Algunos refranes son pequeñas misericordias domésticas. “Ojos que no ven, corazón que no siente” nació para consolar a quien no puede evitar un mal lejano: el que no se entera del naufragio duerme tranquilo, y hacemos bien en no amargarle el sueño con una noticia que nada cambiaría. Es sabiduría de abuela, hecha para las cosas sobre las que no tenemos poder. Pero el refrán, como toda herramienta afilada, ha ido resbalando hacia usos menos inocentes. Entre nosotros se lo emplea también para describir cómo la distancia enfría el cariño —lejos de los ojos, lejos del corazón—, y de ahí ha bajado un peldaño más, hasta servir de coartada blanda a la infidelidad: el que no ve, no siente, y el que no siente, se disculpa. Nótese el trayecto. De consuelo ante lo inevitable ha pasado a excusa de lo que sí dependía de uno. Y en la discusión sobre el aborto acaba de dar su último paso: ya no consuela ni excusa, ahora legisla.
La ocasión es un proyecto de ley que propone que, antes de una “interrupción voluntaria del embarazo”, el médico informe a la mujer si el embrión o feto tiene actividad cardíaca detectable y, de tenerla, le ofrezca escucharla, con una descripción objetiva del dato. Contra la iniciativa se han alzado objeciones que hay que tomar en su forma más fuerte, porque son inteligentes y ninguna es de mala fe.
La primera dice que la autonomía incluye el derecho a rechazar la información que no se desea, de modo que una consulta cuyo rechazo acarrea una consecuencia jurídica deja de ser una opción libre (el proyecto dispone que, si la mujer declina el ofrecimiento para escuchar los latidos de su hijo, el médico debe negarse a practicar el aborto). La segunda va más lejos: sostiene que ofrecer ese dato con ánimo de disuadir no es información neutral sino presión, y que cuando el Estado impone una carga psicológica con finalidad disuasiva, incurre en tortura. Mírese esa escalada, porque es reveladora: de “no quiero oír” se llega, en dos pasos, a “ofrecérmelo es torturarme”. El camino es corto, pero el terreno que atraviesa lo dice todo. Ambas objeciones, tan distintas en tono, descansan en un mismo fin, aunque nadie lo diga en voz alta: que el amor natural, ese que despierta al reconocer al hijo, no alcance a reafirmar la fidelidad de la madre hacia él. No es distracción: es un modo de dormir el vínculo antes de que hable. Y ambas objeciones, también, asumen la premisa positivista del supuesto “derecho” al aborto y, desde allí, rechazan el que la negativa de la mujer al ofrecimiento de escuchar los latidos de su hijo pueda acarrear la imposibilidad de practicarse un aborto.
El proyecto de ley yerra ahí, y conviene decirlo para no confundir lo que defiendo: no yerra por querer disuadir, sino por confundir el disuadir con el forzar. Poner la verdad delante de alguien es un deber; castigarlo si aparta la vista, en este caso es torpeza que arruina el fin que se persigue. De modo que no vengo a defender ese proyecto, sino la disuasión inteligente, no la disuasión de garrote. Forzar es mala manera de convencer. La verdad empujada a la fuerza deja de persuadir y empieza a violentar, y una conciencia violentada se cierra en vez de abrirse. Por eso la coacción no es un exceso de celo disuasorio: es su fracaso. Importa, pues, fijar bien dónde cae la crítica: sobre el garrote, jamás sobre la verdad que el garrote esgrime mal.
Aclarado eso, digamos algo sobre el manoseado argumento de que ofrecer esta verdad a la mujer atenta contra su autonomía: imaginemos al cazador que, antes de disparar hacia la espesura, exigiera que nadie le advirtiese si en la maleza respira un hombre o un ciervo, no fuera que la noticia le enturbiara el pulso. Diríamos que ha entendido su libertad al revés. Una puntería que necesita ignorar su blanco no es más libre por ignorarlo: es sólo más ciega, y su ceguera no absuelve el disparo, apenas le fabrica una coartada. Lo que hay en la maleza no cambia de naturaleza porque el cazador cierre los ojos. Con la elección ocurre igual. La voluntad no se mueve en el vacío: elige a la luz de lo que la razón le muestra, y una decisión tomada en ignorancia de un dato decisivo sobre aquello que decide no es más libre, sino menos. Llamar autonomía a la ignorancia deliberada del propio objeto es confundir el autogobierno de un ser racional con la mera espontaneidad de quien actúa sin mirar. Nadie es más dueño de sus actos por saber menos de ellos.
