Los resultados de PISA 2025 fueron desastrosos. A los estudiantes de 15 años de todo el mundo les está yendo cada vez peor. Desde 2015, el promedio de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas, 28 en lectura y 7 en ciencias. Chile no fue la excepción. En la década completa caímos 19 puntos en matemáticas y 21 en lectura, mientras ciencias prácticamente se mantuvo. Es como si esta generación hubiera dejado de ir al colegio durante un año.
Seis de cada diez alumnos chilenos de 15 años están bajo el nivel básico en matemáticas. Eso significa que no son capaces de extraer información de una sola fuente y aplicar un procedimiento directo. No pueden determinar si el yogur Colún o el Soprole sale más barato por gramo en el supermercado. Tampoco calcular cuánta plata les falta en la bip. Menos van a poder comparar carreras técnicas o profesionales según su costo, su ingreso futuro y su retorno.
Los resultados fueron criticados transversalmente. El CIAE de la Universidad de Chile habló de una situación crítica, Libertad y Desarrollo de un problema profundo, Acción Educar de una trayectoria preocupante. El Ministerio, en cambio, le bajó el perfil. La ministra Arzola dijo que ratifican un diagnóstico que ya manejaban, y la Agencia de Calidad habló de desafíos significativos.
Pero aunque casi todos coinciden en que los resultados son malos, no coinciden en el detalle. Y hay una lectura en particular que me parece el problema. El propio CIAE destacó que Chile redujo su desigualdad educativa, usando como ejemplo la prueba de ciencias, donde el nivel socioeconómico explica hoy menos los resultados. Francisco Meneses, investigador del centro, subrayó que la mejora se debe a que subieron los estudiantes vulnerables y no a que bajaran los más favorecidos.
El dato es cierto. El problema es lo que se concluye de él. Primero, ciencias es casualmente la única prueba en la que Chile no se movió, mientras matemáticas y lectura caen en picada. Segundo, aunque el resultado global no haya cambiado, sigue siendo malo. Con 442 puntos, nuestros estudiantes están dos años atrasados respecto del promedio de la OCDE, y bastante más respecto de quienes encabezan el ranking. Y tercero, lo más importante, nos estamos consolando con que se achique la brecha entre alumnos de distinto origen mientras todos siguen en el piso.
La propia OCDE advierte contra ese tipo de lectura. La sección de inclusión y justicia del informe PISA 2025 señala que un sistema donde el desempeño es uniformemente bajo sin importar el origen de los estudiantes no representa la ambición completa de la equidad. En ciencias, el 37% de los estudiantes chilenos no alcanza el umbral básico, contra el 24% de la OCDE. Y cerca del 1% llega a los niveles altos, contra alrededor del 8%.
En Chile estamos tratando el aprendizaje como si fuera un recurso escaso. Como si solo algunos pudieran conseguirlo y después hubiera que redistribuirlo para que sea más justo. Pero en un país de ingreso medio como el nuestro, la movilidad relativa no significa nada sin movilidad absoluta. Menos todavía cuando estamos formando estudiantes que no tienen las competencias mínimas para tomar decisiones sobre su propia vida. Antes de repartir mejor lo que aprenden nuestros niños, tenemos que preocuparnos de que aprendan.

Mariscal discute contra una tesis que sus propias fuentes no sostienen. Que disminuya la desigualdad porque progresan los estudiantes vulnerables no supone conformarse con un desempeño bajo; supone registrar una mejora distributiva al mismo tiempo que se reconoce un nivel agregado insuficiente.
Acierta en el diagnóstico del bajo aprendizaje, pero necesita fabricar una oposición entre equidad y aprendizaje que los datos que cita no demuestran.