Todos los gobiernos cometen errores no forzados en sus primeros meses. Cuando tienen muchas personas con poca experiencia política, los errores involuntarios se multiplican. El gobierno del Presidente José Antonio Kast que asumirá el 11 de marzo debe estar consciente de que habrá ministros que tropezarán y que habrá descoordinaciones y tensiones entre los distintos ministerios. Aunque la reacción natural de cualquier gobierno es querer tapar los errores, a menudo los intentos por ocultar las fallas terminan siendo más costosos y dañinos que los propios errores. Un buen gobierno no es uno que nunca se equivoca. Un buen gobierno es uno que es capaz de reconocer errores, corregir procedimientos, y evitar que los errores se repitan. Es mucho mejor pagar el costo de un error en el corto plazo que cargar por varias semanas o meses con la herida abierta de un fallido intento por negar u ocultar errores.
Aunque en cualquier actividad la experiencia en un cargo es un factor importante que ayuda a hacer bien la pega, en política los gobiernos a menudo deben ponderar la necesidad de nombrar gente con experiencia con las promesas de cambio y caras nuevas que hizo el candidato ganador en la campaña presidencial. Por eso, los gobiernos a menudo nombran a posiciones de gran complejidad a personas que tienen nula experiencia en esos cargos. El Presidente Gabriel Boric, privilegiando un recambio generacional, nombró muchos ministros con poca experiencia política y muy poca experiencia laboral y de vida. El Presidente electo José Antonio Kast, repitiendo un patrón que ya parece ser una cuestión genética en la derecha, nombró un gabinete donde abundan los independientes y escasean los políticos. Entre los cargos más importantes, hay muchas personas con poca trayectoria en el sector público.
Hace cuatro años, los errores no forzados de los inexperimentados ministros de Boric, sumados al circo en el que se había convertido ya el proceso constituyente, hicieron que se evaporaran rápidamente las esperanzas de un cambio tranquilo y ordenado que la gente siempre deposita en un nuevo gobierno. Después de la frustrada gira de la ministra del Interior Izkia Siches a la Región de la Araucanía para intentar resolver el conflicto Mapuche, se instaló la percepción de que mucha de la gente que estaba en el gobierno no tenía dedos para el piano.
Las declaraciones destempladas de otros personeros del gobierno que insistían, desde el púlpito de la superioridad moral, que ellos tenían una forma distinta de hacer política chocaron rápidamente con la realidad de que la política siempre se ha hecho de la misma forma. Siempre se ha sabido que los buenos políticos son aquellos que llegan a acuerdos con otros políticos que piensan de forma muy distinta y que tienen ideologías a menudo opuestas. Los que pregonan superioridad moral funcionan mejor en las iglesias que en la política.
Los gobiernos también a menudo equivocan el camino cuando creen que los problemas complejos tienen una fácil solución. Una de las frases más equivocadas y lamentables que nos dejó en su primer gobierno el Presidente Sebastián Piñera fue: “En 20 días hemos avanzado más que otros en 20 años”. Porque la gente no quiere que los gobiernos se comparen con administraciones anteriores, sino que solucionen los problemas y cumplan sus promesas, los nuevos gobiernos debieran evitar esa enfermiza necesidad de andarse comparando cotidianamente con lo que hacían sus predecesores.
A partir del 11 de marzo, el nuevo gobierno asumirá sus funciones e inevitablemente comenzarán a producirse errores no forzados. En los primeros meses, el efecto de luna de miel ayudará a minimizar el daño político de esos errores. La gente inevitablemente comparará las acciones del nuevo gobierno con los ingratos recuerdos que deja la administración saliente. Por eso mismo, el gobierno entrante debiera aprovechar la luna de miel para que aquellos que no tienen experiencia en el sector público o carecen de trayectoria en el mundo político aprendan prontamente sus tareas y eviten cometer las torpezas que a menudo cometen los que creen que el sector público funciona igual —o debiera funcionar igual— que el sector privado.
Pero cuando personeros del nuevo gobierno cometan errores y, en buen chileno, metan la pata, la administración del Presidente Kast debiera resistir la tentación de querer salir a negar los errores u ocultar parte de la verdad. La gente no quiere que los gobiernos sean perfectos y lo hagan todo bien. Pero la gente sí quiere que sean honestos. Cuando un gobierno decide mentir para ocultar algún error o falta, lo poco que se gana con la mentira se pierde en una caída en la confianza de la opinión pública. Los gobiernos siempre van a cometer errores no forzados y siempre habrá personeros que metan la pata e incluso metan las manos. Lo que un gobierno nunca debiera hacer, especialmente cuando se inicia el mandato, es levantar la sospecha de que las autoridades no dicen la verdad. Cuando la gente cree que el gobierno es mentiroso, no hay forma de que esa percepción se revierta en lo que resta del mandato.
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