Es indudable que las elecciones de este domingo tendrán como una de sus protagonistas clave a la candidata de la izquierda unida. Es un pronóstico ampliamente asentado que Jeannette Jara asegurará su paso a la segunda vuelta presidencial —probablemente en primer lugar— gracias a tres factores: es la postulante única de ese sector (más allá del testimonial e irrelevante concurso de otros candidatos); lidera la coalición que convoca a todos los partidos de izquierda; y cuenta con el respaldo de un gobierno del que fue parte entusiasta, sostenido por ese 30% de incondicionales que lo apoya sin importar lo que pase o lo que haga.
Sin embargo, los ejes que hoy dominan la campaña —orden, seguridad y crecimiento económico— favorecen claramente a la derecha, que los encarna con mayor autenticidad. De ahí que el pesimismo, cuando no una franca resignación, ha comenzado a instalarse en la base de apoyo de Jara al analizar las posibilidades concretas de su candidatura en una segunda vuelta. Desde La Moneda, pasando por el partido que la cobija de adolescente, hasta llegar a las encuestas que siguen circulando pese a la veda legal, el diagnóstico es casi unánime: su derrota en diciembre parece inevitable.
Pero sería un error reducir su desempeño únicamente al resultado definitivo de la contienda presidencial. Más allá de éste, su candidatura representa un logro estratégico para el Partido Comunista. Desde el retorno a la democracia, el PC ha sido un actor marginal en las presidenciales: Eugenio Pizarro obtuvo un 4% en 1993, Gladys Marín un 3% en 1999 y Jorge Arrate un 6% en 2009. Hoy, con una militante de sus propias filas encabezando la coalición de izquierda, el Partido Comunista podría alcanzar cerca del 30% de los sufragios —más de cuatro millones— y una visibilidad inédita fruto de la exposición mediática que implica una campaña presidencial.
No serán votos comunistas, ciertamente, sino del arco amplio de la izquierda, pero el símbolo es muy poderoso: por primera vez, un partido que jamás renunció a su matriz ideológica logrará mostrarse competitivo bajo las reglas democráticas. De hecho, la propia candidata ha hecho denodados esfuerzos por atenuar el peso de su militancia, intentando diluir las connotaciones que acompañan su historia política.
Sin embargo, la realidad es que Jeannette Jara pertenece a un partido que no cree en la democracia liberal ni en sus instituciones. Así lo ratifican las resoluciones del XXVII Congreso del Partido Comunista de Chile, realizado recientemente en enero de 2025, donde se reivindican regímenes autoritarios y se justifican alianzas con dictaduras que niegan libertades básicas. Sus dirigentes, en distintas épocas, han validado la violencia política como medio legítimo de acción. Y la propia candidata propuso la nacionalización del cobre en su programa de primarias y en una entrevista describió a la vetusta dictadura cubana, aferrada durante 66 años al poder, como “una forma distinta de democracia”.
El riesgo, entonces, más que estar en el resultado de esta elección presidencial, radica en lo que vendrá después. Con el impulso de la votación que obtendrá su candidata, el PC habrá ganado más representación parlamentaria, mayor influencia en el debate público y, particularmente, una apariencia de moderación que oculta un proyecto incompatible con la democracia liberal. La verdadera victoria de la izquierda radical no debe medirse según llegue o no a La Moneda, sino en haber logrado normalizar su presencia en el corazón del sistema político bajo la apariencia de una fuerza democrática más.

Lamentablemente, así es. Bachelet les abrió las puertas.