Escribo esta columna habiendo llegado recién a Taiwán, participando en la Expedición Líbero a este país y Corea del Sur, en un viaje de experiencias extraordinarias, únicas e irrepetibles.
La visita a Corea del Sur nos permitió conocer en vivo y en directo la diferencia que existe entre vivir en una sociedad libre y una sociedad oprimida por un régimen comunista totalitario, que asfixia y mata de hambre a su población. Corea es un país dividido en dos tras la guerra que transcurrió entre el 25 de junio de 1950 y el 27 de julio de 1953, año en que se firmó el armisticio de Panmunjon, que dividió a Corea en dos Estados separados por el paralelo 38.
Nosotros estuvimos en la Zona Desmilitarizada, en la frontera misma entre las dos Corea, donde se siente la tensión que se vive permanentemente, pues cualquier cosa fuera de lo común, puede causar un incidente internacional de graves consecuencias, como ya han ocurrido.
En Pyongyang, mientras el gobierno gasta millones en desarrollar bombas atómicas y cohetes que amenazan la paz del mundo, su población pasa hambre y muchos mueren de inanición, porque no hay que comer. Según informaciones obtenidas desde el interior de Corea del Norte, es tal la escasez, que la gente está usando cortezas de pino para alimentarse en lugar de arroz.
Peor aún, es tal la opresión a la libertad impuesta por el gobierno de Kim Jong-un, que en enero de este año, por orden suya, se instauró la llamada Acta de Protección del Lenguaje Cultural de Pyongyang, destinada a eliminar toda influencia de Corea del Sur, y a quienes se les sorprenda hablando de la forma en que se habla en el sur, se le castiga con la pena de muerte, pues para el dictador norcoreano, “imitar la forma en que hablan las marionetas -como se refiere a los surcoreanos- es un serio problema”. Este es el gobierno al cual el PC chileno le envió una sentida condolencia cuando falleció “el compañero” Kim Jung-il, padre del actual dictador.
El contraste con Corea del Sur es abismal en todo sentido. Seúl, su capital, es una ciudad vibrante, modernísima, llena de vida, con altos rascacielos de innovadora arquitectura, que se entremezclan con vestigios de su cultura ancestral, como el Palacio Imperial, y donde se aprecia progreso, desarrollo y crecimiento, pues no faltan las grúas en toda la ciudad, símbolo de un país bullente, con plena libertad y democracia.
Pero lo que nos ha hecho pensar mucho y nos preocupa es la gran diferencia que nos separa de Corea del Sur, pues en el Chile actual no hay visión estratégica, no hay un plan de desarrollo ni de crecimiento, más bien hay improvisación; y en lugar de avanzar, el país está retrocediendo económica, social y educacionalmente y no existe atisbo alguno que permita comprender cómo y cuándo Chile podría llegar a ser un país desarrollado.
En cambio, en Corea del Sur existe una visión de largo plazo y tuvimos la oportunidad de experimentar lo que ellos proyectan hacia el año 2053 en una visita a SK Telecom, uno de los principales proveedores de servicios de telecomunicaciones de Corea del Sur. Ahí conocimos cómo visualizan la vida en 30 años más. Muestran el futurista sistema de transporte terrestre y dos sistemas que controlarían lo que sucede en el ambiente planetario; uno desde una estación espacial y otro desde el fondo del océano, a través de tecnologías de vanguardia que incluyen inteligencia artificial, robótica y sistemas avanzados de sustentabilidad, los cuáles pudimos visualizar y experimentar utilizando diversas tecnologías de última generación.
Más allá de los detalles de lo vivido, que podrían llenar muchas páginas, lo relevante es entender la importancia de tener una visión que oriente al país en el largo plazo, de lo que lamentablemente Chile carece. Y adicionalmente, es fundamental tomar conciencia del valor de la libertad, y que mejor que la experiencia de Corea, pues mientras en Pyongyang sus habitantes fallecen por hambre y se les ejecuta por imitar la forma de hablar de su austral vecino, en Corea del Sur la libertad les permite estar mirando el futuro con imaginación, audacia y gran optimismo.
En resumen, tener la oportunidad de observar directamente la diferencia que existe en un país dividido en dos por una guerra, cuando en una zona gobierna el comunismo y en la otra una democracia, nos permite reforzar la importancia de estar siempre activos defendiendo las ideas de la libertad y a la vez tomar conciencia, que de no hacerlo, es muy fácil perderla para después lamentarlo.
