La regulación no vendrá desde dentro
Uno de los aspectos que más ha complicado a Republicanos es que están tomando posiciones respecto de una Constitución que nunca quisieron cambiar.
Cuando todos tienen igualmente claro que una nueva Carta Fundamental debe ser aprobada, no se da el pase a la proliferación de enmiendas que ha permitido el partido de Kast. Focalizarse en lo principal es lo único que permite mantener la cohesión interna y, al mismo tiempo, establecer una negociación razonable.
Pero Republicanos se ve en la condición mal asumida de tener que liderar un cambio que no desea. El resultado electoral los catapultó al primer lugar, pero la mentalidad de muchos sigue siendo la misma que los impulsó en su origen a dedicarse a la invariable defensa de posiciones minoritarias, contra viento y marea.
No están haciendo uso del poder que se les entregó para afianzarse en su nueva posición, porque carecen de entrenamiento para la ductilidad. Lo que sus contrapartes confundieron al principio con flexibilidad, no es otra cosa que buenos modales. Lo cortés no quita lo republicano.
Lo que suceda en los días que vienen tiene que ver con esta deficiencia comprobada de oficio político, quien debiera suplir esta carencia en mayor medida es Kast, pero este ejerce un tipo de liderazgo que requiere de presencia cercana y dedicación, algo que el candidato presidencial reincidente no puede permitirse. Corre el riesgo de adquirir una imagen de político profesional dedicado a negociaciones de escaso interés ciudadano.
Mientras más intransigencia se muestra, más abundan las declaraciones de estar buscando un entendimiento. El comportamiento práctico resulta ser mucho mejor guía que las palabras.
Pese a tantas reuniones y variedad de episodios, lo que ha predominado es un intento de imponerse, buscando primero subordinar al resto de la derecha y ofrecer al oficialismo algún tipo de rendición con cubierta de chocolate.
La posibilidad de regularse para alcanzar acuerdos amplios no va a llegar desde dentro; tendrá que ser un aporte que haga Chile Vamos o, simplemente, no sucederá.
El peor de los mundos es posible
Republicanos es el único actor político importante que se refiere a la nueva Constitución simultáneamente desde dentro y desde fuera.
Se reconoce como mayoritario en el Consejo Constitucional, con capacidad de veto, lo que hace indesmentible que lo que suceda está en sus manos; pero, al mismo tiempo, Agustín Romero, su jefe de bancada, no tiene problemas en afirmar que “si el proceso fracasa, no tendría por qué ser por culpa de los republicanos”.
En otras palabras, si resulta, bien y si no, también, pero ¿cuál es la orientación del partido? En Chile Vamos han asumido que quieren entregar un texto para ser aprobado, pero está claro que Republicanos no está dispuesto a hacer otro tanto.
Al final bien puede ocurrir el peor de los mundos que consistiría en que el partido más duro de la derecha impusiera parte de su agenda, aunque algunas de sus propuestas más queridas no fueran aprobadas. En tal caso se conseguiría el rechazo simultáneo desde los dos bandos.
Una conclusión así de absurda puede ser el resultado final si la discusión se da parceladamente, punto a punto. La única forma en la que puede ser evitado es mantener siempre una visión de conjunto del texto que preserve en todo momento los acuerdos con mayor respaldo, y evite la incorporación de algunos polarizantes que no sean tolerados por unos u otros.
La visión de conjunto no tiene nada de mágica y lo tiene todo de experiencia y oficio, que es el aporte obligatorio que debe hacer la centroderecha en esta etapa del proceso constituyente.
No se trata de optar, sino de converger
Sólo el que ve a corta distancia puede creer que colaborar con los adversarios es una especie de práctica repudiable. En realidad, quien se atreve a concordar avances entrega su aporte a este y a los gobiernos que siguen, porque lo que no queda resuelto ahora se vuelve una pesada carga para los que vienen.
Es el país el que no avanza cuando la oposición de turno se contenta con impedir que los otros cumplan con su programa. Porque es eso lo que se repetirá una y otra vez, para desaliento de todos.
Saber quién empezó las hostilidades es tarea de historiadores, ponerles freno a las diferencias es tarea de buenos políticos. Este gobierno partió con la derecha prometiendo no tratar a la izquierda como ella trató a Piñera. Eso duró bien poco. Apenas se recuperó un tanto volvió a la “normalidad”.
Los acuerdos son plenamente alcanzables. De otro modo, el presidente del Senado, Juan Antonio Coloma, no estaría tan contento con la ambiciosa agenda de seguridad que concordó con el gobierno y que puede alcanzar un éxito casi completo a fin de este año.
Por la fuerza que tiene Republicanos en el Consejo Constitucional, en los hechos la centroderecha ha quedado en una posición intermedia y eso la obliga a ser de puente entre posiciones que de otro modo no encontrarían puntos de unión.
Lo propio de los puentes no es encontrarle la razón a una de las partes, sino de comunicarlas, pese a las airadas protestas que manifiesten quienes los prefieren en el papel de subordinados.
Nadie en esa posición puede aspirar a ganar un premio a la simpatía, porque se está haciendo frente a la polarización que acomoda a quienes se convierten en las estrellas del conflicto y que suelen ser más efectivos amenazando que dialogando.
La posición que mantiene abierta las posibilidades de acuerdo no puede estar dirigida por personas muy susceptibles a las presiones y a las amenazas, porque eso será el pan de cada día de ahora en adelante. La única norma que se reconoce para este tipo de situaciones es repartir los gestos equitativamente hacia ambos lados, para evitar que una de las partes se sienta como perdedora permanente.
Los republicanos se vieron sorprendidos por la votación del artículo 1, donde lo suponían “todo atado y bien atado”, por lo que la reacción ha sido furibunda, aunque también habrá que concordar que declaraciones del tipo “no se va a aceptar otro golpe de Chile Vamos”, es más una expresión de frustración que una notificación efectiva.
Lo que tiene que saber la centroderecha es que los puentes son útiles siempre que no se quiebren por ninguno de los dos lados, lo que a estas alturas será una amenaza permanente en los días que siguen.
