El jueves 20 de agosto, en La Huella de Seregni, en Montevideo, Uruguay, Gabriel Boric participó en el relanzamiento de la revista Nueva Sociedad, en un panel titulado con más franqueza de la que solemos ver por aquí, «¿Dónde está la izquierda?». Lo acompañaba la senadora frenteamplista uruguaya Constanza Moreira. Allí dijo dos frases que conviene leer despacio. La primera, «el fanatismo por la moderación, al final, no lleva a ninguna parte». La segunda, «si ser socialista significa que queremos que la salud sea un derecho y no un negocio, sí, soy socialista». Agregó que no se va a disculpar por ser de izquierda y que está orgulloso de serlo. Dos días después se abría en el Teatro Solís el Congreso Panamericano Progresista, con unos 150 legisladores de 15 países y una comitiva chilena encabezada por Camila Vallejo, Jeannette Jara y Giorgio Jackson.

Nada de esto es escandaloso. Un político tiene todo el derecho a tener convicciones y a defenderlas con orgullo. El problema no es que Boric hable como habla en Montevideo. El problema es que durante su gobierno y después de perder el plebiscito de 2022, nos pidió que creyéramos que hablaba de otra manera.

Vale la pena hacer el ejercicio de memoria, porque el país olvida rápido. El joven que ganó la primaria de 2021 celebró su triunfo diciendo que si Chile fue la cuna del neoliberalismo también sería su tumba. Ese mismo joven venía de presidir la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, de la generación que aprendió que la calle rinde más que el Congreso. Y ese mismo joven, en noviembre de 2019, firmó el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución sin la venia de su partido, al punto que Convergencia Social lo pasó a su Tribunal Supremo. Fue el gesto que lo hizo presidenciable y que durante mucho tiempo se usó como prueba de su vocación institucional.

Después vino el gobierno, y con el gobierno vino el adjetivo. Socialdemócrata. Conviene ser precisa, porque el adjetivo se lo pusieron otros más que él mismo, y él nunca lo desmintió. Lo dejó circular y lo usó como carta de presentación ante los mercados, ante las cancillerías y ante una parte del electorado que necesitaba tranquilizarse.

Vale la pena detenerse en la versión más citada de ese rótulo, porque nadie la ha examinado. Chantal Mouffe llamó a Boric socialdemócrata radical en mayo de 2022, cuando llevaba menos de dos meses en La Moneda, y conviene tomarle la palabra, porque ella misma explicó lo que quería decir. Que no se trataba de socialdemocracia tradicional sino de un reformismo radical que quiere transformar y que busca reformas no reformistas, esto es, cambios que alteran las relaciones de poder en vez de ajustar el sistema. Cuando Mouffe dice radical no está diciendo intenso. Está diciendo que va a la raíz.

Y ahí está el problema, porque radical viene justamente de raíz, y la socialdemocracia europea nació de renunciar a ella. Primero con el revisionismo de Bernstein, y sobre todo en Bad Godesberg, en 1959, cuando el socialismo alemán abandonó el marxismo y aceptó la economía de mercado con aquella fórmula de tanta competencia como sea posible y tanta planificación como sea necesaria. Un socialdemócrata radical es, en rigor, alguien que quiere el prestigio de quienes renunciaron y conserva la intención de quienes no. El sustantivo tranquiliza y el adjetivo es donde vive el proyecto. Porque la socialdemocracia se definió por tres renuncias, la ruptura con el comunismo, la aceptación de la economía de mercado y la aceptación de que perder no autoriza a reescribir las reglas. ¿Cuál de las tres hizo Boric?

Ahora, con el poder ya entregado, nos dice que el fanatismo por la moderación no lleva a ninguna parte. La pregunta es inevitable. ¿Cuál de los dos era el disfraz?

Hay otra contradicción, y esta duele más porque tiene nombres de niños. El ex Presidente que llegó a La Moneda desde el movimiento estudiantil dejó el Instituto Nacional con clases suspendidas, con amenazas de tiroteo y con un ministro de Educación reconociendo en febrero pasado que el problema principal de los liceos emblemáticos había sido la violencia, y que Aula Segura no había mejorado la convivencia ni la había controlado. Cuatro años de gobierno de quienes se formaron en esas aulas y ninguna respuesta seria para los miles de estudiantes que solo querían estudiar. Cuesta no concluir que hay ahí una velada aceptación al uso de la violencia como medio de expresión. Los overoles blancos son un ejemplo.

Mi impresión es que no hubo disfraz en Montevideo. Creo que Gabriel Boric sigue siendo, a los 40 años, el mismo joven revolucionario que fue a los 25, y que la moderación fue el precio que aceptó pagar por gobernar, no una conversión. No le creo sus declaraciones moderadas, y no lo digo como reproche personal sino como lectura política. Tengo tres razones, y son exactamente las tres renuncias que no hizo.

