Sentirse mayoría por un resultado por venir

El inicio del actual gobierno estuvo acompañado de un manifiesto sesgo optimista por parte de los ganadores. Los hechos no lo avalaban, pero las buenas noticias parecían estar por llegar.

En primera vuelta la izquierda había sido superada por el candidato de derecha dura, necesitaron duplicar las preferencias conseguidas por las propias fuerzas, y cualquiera fuera el desenlace presidencial, se iba a ser minoría en el Parlamento.

Las dificultades no amedrentaban a los recién llegados. Se sentían representantes de la mayoría y, sobre todo, señalados por el destino para protagonizar un relevo histórico, incluso antes de lo que habían planificado al inicio de la campaña.

El depender de otros para seguir ganando quedó extrañamente en segundo plano. La confirmación de este convencimiento no se ubicaba en algo acontecido, sino en lo que estaba por suceder: el cambio de Constitución.

Sería el reemplazo de las reglas básicas de nuestra convivencia lo que confirmaría a la generación de remplazo, en la seguridad de que este giro a una sociedad más justa se estaba produciendo. No por nada ya habían dejado en evidencia lo obsoleto de la dirigencia anterior. Cada paso inicial fue dado con la certeza de que se estaba anticipando un evento histórico de primera magnitud. Se llegaba a La Moneda en el papel de pioneros del mañana.

Se había ganado la elección presidencial con ayuda, pero no era cuestión de agradecer a nadie. Lo que habían hecho los demás no era otra cosa que reconocer un cambio histórico ya en curso. ¿De qué otra forma iban a actuar si querían ser disculpados por sus fallos del pasado y no ser juzgados con excesiva dureza? Era un último gesto antes de desaparecer. No había que pensar mucho más en eso.

La anterior Convención, conformada con un sesgo permitido y promovido con entusiasmo por un Parlamento claudicante, hicieron ver como moderados a quienes llegaban a La Moneda. Esta era una asamblea que anunciaba un porvenir del que se quería ser dignos. No era cosa de que, una vez ganada la Constitución y llegado el reino de justicia, fueran a ser considerados como precursores tibios y dubitativos.

Nuevamente era el juicio del futuro lo que más se temía. No por nada se estaba en la antesala del triunfo de una revolución y no había que arrugar a última hora. Es por eso que, a las puertas del plebiscito, una de las convencionales, de lo único que se arrepentía era de no haber sido un poco más radical.

Ahora contamos con la ventaja de saber cómo continuaron los acontecimientos. Se veían como padres y madres de una patria naciente, pero hoy evitan poner en su currículo su participación en la Convención. Quién te vio y quién te ve.

La elección presidencial quedó muy lejos

Ni a la imaginación más enfebrecida se le ocurrió encontrarnos con una repetición de la escena, pero ahora con los papeles invertidos. La idea de que las fallas mayores era patrimonio de sólo uno de los dos extremos encontró un rápido desmentido.

A estas alturas la verdadera innovación hubiera consistido en buscar una Carta Fundamental integradora y representativa de la nación en sus diversas y más importantes expresiones políticas.

En las actuales condiciones la idea de plantearnos como sociedad una estrategia de desarrollo sostenible y equitativa escapa a nuestras posibilidades.

Priorizar las discrepancias unilateralmente entre nosotros tiene este costo sustancial. A cambio de eso, estamos siendo consumidores de una dieta poco saludable, con altas concentraciones de palabras sin sustancia, que nos llena sin satisfacer.

Es sintomático que ya nadie hable del programa, cada vez sean menos los que se refieren a las reformas y cada vez sean más las explicaciones obligadas que el oficialismo tiene que dar por lo que debiera hacerse mejor.

Por eso se puede decir, aunque el calendario pareciera desmentirlo, que estamos más cerca de la próxima campaña presidencial que de la anterior.

Cuando el mañana quedó en el pasado

Al postergar el debate de las reformas, el gobierno pierde mucho más que algunos meses a la espera de una mejor oportunidad. Ocurre que no habrá mejores oportunidades y que el foco de atención que el oficialismo podría ofrecerle al país se ha perdido sin que nada lo reemplace.

El resultado ha sido una constante reducción del horizonte con el que se preparan las acciones e iniciativas oficialistas. Si, muy al principio, se pensaba en años, ahora se planifica para las próximas semanas.

La mayor crítica que se ha hecho a la actuación del gobierno en esta materia ha provenido de su interior. Esto ocurre cuando la ministra Camila Vallejo señala que la situación del paro de profesores en Atacama “era crítica antes del traspaso”.

Si las palabras tienen algún valor, esto significa que la acción del Ejecutivo se debió concentrar desde el primer momento en enfrentar un problema de gran magnitud. Esa señal no se ha dado nunca por el Ministerio de Educación. Si algo parecido acontece en otras zonas, y no se reduce al primer foco, la situación es mucho peor.

El gobierno ya no emplaza a la derecha por los obstáculos que pone, sino que tiene que dar explicaciones por aquello que no hace funcionar, de lo cual se derivan otras fallas que comienzan a emerger. Tampoco al gobierno se le da bien su obligatorio papel de árbitro en el próximo plebiscito que es tan convincente como declaración de Democracia Viva.

De más está decir que no se justifica la euforia que acompañó los primeros días de la administración Boric, ni tampoco se justifica ahora la postración de ánimo que se aprecia en estos días.

Las reformas, en la medida limitada en que son posibles, deben ser presentadas. Se las puede rechazar producto del juego de mayorías y minorías, pero si caen, que sea por eso y no por la inacción de quienes debieron defenderlas.

En un gobierno breve, próximo a la mitad del mandato, el corto y el largo plazo tienden a coincidir. Un plan de acción realista por sectores clama por su ausencia. El dilema de Chile es entre proyectos incluyentes y excluyentes de sociedad y concentrarse en aquello que logra consenso nacional es la mejor alternativa.

La idea de que el futuro no está predicho, que no consiste en una marcha triunfal a la que sólo queda sumarse, se muestra afortunadamente como una noticia falsa.

Si no es cosa de adaptarse a un futuro cierto, de lo que se trata es de asumir las responsabilidades propias en el presente. Otros evaluarán después lo que se hace hoy desde el poder y es de esperar que no desconozcan la benevolencia.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.