Las últimas palabras pronunciadas por O’Higgins antes de morir, en octubre de 1842, habrían sido “Magallanes… Magallanes”. Seguramente reflejaban la preocupación del prócer por la soberanía chilena sobre los pasos australes. Un año después, Juan Williams tomó posesión del Estrecho e inauguró el Fuerte Bulnes en sus orillas. Desde entonces, el eje de nuestros tratos con Argentina en el siglo XIX tuvo como premisa el control de aquellos. En 1881 cedimos territorios sobre los cuales teníamos títulos, pero escasa presencia real, a cambio de la soberanía sobre las vías de navegación que nos daban cierta autoridad ante las naciones relevantes de entonces.

Situada sobre el Atlántico, Argentina desarrolló sus vínculos con Europa y, gracias a su estabilidad política y económica, así como a la consigna de Alberdi de “gobernar es poblar”, desde 1856 comenzó a recibir contingentes impresionantes de inmigrantes desde Italia, España, Francia, Suiza, Rusia y otros países. Seis millones llegaron en un periodo de 70 años. Ellos transformaron el interior del país. Junto a capitales internacionales impulsaron un nuevo modelo exportador y redes comerciales mundiales. Promovieron la extensión del ferrocarril, del telégrafo, de las líneas de navegación. Se sucedieron avances tecnológicos como la refrigeración, la transfusión sanguínea, el sistema dactiloscópico, entre otros. Buenos Aires pasó a convertirse en la más moderna y sofisticada capital de América del Sur y hacia 1930 Argentina era una potencia relevante.

Casi cien años después, el eje del desarrollo mundial pasó del Atlántico al Pacífico. Los pasos australes, que perdieron importancia después de la inauguración del Canal de Panamá en 1914, adquirieron de pronto mayor protagonismo, mientras el istmo es objeto de presiones de EE.UU. y China por su control. Por otra parte, ha mermado su eficacia por la escasez de agua para llenar sus esclusas. Este año, el flujo disminuyó un 44% obligando a sus autoridades a reducir los cruces de 36 a 34 tránsitos diarios, y rebajar el calado de las naves que lo atraviesan.

Con estos antecedentes de fondo, aumentan los sectores argentinos que quieren reflotar la doctrina del vicealmirante Storni, formulada en 1916. Este quería situar al país como potencia marítima y, en ese contexto, ejercer una presencia activa sobre el acceso a los pasos australes, particularmente del Estrecho de Magallanes. Storni sostenía que el Estrecho, en su sector norte, no comenzaba en Punta Dungeness, el límite ya establecido en tratados y documentos, sino en Cabo Vírgenes en suelo argentino, a 8 kilómetros de Dungeness. De allí derivaba el derecho a coadministrar la vía. Desde entonces se han sucedido diversos hechos y declaraciones argentinas, siempre frenadas por Chile, para que ningún pronunciamiento pueda servir de precedente para admitir dicha tesis.

El incidente más reciente fue el protagonizado por las declaraciones del Brigadier General Gustavo Valverde, jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, que llamó a mantener presencia en “…Magallanes, el sur, el Drake, (donde) todo es soberanía. Hay que mantener(se) ahí, hay que hacer presencia porque eso es una llave bioceánica…” A pesar del comunicado argentino del pasado martes retractándose frente a la protesta chilena, o de las declaraciones de su Ministro de Defensa subrayando que “no está en discusión que el Estrecho de Magallanes es chileno”; y pese a la desautorización de Buenos Aires por los dichos “confusos y desprolijos” de Valverde, late en sectores de ese país una reivindicación estratégica frente a la que debemos estar siempre en alerta.

Los desmentidos de hoy y del pasado sobre los lindes establecidos, entre otros, por los tratados de 1881 y 1984, conviven con declaraciones esporádicas de grupos de poder y representan una advertencia permanente. Las retractaciones, las diferencias de interpretación de los tratados trascienden a los gobiernos de turno y la corrección de los “errores” demoran más de la cuenta. El Decreto 457 de 2021, que establecía una administración compartida del Estrecho, fue catalogado como equivocación tres años más tarde. Con esta duplicidad tenemos que convivir.

Las conversaciones telefónicas entre cancilleres y ministros de Defensa, la llamada del Brigadier General argentino a su contraparte chilena, o las consultas políticas de la semana pasada permiten superar la contingencia, pero no despejan la aspiración de Storni. Esto nos obliga a prestar atención máxima y permanente a las declaraciones, decretos y pronunciamientos de personeros con algún grado de responsabilidad en el Estado argentino. Nos exige darle seguimiento a estas manifestaciones y sopesarlas; responderlas a tiempo y con contundencia porque cualquier manifestación puede alimentar un relato contrario al derecho y la geografía. La más leve desatención de nuestra parte generaría un precedente, una prueba, un argumento en nuestra contra.

