El director del Departamento de Asuntos Públicos de la USACH, Mauricio Olavarría, ha publicado recién un libro “Progreso, democracia y felicidad”, editado por dicha universidad. ¡Tremenda valentía de atreverse a reflexionar sobre la relación entre esos complejos temas, y con muchas referencias a Chile!
El año anterior al estallido social, en una encuesta en toda América Latina sobre felicidad, Chile ocupó el primer lugar en la región. ¡Y miren todo lo que pasó pocos meses después! Parece valer la pena entonces indagar sobre este tema. También cuando hay un clamor en el país por mejorar nuestra democracia, reformando el sistema electoral ante la inflación de partidos políticos y la dispersión de parlamentarios independientes que impiden un diálogo responsable entre las autoridades para gobernar.
La tesis básica del autor es que: “Felicidad, democracia y progreso son conceptos indisolublemente entrelazados en el propósito de construir una sociedad plenamente humana”. Y agrega, “la felicidad expone el objetivo, el progreso indica el camino, la democracia establece la institucionalidad -formal e informal- para transitar hacia el objetivo”.
Desde cierta perspectiva lo anterior parece cierto, pero diría que sólo en un sentido demasiado superficial. Hay múltiples y complejas interrelaciones entre esas aspiraciones, la mayoría no lineales y muchas recíprocas. Primero, la felicidad para mí es mucho más que un concepto. Pero, además, el autor parece poner esos tres “conceptos” (para usar su terminología) en el mismo plano o el mismo dominio. Esto me parece un error. Supone implícitamente que más progreso o democracia generan felicidad, o que ellas son condiciones para la felicidad.
Discrepo de esa manera de entender la relación entre los tres conceptos. La felicidad es otra cosa (aunque no es una cosa) que se encuentra en otra parte, en otro dominio o dimensión. Y se logra de otra forma radicalmente distinta. No se encuentra logrando determinadas condiciones en el mundo, sino alcanzando una determinada forma de entender la vida y de vivirla. La vida personal y, desde allí, también la vida en comunidad o social. En otras palabras, la democracia y el progreso se encuentran en el dominio del hacer humano; la felicidad se encuentra en el dominio del ser humano.
Con esto no pretendo desconocer el extraordinario logro que son para la humanidad estos “haceres sociales” que son el progreso y la democracia. Son logros de una acción notable que es el conversar constructivo basado en el respeto de otros diferentes. Que además tiene una historia evolutiva reciente, aunque sea milenaria, al iniciarse de manera limitada en Grecia hace 2.500 años, en el caso de la democracia, pasando por la promulgación y protección de los derechos del hombre y de los ciudadanos con la Revolución Francesa, para seguir extendiéndose gradual y sostenidamente por el mundo hasta llegar a la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 1948, suscrita hoy por casi todos los 200 países del mundo. Pero todo eso no les quita el carácter de un “hacer”. Lograr felicidad es otra cosa; es algo que tiene que ver con la vida individual e interior del ser humano, hombre o mujer. ¿Con qué exactamente?
En Occidente tenemos lamentablemente un interés y conocimiento bien limitado sobre lo que realmente hace feliz o infeliz al ser humano. Por eso en parte demasiada gente lo pasa muy mal y por eso hay tanta droga, guerras y violencia. Peor aún, tenemos creencias muy equivocadas sobre lo que nos hace felices. Especialmente la de creer que tener más bienes materiales nos hará felices. Hay millones de testimonios y evidencias de que eso no es así. Pero lo seguimos creyendo por un impulso o hábito atávico y nos comportamos así inconscientemente y automáticamente.
Otra creencia más sutil y compleja es la de que la felicidad la lograremos cuando alcancemos determinadas cosas en el futuro. No sólo dinero, sino cierto título profesional, el cariño de cierta persona, completar un proyecto de vida, cierto reconocimiento a nuestros méritos y esfuerzos, formar mi propia empresa, jubilarme, o crecimientos que nos hagan un país desarrollado o el control del gobierno. Nada de eso está mal en sí; sólo que será cosa de tiempo para comprobar que fue una quimera o ilusión creer que eso nos haría felices. Seguramente muchos se reconocerán en esto.
Personalmente, recién como a los 65 años empecé a darme cuenta de que algo andaba mal en mi entendimiento de cómo ser feliz. Por el contrario, vivía con un intenso stress; que lo negaba, por cierto. Sentía también insatisfacción, e incluso frustración, al no avanzar todo lo que pretendía con mis proyectos. Para superarlas, me di cuenta de que intentaba hacer cada vez más y más cosas. Pero eso no eliminó mi stress, sino que le agregó el agotamiento.
