El aluvión me pilla en la universidad donde trabajo, a pocos metros del punto cero del fenómeno. Las primeras reacciones son de desconcierto ante las advertencias de no abandonar el campus por el riesgo de lo que ocurre en las calles aledañas. Unos alumnos hacen amago de salir y una guardia les dice con energía que “piensen en sus mamás”. Todos tenemos reuniones a las que llegar, cuestiones y personas que atender, y nos cuesta reconocer que aquí hay algo que escapa a nuestro control, a nuestras previsiones. Por una confluencia de factores, se han activado las quebradas, y las calles que transitamos a diario son ríos de barro, ramas y piedras que arrastran a su paso cuanto encuentran. El entorno en que vivimos, que suponemos domesticado, nos muestra de pronto su faz amenazante. La naturaleza se pone en pie: nos recuerda que hay un ámbito que no dominamos.
Mientras recorro el campus y recuerdo la intensa lluvia de pocos minutos atrás que precipitó el desprendimiento -de una fuerza inusitada, como no había conocido antes- pienso en nuestra tendencia a romantizar la naturaleza, a imaginarla sólo a partir de su cara frágil, necesitada de protección. Nosotros, los de la ciudad, hemos estabilizado el mundo a nuestro alrededor hasta tal punto que tenemos poca experiencia de su dimensión violenta e irreductible; no somos conscientes de la resistencia que nos ofrece. Cuidamos la naturaleza en nuestros maceteros y balcones y olvidamos con demasiada frecuencia lo que en el campo es experiencia cotidiana: que habitar el mundo consiste en gran medida en afirmarse en él, en construir lenta y trabajosamente un espacio habitable, en no darlo nunca por totalmente conquistado.
Nosotros, los citadinos modernos, vivimos con facilidad bajo la ilusión del control: pensamos que lo que ocurre o deja de ocurrir depende casi exclusivamente de nosotros. Tendemos a concebir el mundo como algo completamente disponible, que podemos modelar y dominar a nuestro arbitrio. El impulso moderno nos mueve a emanciparnos de todos nuestros límites y constricciones, de todo aquello que se encuentre más allá de la voluntad propia. Por eso nos desconcierta tanto la catástrofe y nos cuesta tanto procesarla. A menudo no acertamos más que a buscar responsables, como si ni siquiera la naturaleza desbordada pudiera despertarnos de la idea de que todo se somete al poder humano.
El aluvión manifiesta una vez más la fragilidad de nuestro mundo construido, una vulnerabilidad que querríamos legítimamente reducir, aunque nunca eliminaremos del todo. Como en otros desastres, el río de barro ha dejado su marca en las calles, las casas y las vidas de muchos. Su irreductibilidad nos recuerda algo importante: que nuestro control nunca es total, que el movimiento emancipatorio tiene límites; en otras palabras, que la condición para afirmarnos en el mundo y habitarlo es aceptar nuestro delicado lugar en él. Esto, que parece obvio, no es nada fácil: tendemos a ver nuestra acción en el mundo desde una lógica unilateral, como una combinación de uso y protección que sería pura obra nuestra. Nos imaginamos como individuos autónomos que cuidan o utilizan un entorno pasivo, sin verse afectados.
Olvidamos casi por completo que vivimos en una relación, en un entrelazamiento que sobrepasa nuestras decisiones. El vínculo de los estudiantes con sus madres, el de cada uno con la geografía que habitamos. Le hemos arrebatado las quebradas al cerro para abrir nuestras calles, pero el agua vuelve y nos recuerda nuestra dependencia. Camino por el campus y veo rostros sorprendidos, como seguramente me ven quienes se cruzan conmigo: nuestro extrañamiento sería menos agudo si recordáramos la relación en que nos encontramos.

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