Gustavo Petro ha superado ya sus primeros 100 días como Presidente de Colombia y varias cosas comienzan a quedar claras con respecto a lo que pretende hacer durante su mandato. Una de ellas es que, en materia de política exterior, se encuentra absolutamente decidido a ejercer el liderazgo programático de la izquierda latinoamericana, atascada como se encuentra ésta entre la autocracia pura y dura de países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, las veleidades hegemónicas de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México, las condenas por corrupción a los expresidentes de Brasil o Argentina, y la bisoñez atribulada del Frente Amplio chileno… por no hablar de las peripecias del inefable Pedro Castillo en el Perú.
Y si bien estas desviaciones no han impedido que una nueva “marea rosa” vuelva a bañar ahora a casi toda Iberoamérica, lo cierto es que, por lo general, sus candidatos han logrado imponerse por márgenes electorales muy estrechos, a menudo ante figuras de visible vocación caudillesca que, como las de Jair Bolsonaro en Brasil o Keiko Fujimori en Perú, también generaban dudas importantes en buena parte de los electorados.
Con todo, lo más determinante para esta nueva marea rosa posiblemente sea el hecho de que ésta, en su mayoría, no llega a gobernar -como sí lo hizo la anterior- sobre economías estables y una expansión favorable del precio de las materias primas, sino que más bien se verá obligada a lidiar con una fase general de parálisis de la economía global.
Así pues, para enfrentar estas importantes dificultades, la izquierda regional contará con mucho menor crédito del que dispuso hace 10 o 15 años, tanto en términos políticos como financieros. Cuenta a su favor, eso sí, con una mayor experiencia de gobierno, factor del que con frecuencia se careció durante la primera marea rosa, la del período 2000-2010. No obstante, aún está por verse si esa experiencia será usada para eludir mayores derivas autoritarias, procurando evitar casos como los de Venezuela o Nicaragua -y ayudando a rehabilitarlos para la democracia-, o si más bien será empleada por los nuevos gobiernos de izquierda para copiar a los anteriores de modo mucho más fiel, perfeccionando así sus técnicas de perpetuación en el poder.
En medio de ese campo minado que sus propios camaradas han sembrado por toda la región, el Presidente Petro parece determinado a trazar un rumbo firme para la izquierda hemisférica. Para ello cuenta con ventajas de las que carecen los demás líderes del Foro de São Paulo.
En primer lugar, su propia experiencia y madurez políticas alcanzadas hasta ahora, desde su fase como guerrillero hasta su posterior faceta de fundador de partidos, alcalde, senador y tres veces candidato presidencial. En segundo lugar, el hecho de encarnar un giro inédito en la historia política de su país, tradicionalmente gobernado por liberales y conservadores.
Este contraste se acentúa tras 20 años de uribismo y guerra contra la subversión de izquierdas, lo cual nos lleva a un tercer factor: más allá de su larga trayectoria política previa, Petro luce hoy en día, a ojos de la comunidad internacional, como un “subproducto de la paz” alcanzada bajo la presidencia de Juan Manuel Santos, y que ahora él parece destinado a perfeccionar. Y por último, el hecho de que Colombia, el tercer país más poblado de la región, a diferencia de otros se encuentra entre las economías más estables y con mayor crecimiento en América Latina.
De ahí que el hábil político costeño entienda ahora la oportunidad que tiene de posicionarse, dentro y fuera de su país, como el abanderado de la “paz total”, la última estación en un proceso de redención que va desde la violencia guerrillera hasta la consumación de una agenda política de izquierdas.
Una agenda que ya no puede reducirse a los atávicos reclamos de las Farc o el ELN, devenidas en carteles del narcotráfico, sino que debe ponerse a tono con las nuevas banderas del progresismo mundial: feminismo, multiculturalismo, plurinacionalismo, ecologismo, despenalización de la siembra de marihuana y coca y del consumo de drogas, incremento generalizado de las cargas fiscales, etc. Y de ser posible, por supuesto, todo ello en clave woke.
En el plano internacional, que es el que nos interesa destacar aquí, Petro se ha movido rápidamente para posicionar dicha agenda en clave hemisférica. Su discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas, celebrada el pasado mes de octubre, fue dedicado en gran medida a la idea de despenalizar el consumo y los cultivos de coca y marihuana. Y para mediados de enero de 2023, Petro prepara una cumbre regional, a celebrarse en Colombia, con la finalidad de promover nuevos lineamientos políticos en dicha materia. Por lo pronto AMLO, Presidente de otro país fuertemente afectado por el narcotráfico como lo es México, y que este mismo año expulsó a una oficina de la DEA, ya ha comunicado que asistirá gustoso a la cita.
Con respecto a la promoción de la paz, Petro viene interviniendo activamente en los diálogos que el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición venezolana desarrollan en México. No sólo fue un factor decisivo para que el dictador venezolano visitara recientemente París y se diera la mano con Emmanuel Macron, sino que además se tomó la libertad de anunciar por su cuenta el primer acuerdo más o menos firme que se ha alcanzado en estas negociaciones que facilita el Reino de Noruega.
Adicionalmente, Petro ha incorporado a la Venezuela de Maduro como garante en los diálogos de paz que el gobierno colombiano mantiene con el ELN, una guerrilla que ya funge como verdadera organización binacional, dado su alto nivel de operaciones en territorio venezolano.
Esta mutua injerencia de los gobiernos de Colombia y Venezuela en los procesos de paz de ambos países es algo realmente poco frecuente en situaciones de este tipo. Por otro lado, la muy celebrada apertura de la frontera binacional no sólo no ha comenzado a rendir los fantásticos resultados que prometía entre otros Armando Benedetti, el histriónico embajador de Bogotá en Caracas -después de todo, la apertura no subsana el hecho esencial: la economía venezolana está en terapia intensiva por razones endógenas, mucho más que exógenas-, sino que además es un episodio más que siembra dudas sobre un aspecto crucial: la verdadera vocación democrática de Gustavo Petro.
La apertura de la frontera con Venezuela se ha hecho sin exigir ningún gesto de Maduro a favor de la democracia. Por el contrario, han prevalecido los gestos de sintonía y complicidad entre ambos gobiernos, con lo cual el tímido exhorto que Petro realizó en una entrevista cedida al diario El País de España, en la que el Mandatario colombiano sostenía que “rechazar la democracia liberal lleva a la dictadura, como ha ocurrido en algunos países de América Latina”, queda como un simple gesto de cara a la galería. A ello cabe sumar su tuit del pasado 4 de septiembre tras el plebiscito chileno, en el que señalaba que “revivió Pinochet”, o su más reciente defensa de Pedro Castillo luego de que éste intentara dar un golpe de Estado cerrando el Congreso peruano.
Sólo el tiempo permitirá conocer la verdadera orientación de Petro con respecto a estos asuntos.
* Miguel Ángel Martínez es Doctor en Conflicto político y Procesos de Pacificación. @martinezmeucci