Hasta que un día caí en cuenta que parece que había adquirido una cierta compulsión o adicción por estar haciendo cosas e inventando proyectos cada vez más desafiantes. Pero también me di cuenta, y esto me parece lo más importante hoy, que hacía eso también por ser reconocido por los demás y por figurar como socialmente exitoso ante el mundo y mis pares. También me di cuenta de que no estaba gozando realmente de todos los trabajos que realizaba ni de la vida misma en toda su maravilla y grandeza. Estaba centrado con toda mi atención en los objetivos a alcanzar. Así es como me surgía el stress; cuando tengo un foco excesivo y continuo en el futuro y no en el momento presente.
La pregunta siguiente fue, ¿de dónde me salen esos impulsos tan fuertes, así como también tan dañinos, tanto para mi paz interior como para mi efectividad? La respuesta que fui encontrando poco a poco es que esto lo generaba mi mente a través del pensar tanto, en este caso, en lo futuro. Los pensamientos me sacan internamente del momento presente y me llevan hacia un futuro que está siempre afuera, más adelante y nunca llega. Con ese patrón de pensamientos, emociones y contracciones corporales pierdo mi dimensión del ser; de mi equilibrio, tranquilidad y felicidad.
Así fui descubriendo que no sólo vivía con la necesidad inventada de realizar proyectos a completar en el futuro, sino que no vivía cotidianamente prestando atención al presente. Más aún: yo mismo no estaba plenamente presente en lo que hacía cada minuto y ante cada persona o grupo con quien estaba.
¿Y dónde estaba? Pensando…
El pensar y nuestra mente es una facultad maravillosa, pero por eso mismo puede a ser el principal impedimento para ser feliz. Descubrí después que esto había sido señalado por diversos sabios en la antigüedad y muy en particular por un indio que vivió hace 2600 años a quien llamaron Buda. También por Jesús, aunque sus enseñanzas fueron más incomprendidas y tergiversadas.
Tenemos un organismo en el cuerpo que produce pensamientos desde que, en el curso de la evolución de las especies, el humano inventó el lenguaje. A ese organismo le llamamos mente, y hasta hace poco creíamos que estaba sólo en el cerebro. La neurociencia dice ahora otra cosa. Dentro de la evolución humana, esa facultad mental hoy excedió sus límites y pasó a transformarse en un freno al desarrollo humano. La mente pasó a ser como una radio que tenemos en la cabeza que no para de transmitir pensamientos. Y ni siquiera nos damos cuenta que eso está ocurriendo, y nos parece natural e inevitable. No lo es. Uno puede aprender a darse cuenta cuándo esa radio está prendida y gatillando emociones, actos y patrones de conductas que se repiten automáticamente generando más infelicidad que felicidad.
Me parece que la felicidad tiene más que ver con cuestiones como las anteriores, antes que con el progreso y la democracia. Ser felices es más posible de lo que creemos; puede alcanzarse aquí y ahora. Requiere trabajo, eso sí, pero vale la pena: aprender a vivir en el presente.
Podríamos conversar más de estos temas. Como individuos y como país. Un buen gobierno podría tener presente generar un espacio o ambiente en que más personas se sientan felices. Gobernar es educar. Y educar es no sólo aprender técnicas y profesiones. También es formar seres humanos plenos tanto en lo material como espiritual.

Es mucho más fácil, para ser feliz hay que creer en Dios y entender que nuestra felicidad es dando amor, como lo hizo Cristo, a quien ud minimiza, y que la felicidad eterna no está ni estará nunca en este mundo. Lamento que no la haya encontrado y siga perdido. Ahora, lo más grave y penoso por ud es que espere que un gobierno le genere espacios de felicidad…..ello es patético……….
No quiero polemizar; pero me parece que don Carlos fue un poquito rudo.
Creo que el autor es sincero en su intento de exponer un tema tan complejo, y da cuenta de lo inabarcable que es en un espacio tan corto; pero no me parece que haya querido decir que un gobierno sea capaz de hacer felices a sus gobernados.
Más bien, debemos recordar que su columna se originó comentando un libro de otro autor, que precisamente relaciona la felicidad con el desarrollo y la democracia; y debemos coincidir que en estas dos últimas realidades, un gobierno tiene mucho que ver.
Más bien, yo veo en el autor, un intento de moderar las pretensiones del autor del libro.
Por otra parte, creo reconocer en don Carlos la misma fe que yo felizmente profeso, y comprendo su molestia pero no la comparto.
La búsqueda de la felicidad es acercarse al absoluto, a la plenitud de la belleza, del amor, de la bondad, de la verdad. Y como para nosotros eso es Dios, y alcanzarlo por completo en este mundo no es posible, la búsqueda consiste en relacionarnos cada vez más estrechamente con Él, y ser perseverantes en el pedir. Mientras más cerca, más felices, dentro de lo que aquí se puede.