Hagamos, de paso, una pregunta simple a quienes con más fervor invocan la autonomía de la mujer. Esa libertad que proclaman sagrada mientras la conduce al quirófano, ¿por qué se vuelve de pronto sospechosa —presión, coacción, hasta tortura— apenas la misma mujer podría emplearla para mirar una imagen o escuchar un sonido? Si de veras se amara su autonomía, se amaría entera: la de decir que sí y la de detenerse, la de cerrar los ojos y la de abrirlos. Pero se defiende una sola dirección. Se aplaude la libertad que avanza hacia la muerte del hijo y se recela de la que pudiera apartarse de ella. Y entonces la pregunta se torna inevitable: ¿Qué es, exactamente, lo que se defiende? ¿A la mujer? ¿Su “autonomía reproductiva”? ¿O el resultado —esa muerte que nunca se nombra— para el que la autonomía no era sino el vehículo? Porque una libertad que sólo se respeta mientras produce cierto desenlace, y de la que se desconfía en cuanto pudiera producir otro, no es una libertad que se ame: es un medio que se tolera mientras rinde. En ese uso, la autonomía ha dejado de ser el fin; es apenas la coartada del fin. La misma coartada, otra vez, del cazador que prefería no saber.
Detengámonos ahora en la segunda objeción, la que llama violencia a que le digan a uno la verdad. Hay en ella una rareza que no hay que dejar pasar. Sólo hiere oír un dato cuando lo que uno va a hacer no resiste ese dato. Al que va a partir un leño no lo perturba que le llamen madera a la madera; lo perturbaría, en cambio, oír que el árbol todavía tiene savia con el hacha ya levantada. La verdad no incomoda por cruel, sino por exacta: y cuando incomoda, es señal de que su filo toca el acto y despierta la conciencia de la persona. Un espejo no agrede a nadie; se limita a devolver una imagen. Quien lo acusa de agresión está confesando, sin quererlo, qué es lo que el espejo le devuelve. Rebautizar de tortura a la información veraz es, en el fondo, un elogio involuntario a su exactitud.
Desnudada así la falacia, aparece entero el punto que el sentido común reconoce sin esfuerzo y el positivismo se empeña en no ver. Si no hay derecho a matar al inocente, entonces disuadir de hacerlo no es una intromisión: es un deber. Y ese deber recae sobre la comunidad, no sobre la mujer: es la sociedad la que está obligada a poner la verdad delante, a ofrecer, a mostrar, a acompañar, a insistir con caridad. Ahí está la línea, y es nítida: la disuasión honesta ofrece el latido y describe lo que se oye. A quien se asoma al borde de un acto irrevocable la comunidad no le debe facilitación, le debe auxilio; no le debe silencio, le debe la verdad que acaso la aparte y un instante de detención ante lo que no tiene vuelta. Digámoslo sin complejos: la mujer tiene derecho a que los suyos y la sociedad entera la ayuden a no matar a su hijo, y ese derecho se traiciona cuando se la deja sola con el hacha, felicitándola por su autonomía. Entre el abandono y el garrote está la disuasión verdadera, que es la que trata a la mujer como lo que es: una persona, un ser moralmente responsable, capaz de recibir la verdad y ser iluminada por ella.
Y que no se me malentienda: defender esta disuasión no es resignarse a administrar con dulzura lo que no debería existir. Una ley que erige en prestación la muerte directa de un inocente no se perfecciona: se deroga; mientras siga en pie, poner la verdad delante salvará vidas concretas, y ya eso basta para quererlo, aunque no baste para darse por satisfecho.
El viejo refrán prometía paz a costa de no mirar. Pero aquí el corazón que se pide no sentir no es el de la madre —que sí siente—, sino el del hijo, que late aunque nadie lo oiga. Cerrar los oídos no detiene ese latido; sí lo hace el aborto. Por tanto, el refrán ha sido invertido al extremo: por esos oídos que no escuchan, un corazón dejará de latir, y otro, tarde o temprano, no dejará de sentir lo que no quiso escuchar.

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