Imaginemos que el 18 de octubre de 2019 la masa de manifestantes que según las crónicas llegó a estar “a cien metros de La Moneda”, hubiese avanzado y alcanzado las puertas mismas de la sede del Gobierno. Imaginemos también que, por descuido, negligencia o temor, la guardia de palacio hubiese dejado abiertas esas puertas y permitido la entrada de los manifestantes e insisto en lo de las puertas abiertas, porque no hay imaginación que permita concebir cómo una multitud provista sólo de piedras y, quizás, alguna bomba molotov, hubiese podido franquear tales puertas si estuviesen cerradas.
El ejercicio no es gratuito. La imagen de las masas a cien metros de La Moneda ha servido a numerosos autores, pero sobre todo a voceros de la derecha chilena, de símbolo para caracterizar aquellos acontecimientos como «la revolución de octubre». Sin embargo, hasta donde sé, ninguno de ellos ha explicado cómo esa proximidad física, o incluso la hipotética entrada de los manifestantes a la sede del Ejecutivo, habría permitido desmantelar las instituciones del Estado y sustituirlas por un nuevo orden. Como esa explicación no aparece, no queda más remedio que seguir imaginando.
Imaginemos, pues, que unos cuantos cientos de manifestantes hubiesen conseguido entrar en palacio. Es razonable suponer que, al principio, se habrían dispersado por patios y pasillos, tratando de prolongar dentro de La Moneda aquello que los había llevado ese día a las calles: destruir cuanto pudieran. Ventanas, muebles y todo lo que encontraran a mano habrían pagado las consecuencias de aquella incursión presuntamente revolucionaria. E imaginemos también que alguien gritara: «¡Vamos p’arriba a buscar a Piñera!». En ese caso p’arriba habrían partido unos cuantos, o muchos.
Allí, sin embargo, no habrían encontrado al Presidente de la República. Como cualquier jefe de Estado, Sebastián Piñera ya habría sido evacuado junto con sus colaboradores si la situación hubiese adquirido verdadera gravedad. Los “revolucionarios” habrían encontrado, en cambio, más pasillos y oficinas, alfombras algo más elegantes, pinturas, retratos y bustos de señores muy serios cuyos rostros no habrían reconocido.
Después de un primer momento en que hubiesen seguido destruyendo lo que se pusiera a su alcance, los “revolucionarios” probablemente habrían hecho lo que cualquier chileno en su caso y habrían buscado algún “recuerdo” que llevar. Un busto, alguna pintura o, más modestamente, un computador, una grabadora o cualquier otro equipo que los funcionarios hubiesen dejado a la vista durante la evacuación. Y luego, aburridos quizá, o temiendo que la fuerza pública se reorganizara y procediera a desalojarlos de una manera poco amable, nuestros “revolucionarios” habrían vuelto a la calle donde todavía quedaban otros establecimientos que podían ser objeto de sus atenciones.
¿Y la revolución? Para encontrarla habría que extremar todavía más la imaginación. Habría que suponer que, en vez de conformarse con destruir y llevarse lo que pudieran, los asaltantes decidieran instalar en La Moneda un soviet o algo semejante; que hubiesen comenzado a dictar leyes revolucionarias tales como la disolución del Congreso y a impartir órdenes a Carabineros y a las Fuerzas Armadas o, más revolucionariamente todavía, a disolverlas por decreto. Y para que la revolución hubiese sido tal, imaginemos también que esos decretos hubiesen sido mansamente aceptados por aquellos a quienes afectaban: que el Congreso y las Fuerzas Armadas y Carabineros se hubiesen disuelto por mandato del soviet instalado en La Moneda. A mí la imaginación no me alcanza para tanto. Sospecho que a mis lectores tampoco.
Y, sin embargo, la proximidad de aquellas masas a La Moneda ha sido presentada por la derecha chilena, o al menos una parte importante de sus personeros y voceros, como la prueba de que en octubre de 2019 tuvo lugar una revolución. No, no la hubo. Lo que sí hubo fue oportunismo político. El 19 de octubre, Guillermo Teillier, entonces presidente del Partido Comunista, sostuvo en una entrevista que, si Piñera no sabía gobernar ni acoger las demandas ciudadanas, “lo mejor sería que renunciara y llamara a nuevas elecciones ahora”. Y se debe notar que Tellier, que por definición propia y de su partido era un verdadero revolucionario, pidió la renuncia de Piñera no para instalar soviets o algo parecido, sino para proceder a nuevas elecciones por la vía consagrada en la constitución y las leyes.
La verdad es que los acontecimientos de octubre y particularmente la violencia desatada durante esos días y los meses posteriores, sólo contribuyeron a levantar el fantasma de una revolución que, en términos políticos, terminó favoreciendo exclusivamente a un sector: la derecha. Criticar ese fantasma, sin embargo, no significa negar la existencia de un movimiento espontáneo y multitudinario de protesta. Carlos Peña, en Pensar el malestar, explicó el fenómeno como efecto de la “inevitable ambivalencia de la modernización”: en un país donde “habían mejorado las condiciones materiales de existencia de una manera hasta hacía poco inimaginable, había germinado, al mismo tiempo, un malestar… que de pronto se hizo explícito”. José Joaquín Brunner, en una columna reciente publicada en este mismo medio, lo describió como “el malestar de una modernización exitosa medida en sus propios términos”. Fue a esa protesta pacífica que se sumó una revuelta violenta, que después derivó en puro vandalismo. Y, como también escribió Brunner, la protesta pacífica terminó “secuestrada por la violencia”.