El artículo del Sr. Tironi me permite concordar completamente, excepto en tres frases con las que estoy en el más absoluto desacuerdo:
1.- “En Occidente tenemos lamentablemente un interés y conocimiento bien limitado sobre lo que realmente hace feliz o infeliz al ser humano.” Imposible que eso tenga sentido, a la luz de una desologizada lectura de la historia, o a menos que acote mucho esa declaración. Me atrevería a decir que no ha habido en toda la historia del mundo una sociedad que se relacione mejor con la felicidad, que la cultura cristiano occidental (aunque no espero que Harari concuerde). Mantenerse felices por cientos de años, entre carniceras persecuciones contra ellos y sus familias (mi felicidad no depende de lo que otros hagan); ganar para su fe, y de modo pacífico, a las interminables oleadas de pueblos bárbaros, violentos y sanguinarios, contra los que fracasó el ejército victorioso de la mayor potencia mundial, y transformarlos en vecinos y amigos; y todo con gran expansión del arte en todas sus formas, siendo el caldo de cultivo, sentando las bases y encendiendo la mecha para la gran explosión de desarrollo científico de los últimos siglos; y haciendo un puente para que llegara la sabiduría de los antiguos griegos hasta nuestros tiempos. Increíble trayectoria para una civilización que aseguraba ser feliz, en condiciones ambientales tan adversas a la felicidad, “tan obscuras”, ¿no?
El problema es que actualmente gran parte de occidente no está viviendo en esa cultura, jamás la entendió, desprecia lo que les fue transmitido, no conoce su historia, y en su ignorancia atribuye al cristianismo hechos y resultados que no son reales, o en los que el cristianismo no es el actor principal.
2.- Espero que no haya querido decir lo que dijo, cuando se refirió a la mente humana: “pasó a transformarse en un freno al desarrollo humano.”. Porque si así piensa, yo no tendría más remedio que estar de acuerdo con don Carlos, cuando lo señala como perdido. Eso es mucho más que estar equivocado. Todos nos equivocamos y varias veces al día; pero el perdido es otra cosa; difícil que se recupere. En el caso del Sr. Tironi, creo, y espero, que no sea tanto.
La mente, así como otras potencias humanas, como la sensibilidad o la voluntad, son regalos que hemos recibido (no hemos hecho méritos para nacer con ellos, ni para adquirirlos) y están para nuestro provecho y el de los demás; no para enterrarlos. Y desde Adán y Eva sabemos que el más popular es la voluntad, que a veces aplasta a las otras potencias.
Llevando al extremo su planteamiento (los ingenieros frecuentemente lo hacemos para evaluar si una condición es válida) tendríamos que decir: mete a tu boca varios frascos de drogas, trágatelos con abundante alcohol, borra tu mente y desarróllate,… y sé feliz (de eso estamos hablando). No sé en todo caso si eso hará la felicidad de su familia. Yo no lo recetaría.
Más bien me atrevería a decir (sin necesidad de preguntarle a Buda), que siendo, esas y otras más, potencias que pueden estar en tensión entre sí, y con el medio que nos rodea, la receta es buscar un equilibrio entre ellas y también con la realidad que le tocó a cada uno.
3.- Dice que las enseñanzas de Jesús fueron más incomprendidas y tergiversadas que las de Buda. Difícilmente podrá demostrar esa aventurada frase; pero lo invito a intentarlo. Como probablemente no tendré respuesta, sólo quisiera con toda humildad, sugerir al Sr. Tironi que lea buenos libros; ojalá de historia, y no historias noveladas, que de historia tienen poco o nada. Que lea historias de la Iglesia, de autores tanto paganos como creyentes; pero honestos. Libros como “La mujer en el tiempo de las catedrales”, “La conversión de Europa al cristianismo”, “La invención de la Edad Media”, “Fe y Razón” según Benedicto XVI, y muchísimo más desde donde puede elegir.
Por mi parte, no voy a leer nuevamente alas legiones de Jungs, ni de Harari’s, ni Freuds… ya pasé por eso, y me llega todo el tiempo por la TV, las revistas y desaprensivos amigos.
Prefiero no volver a ensuciarme con la cultura actual, en la que, tal como el Sr. Tironi dice, con mucha sabiduría y buen tino, “demasiada gente lo pasa muy mal y por eso hay tanta droga, guerras y violencia.”
En eso, y en todo lo demás que no mencioné, estoy en completo acuerdo con el Sr. Tironi.
Por eso, pienso que don Carlos exageró un poco.