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El lunes recién pasado falleció Abraham Santibáñez. Periodista, experto en género interpretativo y opinión, referente permanente en ética de la comunicación y Premio Nacional de Periodismo el 2015.

Un hombre preclaro, con principios no transables y con un peso tal, que ni la digitalización, las redes sociales, los algoritmos o la IA hicieron mella en ellos. Y es que los valores, cuando se centran en la persona, no hay circunstancia política, económica o tecnológica que los remueva.

La partida de Santibáñez parece una ocasión oportuna para (volver a) hablar del Periodismo y su situación actual, aunque sea en una breve columna que se presta a sesiones y debates más extensos.

Se dice con excesiva ligereza que la profesión periodística está en crisis. Lo suelen decir quienes ignoran la versatilidad de la profesión y/o quienes se sienten incomodados por la misma.

Lo cierto es que la profesión está desafiada… aunque dicho diagnóstico lleva, con mayor o menor fuerza, décadas en nuestro país y el mundo entero.

Esta eventual crisis se da principalmente en tres áreas que, no pocas veces, se cruzan:

La primera, es la tecnológica. El periodismo hoy estaría amenazado por la IA. Nada muy distinto a lo que se lee con la llegada de la televisión, luego internet, después las redes sociales y por último los algoritmos. Avances tecnológicos desafiantes que el buen periodismo ha sabido asumir y considerar en su día a día. Salvo excepciones, es el periodismo resistente al cambio el que ha terminado por sucumbir.

La segunda, es la referente a la propiedad. Es cierto que quien sea dueño de un medio o un conjunto de ellos puede tender –si su esquema moral y desconocimiento de lo que ahí se hace lo permite– a dinamitar medios, organismos o redes dedicadas a la comunicación. Quizás el ejemplo más actual y doloroso es lo hecho por Jeff Bezos con el Washington Post. Sin embargo, el aumento explosivo de medios digitales y comunitarios es sorprendente en prácticamente todos los rincones del mundo. Chile no es la excepción.

La tercera y última, es la ética. El periodismo y la comunicación ha estado siempre amenazado por las faltas éticas de quienes lo ejercen. Es cierto. Pero igual de innegable es que hay profesiones cuyo trabajo no es público y está bajo la misma amenaza, aunque los tropiezos queden en privado.

En definitiva, la amenaza tecnológica, propietaria y ética a la que está sometido el periodismo es real, pero debe ser ponderada en su justa medida.

Además, el periodismo y la comunicación son, junto a la ciudadanía y la política, un vértice fundamental para la democracia. No en vano, lo primero que hace el autoritarismo es perseguir ciudadanos, opositores o periodistas. Dicho de otro modo, no hay democracia sana sin libertad de prensa. Y no hay tecnología que pueda modificar este principio.

La última encuesta CEP, entregada hace algunos días, señala que las radios, los diarios y la televisión aumentan sus índices de confianza de parte de la ciudadanía. Las radios y los diarios lo hacen significativamente.

El Digital News Report, publicado esta semana, confirma que el interés por las noticias crece en casi todos los grupos etarios y el acceso a la información es cada vez más a través de marcas periodísticas reconocidas, en desmedro de buscadores expuestos a algoritmos e IA.

En este punto, me parece casi una obligación como director de una Escuela de Periodismo y Comunicación de una universidad católica, hacer referencia a la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas; a la que, por cierto, Abraham Santibáñez le dedicó una de sus últimas columnas, celebrando el documento.

En esa carta el Papa interpela directamente a los periodistas y comunicadores. Define la profesión como uno de los espacios –junto con la educación– donde asuntos como la IA, sus luces y sus sombras, deben ser discutidos, refutados y habitados. Es precisamente en el periodismo donde se alcanza ese “desarme” de la IA que pide el Pontífice.

León XIV invita a un periodismo serio, que genere espacios de debate donde prime la verificación por sobre la inmediatez.

Quienes tenemos a cargo la formación de futuros periodistas y comunicadores recibimos este encargo del Papa con alegría, ya que incita a ser creativos en la búsqueda de nuevos caminos frente a los avances tecnológicos, a la vez que celebra la incomodidad que el periodismo ha generado incluso en la misma Iglesia.

El periodismo es una profesión expuesta y que no pocas veces incomoda y, por lo mismo, siempre se dirá que estuvo, está y estará en una crisis terminal. Pero quienes nos dedicamos a ejercerlo y/o enseñarlo, tenemos claridad absoluta de que no morirá a manos de la tecnología, dueños inescrupulosos o tropiezos éticos.

No hay amenaza tal para profesión tan noble.

Y Abrahan Santibañez bien lo sabía.

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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