemente muchos de sus errores, pero no el de educación (ver https/democracia.udp.cl/miradas). Dijo allí, (Cuando volvimos al poder en 2014 creíamos) “que el crecimiento iba a volver solo y que nuestra tarea era reforzar la equidad. Entonces se hicieron reformas – algunas de ellas – bastante inadecuadas. La tributaria, inadecuada. La electoral, muy inadecuada. La educacional, más o menos”. Espero que con estos resultados revise su evaluación de la reforma educacional. Lo mismo esperaría de tantos otros llamados “expertos” educacionales en escuelas de pedagogía y partidos que estuvieron de asesores o funcionarios del gobierno de Bachelet 2, la mayoría jóvenes del Frente Amplio. Uno de ellos, que fue la tercera mayor autoridad del Ministerio en ese gobierno (encargado de lo escolar) fue invitado por uno de los dos diarios de mayor circulación a escribir una columna sobre los resultados PISA de este año y no mencionó siquiera la reforma educacional. ¿Cómo entender o interpretar esto?
No pretendo afirmar aquí que la Reforma de Bachelet es el único ni el principal motivo del retroceso de la educación escolar chilena, aunque lo sospecho. Afirmar eso requiere estudios más profundos que no conozco. Pero al menos reconozcamos todos que la reforma hecha no ha traído progresos claros, a pesar de la seguridad con que se hicieron promesas y el elevado gasto público destinado a ese fin. Ningún otro país, al menos en América Latina, ha destinado tantos recursos fiscales como Chile a intentar mejorar la educación. Que Argentina decline, por ejemplo, era esperable. Pero que Chile también lo haga habiendo hecho tantos esfuerzos, es como para que, por lo menos, nos hagamos preguntas, especialmente por parte de los ideólogos, proponentes e impulsores de la reforma chilena en particular. Es un mínimo de responsabilidad.
Necesitamos mirar los resultados en educación teniendo presente todo lo gastado en ella, para aprender y no repetir errores. Más estudios pilotos previos antes de embarcarse en costosas aventuras como los famosos SLEP. Deberíamos tener mucho mayores niveles de aprendizaje cuando en los últimos 10 años pasamos de un gasto público de 9.300 millones (m) de dólares anuales a 12.800 m; o sea 3.500 m más por año. Un aumento real de 37%. En Educación superior ha sido más grave: gastamos hoy 75% más que hace 10 años, pasando de 3.100 a 5.500 m de dólares al año, U$2,400 m anuales adicionales. Por eso no ha habido fondos para invertir lo suficiente en puertos, carreteras, vivienda, etc. y tenemos entonces el desempleo que vemos hoy y las salas cunas gratuitas universales todavía esperando. Es absurdo que los últimos 10 años hayamos subido tanto el gasto público en los universitarios y tan poco en los preescolares. Necesitamos ajustar eso y exigir mejores resultados.
Concluyo invitando a observar que el tan necesario mejoramiento de la educación chilena no es principalmente un problema de más dinero sino mejor gestión, no es de cambios administrativos o visiones ideológicas, de género u otras, sino de trabajo en cada escuela y sus salas de clases. Y, sobre todo, no es de más dinero puesto en educación superior sino en las salas cuna y la infancia temprana. Hay que reasignar estos gastos con urgencia, empezando con el Presupuesto Fiscal 2027 cuya discusión comienza ahora.

Son muchos los datos expuestos que llevan evidentemente a una conclusion, que puede ser preliminar, pero es evidente.