Paralelamente, como lo hemos venido sosteniendo desde estas líneas consistentemente, es básico impulsar el desarrollo de Magallanes y de la zona austral. En este sentido, son alentadores los avances para terminar el muelle de pasajeros en Puerto Williams; la inauguración allí de un hotel que permitirá ampliar y dinamizar el turismo antártico; el progreso en la ruta que unirá Vicuña con Yendegaia sobre el Beagle; la reciente aprobación de una inversión de US$ 11 mil millones en una planta para la producción de hidrógeno y amoniaco a partir de la energía eólica, entre otros avances.

Sin embargo, el puerto de la capital regional (si se tiene en cuenta un incremento de la navegación interoceánica) tiene una baja capacidad para naves mayores, de calado profundo y ofrece limitados servicios en reparación naval. Los habitantes de Tierra del Fuego no llegan a 8.500 personas. Si la producción de amoniaco e hidrógeno verde se hace realidad en cuatro años, lo lógico sería que el gobierno diseñe para esa región una política industrial y de pesca que diversifique su economía y genere una oferta de empleo. Las zonas extremas demandan una visión geopolítica de desarrollo.

Junto a una respuesta oportuna a las reivindicaciones nacionalistas argentinas y al desarrollo de nuestro extremo austral, creo que el mejor mecanismo para conjurar los “malos entendidos” y sus secuelas, frecuentes en una relación entre vecinos, es multiplicar un clima de complementación, confianza e integración con Argentina. El potencial es enorme en energía, minería o logística.

Chile tiene un desarrollo de capitales y servicios mineros que puede ser útil a la expansión argentina de ese sector, y una cadena de puertos capaces de movilizar esa producción hacia sus destinos finales. Chile tiene una demanda por gas argentino útil para nuestro centro-sur, y una oferta de energías renovables interesante para el noroeste argentino. Además, este invierno comprobamos la necesidad de pasos seguros entre los dos países. El principal cruce terrestre entre ambos países, ya saturado, ha permanecido cerrado por 34 días por nevadas. Esto ha generado pérdidas, hasta ahora, por US$ 238 millones. Mientras, la construcción del túnel alternativo de baja altura en Agua Negra, entre Coquimbo y San Juan, tendría un coste de US$ 1.500 millones. Sin comentarios.

En definitiva, no podemos quedarnos entrampados en declaraciones que seguramente se repetirán y ante las que tendremos el deber de reaccionar con serenidad y contundencia. Paralelamente, tenemos que desarrollar con determinación nuestra soberanía sobre Magallanes y la Antártica, de modo real y no declarativo. Por último, creo que debemos buscar por todos los medios la complementación con Argentina. Una integración que disminuya los riesgos que conllevan declaraciones desafortunadas que se han hecho parte del paisaje, y que le confiera a la relación una solidez ventajosa y de largo aliento para ambos.

Embajador, ex Subsecretario de Relaciones Exteriores

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2 Comments

  1. Y nuestra poco visionaria y pusilanime postura sobre apoyar el reclamo argentino sobre las Falkland, es coherente con defender nuestros intereses australes y antarticos???????

  2. Lamentablemente nuestras autoridades políticas no comprenden que Argentina tiene una visión geopolítica integral, que no es inocua a nuestros intereses.
    A tal visión obedecen sus reclamaciones porque una nave de guerra británica recala en nuestros puertos para reabastecerse; los obstáculos que pone para el tráfico marítimo comercial entre Chile y las islas Falkland-Malvinas —vulnerando gravísimamente lo establecido en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar—; o sus pretensiones de controlar el tráfico marítimo por el Estrecho de Magallanes, argumentado que su “boca oriental” —un concepto ambiguo y difuso— le pertenece a Argentina, en circunstancias de que no existe una “boca”, lo que sí existe es un límite, que está claramente definido en el artículo 10º del Tratado de Paz y Amistad de 1984.
    Lamentablemente Chile suscribe documentos muy desacertados, como por ejemplo la declaración firmada por el presidente Sebastián Piñera con su homólogo argentino Alberto Fernández, cuando este visitó Santiago el 26 de enero de 2021, en el que Piñera reiteró el respaldo del Gobierno de Chile a los derechos de soberanía de la República Argentina sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y “los espacios marítimos circundantes”; sobre todo hacerlo después de que Argentina había inscrito ante la ONU su plataforma continental extendida, que se atribuye para sí más de 5000 km2 de mar chileno.
    Adolfo Paúl Latorre
    Magíster en ciencia política
    Magíster en ciencias navales y marítimas

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