La primera es la Constitución, y aquí conviene ser exacta, porque confundir los dos procesos le hace un favor que no merece. En el segundo, el de diciembre de 2023, Boric llamó a votar en contra y en eso coincidió con la mayoría del país. El texto que sí defendió, siendo Presidente en ejercicio, fue el primero. Y el primero era el peor. Un grupo transversal de economistas, entre ellos Rodrigo Valdés y Rodrigo Vergara, estimó en julio de 2022 que aquella propuesta comprometía un gasto adicional de entre 8,9 y 14,2 puntos del producto bruto al año, sin decir de dónde saldría el dinero. Era un catálogo de derechos sin financiamiento y sin forma de aplicación, escrito por una Convención que se creyó refundacional y que terminó legislando sobre el país que imaginaba en vez del que tenía enfrente. Chile lo rechazó por casi 62%.

Y aquí está lo que de verdad importa. No recuerdo que Boric haya hecho nunca una revisión pública del contenido de aquel texto. Hubo cambio de gabinete, hubo autocrítica sobre el método y sobre los tiempos, y después la frase de que las urgencias eran otras. Nunca la frase de que el fondo estaba equivocado. Quien posterga no rectifica. Y el ciclo que él ayudó a abrir nos dejó una carta fundamental con el quórum rebajado, tan reformable hoy como cualquier ley, que es la manera más elegante de dejar instalada la idea de que el orden constitucional es provisorio mientras no coincida con el programa propio.

La segunda razón es la compañía, y aquí quiero ser justa antes de ser dura. Es verdad que Boric marcó diferencias con el Partido Comunista en lo que más importa. Condenó a Nicaragua, a Venezuela y a Cuba siendo Presidente, y el propio Lautaro Carmona lo desautorizó en público sosteniendo que Venezuela no es una dictadura y reivindicando la no injerencia. Eso habla bien de él. Pero es justamente eso lo que vuelve el punto más grave y no menos. Boric sabía con quién gobernaba. Sabía que su socio declara en sus documentos vigentes el marxismo y el leninismo, y que sostiene que la democracia representativa heredada de la dictadura ha fracasado. Lo sabía y aun así lo mantuvo en el corazón del gabinete durante cuatro años, con todos los costos que le impuso. Hay una línea de Raymond Aron sobre los intelectuales implacables con los defectos de las democracias e indulgentes con los mayores crímenes cuando se cometen en nombre de las buenas doctrinas. Un socialdemócrata de verdad rompe con el comunismo. Boric prefirió convivir, y en Montevideo viajó con sus exministras comunistas a reivindicar juntos la palabra socialismo.

La tercera razón es el Frente Amplio, y es la más elocuente de todas. El 28 de junio de este año el partido cerró su Primer Congreso Ideológico, después de cuatro meses de debate con más de cuatro mil militantes, y se reafirmó como partido socialista, feminista y ecologista, con un horizonte declarado de superación del capitalismo y un Estado planificador. Boric asistió a la etapa plenaria. No es un documento de barricada escrito por un ala minoritaria. Es la definición formal, deliberada y mayoritaria de la principal fuerza de la izquierda chilena, adoptada cuando ya sabe exactamente lo que cuesta gobernar. Un partido que aprende de una derrota corrige el rumbo. Este partido, después de perder La Moneda, se declaró más socialista radical, que cuando entró.

No escribo esto para negarle a Boric el derecho a ser de izquierda. Se lo reconozco entero. Escribo esto porque la política democrática se sostiene en que las palabras signifiquen algo, y porque un país que confunde la moderación táctica con la convicción se expone a repetir el ciclo completo. Chile ya vivió una vez la ilusión de que un liderazgo joven y encantador traería un cambio profundo sin costos. La factura llegó igual.

Boric tiene 40 años y una vida política larga por delante. Volverá, y volverá probablemente convertido en el gran articulador de la izquierda regional, con revista propia y con foros panamericanos. Está en su derecho. Pero cuando vuelva a hablarnos de moderación, de acuerdos y de gradualidad, tendremos Montevideo para contrastar. No hay que buscar mucho. Él mismo nos dijo dónde está.

Economista. Ex embajadora de Chile en Uruguay

Participa en la conversación

3 Comments

  1. Muy de acuerdo con la columna …. Esperemos este punteo clarificador de este ex-presidente se reflote siempre que sea necesario ….

  2. Excelente análisis Iris, y que no se nos olvide, ya que lamentablemente en política la memoria suele ser muy corta.

  3. Una excelente columna y análisis. Sería prudente republicar en vísperas de las próximas presidenciales. En este lapso de tiempo posiblemente aparezca con nuevos disfraces, y estudiados gestos.

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.