Sería bueno por consiguiente que, en beneficio de la calidad de la política y la convivencia democrática en nuestro país, se dejaran de lado análisis que sólo parecen buscar pequeñas ventajas políticas y se buscara respuestas a interrogantes más relevantes. Una de esas interrogantes debería inquietar especialmente a la derecha: ¿por qué una parte importante de ella, presa de algo parecido al pánico, retiró su apoyo y dejó abandonado a su suerte en medio de la crisis a un Presidente de centroderecha elegido democráticamente? Y otras deberían preocupar a la izquierda democrática. ¿Por qué rindió honores a la expresión más visible de la violencia callejera, la llamada “primera línea”? ¿Por qué terminó apoyando el proyecto constitucional elaborado por una Convención dominada por sectores que habían participado de aquella radicalización o que encontraban en ella su expresión política, en lugar de impulsar una Constitución capaz de responder a las demandas de quienes habían manifestado pacífica y masivamente su malestar?
Pero el período de duelo por octubre de 2019 ya pasó por este año. Ojalá que, cuando dentro de un año se abra ritualmente de nuevo, alguien se atreva finalmente a responder preguntas como esas.

Me parece que nuevamente hay mentiras y acomodo de los hechos. La revuelta de octubre no se originó masiva ni espontánea y que luego fuese infiltrada por grupos violentos. Fue exactamente al revés. Numerosos grupos violentos actuaron coordinadamente por alguien dirigidos y destruyeron el Metro y los centros cívicos de las capitales regionales. Hasta ahora no hay responsables. Días después hubo una marcha masiva y pacífica que pedía soluciones a temas pensiones, salud y educación. Y varios días después, ya sin adrenalina que empujara, los partidos de izquierda , todos, más la DC se aprovechó de la situación de revuelta y la inacción del gobierno y declaró un proceso constituyente de hecho, desconoció vigencia de la CPR y chantajeo al pdte y gobierno para iniciar un proceso constituyente. Ahí la izquierda, una vez más en nuestra historia demostró su desprecio al orden, a la constitución y a las leyes, usaron la fuerza para obtener un fin político. Uds son artistas en tratar de dar vuelta los hechos e inventar nuevos relatos, con gran cinismo e hipocresía, como éste.
Es una pena que una persona de pensamiento tan sesgado como este señor, tenga tribuna en este medio. Ya don Carlos Souper en su comentario reveló la falsedad de la frase “Fue a esa protesta pacífica que se sumó una revuelta violenta, que después derivó en puro vandalismo”. Y la verdad es que no se necesita ni siquiera una pizca de inteligencia para hacerlo, sino solo una mente sin Alzheimer; o una conciencia recta. Al Sr. Briones le falta alguna de las dos al menos.
Yo me voy a referir a otras falsedades: 1)Ridiculizar la gravedad de los hechos del 2019, adjudicando a la derecha el uso de la palabra “revolución”. La revolución las hacen los pueblos azuzados por la izquierda; y aquí no hubo un pueblo en armas. Hubo delincuentes instruidos y organizados por extranjeros, que seguían las órdenes de algunos políticos de izquierda, que creyeron llegado su momento de tomarse el poder, botando a un gobierno débil. Eso es intento de golpe de Estado.
Como en todo hecho de violencia, también se aplica aquí el dicho “a río revuelto ganancia de pescadores”. En eso no se equivoca Briones, porque la izquierda casi entera quiso subirse al carro, o al bote cuando encontró el río revuelto. Pero no porque muchos de ellos ignoraban la planificación previa, eran todos simples oportunistas. La gran cantidad de organizaciones truchas que aparecieron poco antes, como paraguas político de la revuelta, y que desaparecieron poco después tan silenciosamente como aparecieron, es una de las tantas demostraciones de que no fue una protesta pacífica espontánea.
2) Argumentar que no había un intento de golpe de Estado, porque solo habrían podido entrar a La Moneda muy poquitas personas, y no habrían encontrado al Presidente. Ya no sé si este señor es, o se hace. Como si fuera necesario secuestrar o matar al presidente para tomarse el poder. Se sabe que el gobierno estuvo al borde de caer, y sin necesidad de que una sola persona cruzara las puertas del palacio; lo dijeron los mismos temerosos asesores de los que se rodeó Piñera en su segundo gobierno. Y de hecho, el gobierno cspituló, entregando la Constitución para salvar el pellejo; recuerden que los pacíficos manifestantes pedían cárcel, juicios por DDHH vulnerados y disolución de las policías.
El que la derecha haya salido finalmente favorecida de todo ese desastre, se lo debe exclusivamente al pueblo de Chile, que por la razón y más por la fuerza tuvo que aprender dónde está su real interés. Aprendió que las AFP no eran el engaño que pintaba la izquierda. Aprendió que la destrucción de supermercados y de movilización pública solo daña a su propia familia. Aprendió que la migración descontrolada lo tiene al borde del abismo. Aprendió que no eran sus amigos los que querían destruir a las policías. Aprendió que gratuidad no significa mejor empleo ni mejores sueldos. Aprendió que los padres deciden mejor que una tómbola el futuro que quieren para sus hijos. En Chile, como en todo lugar donde ha tenido alguna influencia la izquierda, la ciudadanía termina por abominar de ella.
Sin entrar a comentar los 2 comentarios, creo que el penúltimo párrafo del columnista en muy válido y debe analizarse y responderse para el país, tanto los que abandonaron el barco como por los que lloraron de emoción por la llamada 1era línea, que de hecho son de los «culpables» de los 30 años tan denostados …