Converso con muchos estudiantes y con frecuencia constato lo difícil que resulta a los más talentosos elegir una carrera distinta de las cuatro o cinco dominantes, aunque tengan inclinación y aptitudes para seguir otros caminos. Esto se agudiza en ciertos ambientes, donde campos como la psicología o la arquitectura son el límite aceptable de lo “poco convencional”, dadas las expectativas propias y del entorno. Disciplinas como la filosofía, la bioquímica, la ciencia política o la música quedan casi por definición fuera de análisis. Da la impresión de que la riqueza de talentos e intereses originales se va borrando con trayectorias cada vez más uniformes. Una buena noticia es que la transformación contemporánea de la universidad y del mundo del trabajo abre espacio para cuestionarse lo que en general hemos dado de antemano por zanjado.
Es cierto que el sistema universitario chileno es excesivamente profesionalizante -en el sentido de orientado a un ejercicio profesional muy específico- y que, por tanto, los buenos alumnos (y sus padres) tienden a inclinarse por carreras que garanticen por sí mismas el ingreso en ciertos campos profesionales y un determinado nivel de ingreso. También es cierto que el antiintelectualismo de las élites chilenas no es nuevo, aunque probablemente se ha agudizado: si hace medio siglo no era extraño encontrar escritores, políticos o diplomáticos en esos mundos, en las últimas décadas las trayectorias profesionales parecen mucho más marcadas por un giro financiero y pragmático. De cualquier modo, la incertidumbre sobre el futuro del trabajo asociada a las transformaciones culturales y tecnológicas obliga a cuestionarse muchos supuestos de las propias decisiones, y es muy posible que una formación intelectual amplia y con salidas profesionales flexibles responda mejor a las necesidades de este mundo que los modelos rígidos que conocemos.
Es comprensible que los padres quieran las mejores oportunidades de entre las que vislumbran para sus hijos, y también lo es que los propios estudiantes tiendan a buscar aquello más seguro, aunque intuyan que tienen condiciones para aportar en otros ámbitos. Pero si nunca ha sido forzoso ceñirse a caminos preestablecidos, el contexto cambiante en que vivimos induce más bien a replantearse ciertas cuestiones, a tomarse en serio la pregunta por los propios talentos y el mejor modo de aportar. Obviamente no es imposible que alguien con interés por estudiar los fenómenos sociales pueda ser un buen abogado en derecho corporativo, aunque no es claro que la contribución específica que podría haber llegado a hacer se despliegue en ese camino. Por otra parte, tampoco es improbable que alguien que estudió sociología o relaciones internacionales termine trabajando en una empresa minera y sea un gran aporte en ese ámbito: una formación intelectual sólida permite desempeñarse en campos variados y las trayectorias profesionales no suelen ser lineales.
El punto es que dejar la decisión de carrera a los mismos criterios de siempre no parece ser lo más razonable en un mundo como el nuestro, que parece requerir ante todo hondura intelectual, conocimiento del contexto, capacidad de formular preguntas y criterio para resolver con acierto al momento de la deliberación práctica, cuestiones que no es posible sustituir ni con el más valioso de los conocimientos técnicos. Una carrera que ofrezca una formación intelectual rigurosa y permita dedicar cuatro o cinco años a leer, a pensar acompañados de buenos profesores y a aprender lo específico de una disciplina sin perder de vista su vinculación con el todo, sólo puede ser una inversión para lo que viene. El riesgo de desmarcarse de la ruta única se relativiza si se considera que el contexto mismo, cambiante y dinámico, comporta también muchos riesgos. El que busque formarse a fondo para comprender un mundo complejo y esté dispuesto a trabajar duro en el camino, irá con ventaja en el mundo profesional.
Y, por lo demás, la vida es corta. Siempre hay una pérdida en seguir sin más la huella convencional, la ruta ya marcada. El que arriesga y se abre a encontrar el cruce entre sus talentos y las necesidades del mundo conoce un gozo que ignoran los demás.
