Luego de un debut marcado por una dislocada agenda, el gobierno ha dirigido el foco a un debate crucial: la anatomía de nuestro modelo de desarrollo. Lo hace oblicuamente, a través de las preguntas que levanta la ley de reconstrucción recientemente anunciada: ¿Qué tan importante es el crecimiento económico para satisfacer las aspiraciones populares? ¿Cuáles son sus motores? ¿En qué medida el crecimiento depende de beneficiar o incomodar a los ricos?
Sin embargo, poner el tema no garantiza imponer el marco. Por más que gran parte del país quiere restaurar una senda de progreso, no existe el mismo consenso en torno a cómo hacerlo. Mientras la oposición ha sido hábil en presentar la propuesta como un paquete diseñado para beneficiar a los más ricos, el oficialismo se esfuerza por justificarla en base a su impacto en la inversión, el empleo y el crecimiento.
La oposición va ganando levemente esta disputa. Según la última encuesta Cadem, un 49% piensa que la reforma beneficia principalmente a los más ricos, mientras que un 44% cree que beneficia a todos por igual.
¿De qué caudales de ideas se alimentan estas opiniones? ¿por qué, de uno y otro lado, cuesta tanto hallar un relato que genere entusiasmo?
Mi conjetura: las defensas y críticas del proyecto presentan pasivamente a sus potenciales beneficiarios: “el proyecto beneficiará o no beneficiará a X”. Ya sea que la extensión del beneficio se represente despectivamente como “efecto chorreo” o positivamente como un impulso al empleo, no se destaca la capacidad de la reforma para facilitar a cada persona la persecución de su proyecto de vida. Por otro lado, se piensa en los ricos como un stock fijo de familias y no se ve los efectos de flujo que esta reforma seguramente tendría. Ante estas carencias, es fácil tocar las campanas del antagonismo entre pueblo y élite que atraviesa nuestra política hace décadas.
Por eso, es importante destacar el mayor atractivo potencial de la reforma: su capacidad de desactivar algunas de las trampas a las trayectorias vitales de las personas que en Chile abundan.
¿En qué medidas se manifiesta este potencial?
Tomemos una de las propuestas más comentadas: la reducción del impuesto corporativo de 27% a 23% para las empresas de mayor tamaño. La medida genera cierta adhesión de la oposición, puesto que se reconocen sus beneficios para la inversión y el empleo, aunque se lamenta su regresividad. Este lamento es convincente sólo si se desatienden los efectos sobre las trayectorias vitales que tiene esta rebaja. Y esos efectos se comprenden con lo siguiente: las pymes actualmente tienen un régimen especial en donde solo pagan un 12,5% de impuesto corporativo. La reforma propone aumentarlo a un 15%. Es decir, pasaríamos de una diferencia de 14,5 pp entre lo que paga una gran empresa y una pyme a una de 8 pp.
La primera impresión que genera ese cambio es la de un castigo a los pequeños y un beneficio a los grandes. Pero el efecto más importante en la clave activa y dinámica con que estamos leyendo la reforma es el inverso.
Imagínese, para ilustrar el caso, una diferencia extrema: las pymes pagan 0% de impuesto corporativo y las grandes empresas un 50%. Una reforma que hiciera esto produciría dos cosas: por un lado, beneficiaría a las pymes que quisieran permanecer como pymes y castigaría a las grandes empresas que se mantuvieran a flote. Pero al mismo tiempo, castigaría a las pymes que quisieran crecer y dejar de ser pymes y beneficiaría a las grandes empresas que, luego de pagar su onerosa carga, gozarán de la comodidad de ahuyentar a los potenciales intrusos a su exclusivo club de grandes empresas.
Un impuesto a las grandes empresas (pero también un impuesto demasiado progresivo a las personas) puede ser visto de esa manera: una cuota para garantizar la exclusividad del club de los grandes y ricos, desincentivando que se cuelen desde abajo potenciales desafiantes. Puede ser visto, también, como un desincentivo que pagan los ricos y grandes a los medianos y pequeños que tienen ideas, proyectos y empuje para crecer y desafiar a los que hoy están en la cima.
Así, una rebaja de impuestos a las grandes empresas y a los más ricos no sólo los beneficia, sino que también los incómoda, en la medida en que debilita las barreras por las cuales su encumbrada posición puede ser desafiada desde abajo y por los costados. Lo hace, además, sin destruir la riqueza, sino que vigorizando uno de sus motores: la transformación de ideas en proyectos. Lo hace, por último, para beneficio de quienes quieren -desde su propia actividad y no desde la pasividad de “ser beneficiados”- crecer.
En la ley de reconstrucción hay una serie de medidas que apuntan en esta dirección. La reducción de la permisología no tiene tan solo el efecto de aumentar la inversión y el crecimiento. La permisología es también una barrera: las grandes empresas incumbentes que ya tienen permisos o tienen la espalda financiera para obtenerlos están cómodas con el hecho de que las pequeñas y medianas espaldas se queden atrapadas en los pantanos de papel antes de llegar a desafiarlos. Secar esos pantanos reduciría esa comodidad.
Otra medida que obedece a esta lógica es el crédito tributario al empleo formal. Con ella se busca incentivar la contratación formal de trabajadores, lo cual sin duda mejoraría sus trayectorias de vida. La oposición, sin embargo, ha criticado que el beneficio se extienda no sólo a las pequeñas empresas en donde se concentra la mayor informalidad, sino que, al resto, en donde ya existe alto empleo formal. Nuevamente, hacer una diferencia de este tipo sería instaurar una barrera para que lo pequeño se mantenga pequeño y para que los grandes duerman tranquilos.
El lector habrá podido identificar mi argumento con un viejo ideal: de lo que se trata es de vigorizar los canales meritocráticos. Efectivamente, de eso se trata, y este ideal hoy goza de un terreno fértil para despertar el entusiasmo que vemos ausente en todas partes. Las encuestas -como la CEP o la Bicentenario UC- muestran que desde el 2019 ha habido dos tendencias de opinión: se ha incrementado el número de personas que cree que el esfuerzo individual debe premiarse, aunque genere desigualdad, pero al mismo tiempo ha aumentado la creencia de que hoy el mérito se recompensa poco. Sobre esta diferencia la ley de reconstrucción debe saber hallar el caudal de adhesión que hoy no tiene.
