En tiempos de coacción por parte de los líderes tecno-feudales; de la reedición de doctrinas que pretenden mermar nuestra soberanía y transformarnos en un instrumento para el control y la acumulación de unos pocos individuos que socaban la democracia y los valores que la sustentan, la respuesta debe darse con apego a nuestro propio acervo cultural y social.
Chile entre sus luces y sombras ha sido una nación comprometida, desde el retorno a la democracia, con el derecho internacional, los derechos humanos y la búsqueda de la justicia social. Todo ello anclado en una estrategia provista por economía social de mercado, que, aunque imperfecta, nos fue abriendo paso a una sociedad que se identificó con un anhelo de desarrollo para todos.
En efecto, nuestra tradición republicana debiese permitirnos sortear estos momentos hostiles, de chantajes y presiones que pretenden convertirnos en vasallos de corrientes supremacistas que, al mejor estilo de pinki y el cerebro, pretenden dominar el mundo.
La resistencia en estos días es la exigencia de diálogo, encuentro entre naciones en igualdad de condiciones y respeto a la dignidad humana. En tal sentido, Chile no debe ser indiferente a los informes de desarrollo humano de Naciones Unidas que advierten que el 10% de la población concentra el 52% de la riqueza global (2023), y ello solo tiende aumentar. Por cierto, nuestro país requiere con urgencia crecer, pero ello no debe ser la condición que se arguye para alienarnos con las potencias que precisamente socaban un mundo basado en reglas, por tanto, agreden la estabilidad política internacional y los derechos fundamentales de seres humanos, dos aspectos que para nuestro país habían sido medulares en su concepción de desarrollo.
La política exterior no puede mostrarse vacilante, como se insinúa, en la defensa de nuestra autonomía estratégica, sobre todo frente a potencias que demandan injerencia en nuestros asuntos internos y el control del hemisferio occidental. Chile no ha tenido en su historia republicana vocación de vasallo, y ojalá aquello no termine siendo parte de nuestra historia. Es el momento de reactivar la diplomacia para una mayor asociatividad con Estados y actores que compartan los mismos principios que los nuestros.
En consecuencia, y atendiendo la propia encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, debemos salir al paso de las amenazas que han vertido sobre la humanidad un puñado de líderes tecno-feudales al alero de políticos que buscan satisfacer intereses personales y que se alejan de las virtudes mínimas que exige el arte de la política. Estos actores sin vacilación pretenden controlar y desconocer nuestra natural magnificencia.
Es tiempo de resistir con las mejores armas de la humanidad este atropello a la razón y al sentido de la política, cuya finalidad debiese centrarse nuevamente en el servicio y protección de la dignidad humana.

Ummmm, una oda cargada de ideología woke….Nuestra historia es bicentenaria, no nace en 1990, esa es una visión muy pobre y reduccionista, no propia de quien ejerce cátedra universitaria